Ambos caminaron en silencio hasta la pequeña capilla. El lugar olía a madera antigua y cera derretida. Emma sintió que el pecho le pesaba más con cada paso. Al llegar al confesionario respiró profundamente antes de entrar. El padre Amaro ocupó su lugar al otro lado. Durante varios segundos ninguno habló. Hasta que la voz del sacerdote rompió el silencio. —En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. —Amén. —El Señor está en tu corazón para escucharte. Dime, hija ¿Hace cuánto no te confiesas? Emma cerró los ojos. —Casi nueve años. —¿Y qué pesa tanto sobre tu alma? Ella respiró profundamente. Cuando volvió a hablar su voz ya no era la de una mujer fuerte. Era la de aquella muchacha que nunca logró levantarse del todo. —Me acuso… Las lágrimas comenzaron a caer. —...de

