Capitulo 14

750 Palabras
Se pasó una mano por el rostro. Aquello era ridículo. Había compartido habitaciones con modelos, actrices, empresarias e incluso con princesas europeas durante viajes de negocios. Mujeres infinitamente más hermosas que Emma Díaz. Entonces ¿Por qué demonios era incapaz de sacársela de la cabeza? Soltó un largo suspiro mientras aflojaba el nudo de la corbata. No era la primera vez que una mujer intentaba provocarlo. Sabía reconocer una seducción cuando la veía. Pero Emma era diferente, porque ella no quería conquistarlo, quería vencerlo y, por alguna absurda razón, aquella guerra empezaba a resultarle peligrosamente atractiva. Lanzó la corbata sobre la cama, después el saco. Desabotonó lentamente la camisa mientras intentaba pensar en cualquier otra cosa. La reunión con los inversionistas, los contratos. las cifras del proyecto, Holanda, el abuelo. Cualquier cosa, pero bastó cerrar los ojos para volver a verla. No recordó el vestido, ni siquiera recordó su cuerpo, recordó aquella sonrisa segura , provocadora. James apretó la mandíbula. —Eres una bruja... Comenzó a caminar descalzo. Una vuelta, dos, tres. Miró el reloj. Solo habían pasado ocho minutos desde que ella entró al baño. Los malditos minutos, parecían una eternidad. El agua seguía cayendo. Cada gota parecía burlarse de él. Entonces imaginó, contra su voluntad a Emma detrás de aquella puerta con el cabello mojado, la espuma resbalando por su piel, los ojos se le cerraron un instante. —¡j***r! Golpeó suavemente la pared con el puño. —¿Qué demonios me pasa? No era un adolescente. Tenía treinta y cinco años. Había aprendido a dominar cada impulso, cada emoción, cada deseo. Entonces... ¿Por qué una simple secretaria estaba derrumbando todo ese autocontrol en menos de cuarenta y ocho horas? En ese mismo instante la puerta del baño se abrió. James dejó escapar el aire lentamente. James levantó la vista por puro instinto... y comprendió demasiado tarde que no debió hacerlo. Emma apareció secándose el cabello con una toalla blanca. Llevaba una bata del hotel perfectamente cerrada hasta el cuello y, aun así, consiguió dejarlo sin aire. El vapor escapó detrás de ella envolviéndola por un instante, mientras pequeñas gotas resbalaban desde su cabello húmedo hasta perderse bajo la tela. —Ya puedes entrar —dijo con absoluta naturalidad, como si ignorara el efecto que acababa de provocar. James tardó un segundo más de la cuenta en reaccionar. —¿Terminaste? Emma arqueó una ceja. —No. Pensaba volver a bañarme dentro de cinco minutos. Él carraspeó, incómodo. —Era solo una pregunta. —Pues ya tienes la respuesta. Ella caminó hasta una de las habitaciones, pero antes de cruzar la puerta se detuvo al verlo inmóvil. —¿Vas a seguir mirándome o necesitas usar el baño? James desvió la vista de inmediato. —No te estaba mirando. Emma sonrió apenas. —Claro que no. Entró en la habitación dejando la puerta entreabierta. James permaneció inmóvil unos segundos. —Maldición... Entró al baño como si escapara de un incendio y cerró la puerta con rapidez. El aire todavía conservaba el aroma del jabón que ella había usado. La humedad empañaba el espejo y una diminuta gota resbalaba por el borde del lavamanos. Se acercó para abrir el grifo del agua fría. —Compórtate como un adulto —se dijo a sí mismo. Se miró al espejo. —Es solo una mujer. Su propio reflejo parecía burlarse de él. Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Emma dejó escapar una pequeña risa. Había visto la expresión de James antes de entrar al baño. Lo había dejado completamente desarmado. Se sentó al borde de la cama mientras terminaba de secarse el cabello. —Pobre arrogante... No podía negar que aquello había sido divertido. No era que quisiera conquistarlo. De hecho, seguía recordándose que James Coleman representaba todo lo que detestaba. Pero descubrir que el hombre más seguro de sí mismo que conocía perdía toda la compostura con solo verla salir de una ducha... resultaba peligrosamente entretenido. Se levantó para abrir la maleta. Sacó un pantalón de algodón y una camiseta amplia para dormir. —Mañana volveremos a odiarnos —murmuró sonriendo. Sin embargo, cuando recordó la forma en que él la había mirado hacía apenas unos segundos, sintió un ligero calor subir hasta sus mejillas. —¿Qué demonios me pasa? Negó con la cabeza. No podía permitirse sentir nada por James Coleman. Porque cuanto más cerca estuviera de él, más difícil sería cumplir la verdadera razón por la que había aceptado el viaje. ——
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