Ambos caminaron en silencio hasta la pequeña capilla. El lugar olía a madera antigua y cera derretida.
Emma sintió que el pecho le pesaba más con cada paso.
Al llegar al confesionario respiró profundamente antes de entrar. El padre Amaro ocupó su lugar al otro lado. Durante varios segundos ninguno habló.
Hasta que la voz del sacerdote rompió el silencio.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
—Amén.
—El Señor está en tu corazón para escucharte. Dime, hija ¿Hace cuánto no te confiesas?
Emma cerró los ojos.
—Casi nueve años.
—¿Y qué pesa tanto sobre tu alma?
Ella respiró profundamente. Cuando volvió a hablar su voz ya no era la de una mujer fuerte. Era la de aquella muchacha que nunca logró levantarse del todo.
—Me acuso…
Las lágrimas comenzaron a caer.
—...de desear la muerte de un hombre.
Su respiración se quebró.
—Me acuso de querer destruir a toda su familia. De querer verlos sufrir como ellos me hicieron sufrir. De no distinguir ya entre inocentes y culpables.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—Me acuso de estar planeando la caída de James Coleman. Solo para destrozar a Elliot Coleman.
Su voz terminó convertida en un sollozo.
—Y lo peor...
Es que no quiero detenerme. No quiero perdonarlos. Quiero verlos caer.
El padre Amaro permaneció en silencio. No porque no supiera qué decir. Sino porque, después de tantos años escuchando confesiones, jamás había visto a Emma quebrarse de aquella manera.
La muchacha que siempre encontraba una razón para sonreír estaba sentada frente a él con el alma hecha pedazos. Sin pensarlo dos veces, salió del confesionario.
Emma seguía llorando, con el rostro oculto entre las manos.
—No hace falta que sigas ahí dentro.
Ella levantó apenas la cabeza.
—Ven.
Con infinita delicadeza, el sacerdote la ayudó a ponerse de pie y la condujo hasta una de las bancas de madera frente al altar.
Los vitrales dejaban pasar la luz de la tarde, tiñendo el piso de colores, era un lugar de paz. Justo lo que Emma necesitaba.
—Todo lo que me digas seguirá siendo secreto de confesión —dijo el padre Amaro, sentándose a su lado—. Habla sin miedo.
Emma respiró profundamente, pero el aire no alcanzó para aliviar el peso que sentía en el pecho.
—No puedo con este dolor, padre.
Su voz volvió a quebrarse.
—No sabe el esfuerzo que hice para mirarlo a los ojos y fingir que no sabía nada.
El sacerdote guardó silencio.
—Durante años admiré a Elliot Coleman. Lo respeté. Le agradecí cada oportunidad que me dio. Pensaba que era un hombre bueno... casi un santo.
Soltó una amarga sonrisa.
—Y hoy descubrí que todo fue una mentira.
Las lágrimas volvieron a correr.
—Él sabía quién era yo desde el principio.
El padre Amaro frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir, hija?
Emma levantó lentamente la mirada.
—El hombre que destruyó mi vida hace once años...
Hizo una pausa. Pronunciar aquellas palabras seguía siendo igual de doloroso.
—Era su hijo.
El sacerdote abrió los ojos con incredulidad.
—¿Estás completamente segura, hija?
—Él mismo me lo confesó.
Recordar aquella conversación volvió a revolverle el estómago.
—No mostró arrepentimiento, ni vergüenza, solo orgullo. Como si hubiera esperado este momento durante años.
Emma apretó los puños.
—Me dijo que todo lo que hace fue para vengar la muerte de su hijo. Que me preparó durante diez años únicamente para utilizarme cuando llegara el momento. Ese día llegó con un absurdo contrato bajo el brazo y un viaje a Holanda de dos semanas.
El padre Amaro sintió un escalofrío. Conocía el poder de la familia Coleman, pero jamás imaginó semejante crueldad.
—Elliot quiere quitarme a William, padre. Si no hago exactamente lo que me ordenó, también desaparecerá mi madre.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Solo se escuchaba el leve murmullo del viento entrando por las ventanas de la capilla.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó finalmente el sacerdote.
Emma permaneció inmóvil. Cuando respondió, ya no había lágrimas en sus ojos. Solo una determinación que asustaba.
—Acepté viajar a Holanda, y firmé el contrato.
—Emma...
—No tenía alternativa. Si me negaba, perdía a mi hijo antes de que terminara el día.
El sacerdote bajó la cabeza.Sabía que, en circunstancias como aquellas, hablar de fe resultaba demasiado sencillo.
Pero vivir ese infierno era otra historia.
—¿Y James?
Emma soltó una risa amarga.
—Ese insoportable forma parte del plan. Voy a acercarme a él, a ganarme su confianza. Haré que baje la guardia.
El sacerdote sintió un mal presentimiento.
—Emma...
Ella continuó sin escucharlo.
—Cuando esté completamente enamorado de mí, haré pedazos su corazón.
El silencio cayó nuevamente. El padre Amaro la observó durante varios segundos.
Aquella no era la joven que él había visto crecer. Era una mujer consumida por el dolor.
—La venganza nunca sana las heridas, hija. Solo abre otras nuevas.
Emma sonrió con tristeza.
—Las mías nunca cerraron.
El sacerdote apoyó una mano sobre la de ella.
—No conviertas el odio de Elliot Coleman en el tuyo.
Ella negó despacio.
—No busco convertirme en él. Busco impedir que destruya lo único que me queda. Mi familia. Eso es todo.
El padre Amaro permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.
—Hay algo que debes saber, hija.
Emma levantó la vista.
—La noche en que ocurrió aquella tragedia. Elliot Coleman perdió a dos hijos. Ethan y Frederick Coleman. Eran mellizos. Los dos murieron aquella misma noche en circunstancias que nunca terminaron de aclararse.
Emma sintió que el corazón volvía a acelerarse. Las palabras de Elliot regresaron a su memoria.
"Fue mi hijo..." "Tú destruiste su futuro..." "William es mi nieto..."
Abrió los ojos de golpe.
—Fue Ethan Coleman. Elliot disfrutó al decirlo.
El sacerdote quedó inmóvil. Durante varios segundos no encontró palabras.
Emma se puso de pie. Se secó las últimas lágrimas y, por primera vez desde que llegó a la casa de salud, su expresión recuperó aquella serenidad que siempre la caracterizaba.
Pero el padre Amaro comprendió enseguida que esa calma era distinta. No era paz.
—¿Qué harás ahora?
Emma dirigió la mirada hacia el jardín, donde su madre seguía alimentando a los pájaros sin imaginar la guerra que acababa de comenzar.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Lo único que Elliot Coleman no tuvo en cuenta. Es que también me enseñó a sobrevivir y pienso usar todo lo que aprendí de él para destruirlo.