Se pasó una mano por el rostro. Aquello era ridículo. Había compartido habitaciones con modelos, actrices, empresarias e incluso con princesas europeas durante viajes de negocios. Mujeres infinitamente más hermosas que Emma Díaz. Entonces ¿Por qué demonios era incapaz de sacársela de la cabeza? Soltó un largo suspiro mientras aflojaba el nudo de la corbata. No era la primera vez que una mujer intentaba provocarlo. Sabía reconocer una seducción cuando la veía. Pero Emma era diferente, porque ella no quería conquistarlo, quería vencerlo y, por alguna absurda razón, aquella guerra empezaba a resultarle peligrosamente atractiva. Lanzó la corbata sobre la cama, después el saco. Desabotonó lentamente la camisa mientras intentaba pensar en cualquier otra cosa. La reunión con los inversionist

