Después de un baño necesario James se sentó frente a la gran ventana con vita hermosa de la ciudad. Trató de mirar y pensar en lo que tenia en frente y no en el problema que crecía en esa suite. De pronto el aroma del café comenzó a extenderse por todo el lugar.
—¿Busca soluciones en una ventana, señor Coleman? — dijo Emma con dos tazas de café en las manos. La deja sobre el escritorio.
Ella deslizó una de las tazas hacia él.
—Toma.
James la miró sorprendido.
—¿No pensabas envenenarme?
—Todavía no.
—Qué alivio.
Él tomó la taza.
Los dos dieron el primer sorbo al mismo tiempo. Emma hizo una mueca.
—Está horrible.
James probó otro trago.
—Sí...
Hubo un breve silencio. Después ambos estallaron en una risa involuntaria.
Y ninguno de los dos quiso reconocer que era la primera vez, desde que se conocían, que compartían un momento así. Las risas fueron apagándose poco a poco.
No porque hubieran dejado de encontrar graciosa la situación. Sino porque ambos acababan de darse cuenta de lo mismo.
Era la primera vez que reían juntos.
Emma fue la primera en romperlo.
—No te acostumbres.
James levantó la vista de la taza.
—¿A qué?
—A que comparta mi café contigo.
Él dio otro sorbo.
—Tranquila. Después de probarlo, prometo no volver a pedirte uno.
Emma le arrebató la taza de las manos.
—Entonces no lo tomes.
James sonrió mientras ella daba media vuelta con ambas tazas.
Esperó exactamente dos segundos.
—Te falta azúcar.
Emma se detuvo, miró el café. Lo probó otra vez.
Frunció el ceño.
—Tienes razón.
Abrió un sobre de azúcar y lo vertió distraídamente. Cuando volvió a probarlo, sonrió satisfecha.
—Mucho mejor.
James ya no pudo contener la risa.
—Emma...
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
—Ese era mi café.
La mujer quedó completamente inmóvil. Miró la taza, luego la otra.
Después volvió a mirarlo.
—¿Lo hiciste a propósito?
James se encogió de hombros.
—Tal vez.
Ella dejó ambas tazas sobre la barra con más fuerza de la necesaria.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
—Un día voy a estrangularte mientras duermes.
—¿Eso significa que piensas quedarte el tiempo suficiente para verme dormir?
Emma abrió la boca para responder. No salió ninguna palabra.
James también comprendió demasiado tarde lo que acababa de insinuar.
Los dos guardaron silencio.
Un silencio incómodo, de esos que aparecen cuando una broma se acerca demasiado a la verdad.
Emma carraspeó.
—Olvídalo.
Tomó nuevamente la taza correcta.
James hizo lo mismo.
Durante unos segundos solo se escuchó el sonido de las cucharillas chocando contra la porcelana.
Fue James quien habló primero.
—Has mejorado mucho en menos de veinticuatro horas.
Emma arqueó una ceja.
—¿Eso fue un cumplido?
James se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—No te emociones. Sigues siendo bastante insoportable.
Ella sonrió con suficiencia.
—Y tú continúas siendo un arrogante incorregible.
James negó lentamente con la cabeza.
—Y tú, una mujer terriblemente maleducada.
Emma tomó su taza de café y la levantó unos centímetros.
—Entonces brindemos por eso.
James hizo lo mismo.
Las dos tazas chocaron suavemente.
—Por la insoportable convivencia —dijo él.
—Y porque sobrevivamos hasta el desayuno de mañana.
—No prometo nada.
Ella dejó escapar una risa baja, sincera.
Aquella sonrisa ya no escondía desafío ni ironía; era cálida, casi cómplice.
—Buenas noches, señor Coleman.
—Buenas noches, Emma.
Ella dio media vuelta y comenzó a caminar hacia su habitación.
James la siguió con la mirada por simple cortesía... o eso quiso creer.
Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, Emma se detuvo de golpe.
—Casi lo olvido...
Se llevó una mano al cinturón de la bata del hotel y, con absoluta naturalidad, lo desató.
La prenda cayó lentamente sobre sus hombros hasta deslizarse por sus brazos.
Debajo llevaba un ligero camisón n***o de satén, de tirantes finos, que insinuaba su silueta sin revelar más de lo necesario.
James abrió los ojos apenas un poco más de lo normal.
Emma fingió no darse cuenta.
Recogió la bata del suelo y murmuró con total tranquilidad:
—Esta cosa da demasiado calor...
Después volvió a mirarlo con esa expresión inocente que ya empezaba a resultarle peligrosísima.
—Solo quería advertirte algo.
—¿Qué cosa? —preguntó James, intentando que su voz sonara completamente normal.
—Suelo tardar muchísimo en el baño.
Él frunció el ceño.
—¿Muchísimo cuánto?
—Lo suficiente para desesperar a cualquiera.
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—Así que, si quieres bañarte primero, tendrás que levantarte antes de las seis de la mañana.
James soltó una risa incrédula.
—¿Eso es una amenaza?
—Considéralo un amable aviso.
Entró en su habitación dejando la puerta entreabierta unos segundos más.
—Dulces sueños... si es que puedes dormir.
La puerta terminó de cerrarse con un suave clic.
James permaneció inmóvil en mitad de la sala.
Pasaron varios segundos.
—¿Lo hizo a propósito...? —murmuró para sí.
Se pasó ambas manos por el rostro.
—No... claro que no.
Guardó silencio.
Después recordó el camisón n***o.
Recordó aquella sonrisa.
Y recordó el "dulces sueños".
Dejó escapar un largo suspiro.
—Sí... definitivamente lo hizo a propósito.
Negó con la cabeza mientras sonreía sin poder evitarlo.
Por primera vez en muchos años, James Coleman se fue a dormir pensando en una sola mujer... y tenía la sospecha de que ella lo sabía perfectamente.