Emma pasó varias horas junto a su madre. Conversó con ella, la abrazó con más fuerza de lo habitual y, antes de marcharse, le pidió perdón por no haber creído en sus palabras durante tantos años.
Dora la acarició con ternura, sin comprender del todo el motivo de aquellas lágrimas. Emma sonrió para no preocuparla.
Al salir de la casa de salud ya había tomado una decisión. Si iba a entrar en la guerra de Elliot Coleman, necesitaba dejar de ser la Emma que todos conocían.
Encendió el automóvil y marcó un número.
—¿Bueno? —preguntó una voz coqueta al otro lado.
—¿Estás en el salón?
Un pequeño grito de emoción, se escuchó al otro lado.
—¡Emma! ¿Vas a venir?
—Estoy a diez minutos.
—¡Te espero!
Unos minutos más tarde, se estacionó frente al elegante salón de belleza de su amiga que ocupaba una esquina del centro de la ciudad.
En cuanto Emma cruzó la puerta, Jenna corrió a abrazarla.
—¡Mujer! Pensé que era una broma cuando dijiste que venías.
Emma sonrió con cansancio.
—Fue una decisión de último momento.
Jenna dio un paso atrás y la observó con atención. Su sonrisa desapareció.
—¿Qué pasó?
Emma intentó restarle importancia.
—Nada grave.
—No me mientas. Te conozco demasiado. Algo ocurrió.
Emma desvió la mirada.
—Mañana viajo a Holanda. Estaré en la convención de la empresa. Ya te lo había comentado.
—Pero no dijiste que irías tu.
—Cambio de último momento.
—¿Con quién irás?
—Con James Coleman.
Los ojos de Jenna se abrieron.
—¡¿Qué?! —Luego soltó una carcajada.—¿El papacito insufrible va a pasar unas semana contigo?
Emma dejó escapar un suspiro.
—Así parece.
—No puedo creer que Dios por fin escuchara mis oraciones.
Emma negó divertida.
—No empieces.
—¿Cómo que no empiece? Te vas a Europa con el hombre más atractivo de la empresa. Eso merece una celebración.
La tomó del brazo y prácticamente la arrastró hasta uno de los sillones frente al enorme espejo.
—Siéntate.
Emma obedeció.
Jenna comenzó a rodearla como una artista observando un lienzo.
—Dime.¿Qué vamos a hacer?
Emma sostuvo su reflejo durante unos segundos.
—Necesito un cambio.
—¿De imagen?
—De imagen... y un poco de actitud.
Jenna levantó una ceja.
—Eso sí me interesa.
—Voy a asistir a reuniones muy importantes y quiero verme diferente. Más segura, más elegante.
Jenna cruzó los brazos.
—¿Solo por negocios?
Emma asintió.
—Solo por negocios.
La estilista sonrió con picardía.
—Claro, y yo soy monja.
Emma soltó una pequeña risa.
—Hablo en serio.
—Yo también. —Se inclinó sobre el respaldo de la silla.—Admite que también quieres dejar con la boca abierta al señor Coleman.
—No.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito.
Jenna la observó unos segundos antes de suspirar.
—Con esa cara... creo que realmente lo sigues detestando.
Emma sonrió de medio lado.
—El sentimiento es mutuo.
—Entonces, ¿para qué el cambio?
Emma acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Porque quiero que, por una vez en su vida, sea él quien pierda el control.
Jenna dio una palmada.
—¡Eso ya me gusta!
Se colocó detrás de ella y comenzó a levantarle el cabello.
—No necesitas magia. Solo esconder a la secretaria seria que llevas dentro y dejar salir a la mujer espectacular que siempre has sido.
Emma rodó los ojos.
—Exagerada.
—Realista. Un nuevo corte, un color que ilumine tu rostro, maquillaje discreto y ropa que haga justicia a ese cuerpo que insistes en ocultar bajo sacos enormes.
Emma se miró en el espejo. Hacía años que no se detenía a observarse. Desde que nació William, ella había dejado de verse como mujer. Solo era madre, hermana, hija, trabajadora. Nada más.
—Tengo vestidos preciosos que ya no uso —continuó Jenna—. Antes de subir de peso me encantaba comprar ropa. Seguro alguno te queda perfecto.
Emma sonrió.
—Creo que somos dos tallas distintas.
—Ahora sí. Pero conservo varias prendas de cuando era tan flaca como tú y te aseguro que James Coleman no sabrá ni dónde mirar.
Emma soltó una risa.
—No tienes idea de cuánto deseo que eso ocurra.
Jenna dejó de sonreír. La frase había sonado distinta.
—Emma ¿Estás bien?
Ella guardó silencio unos segundos.
—Más de lo que imaginas.
Jenna tomó las tijeras mientras encendía la música.
—Sea cual sea el motivo, prometo que mañana James no reconocerá a la mujer que subirá a ese avión.
—Eso espero.
—Y otra cosa. Si quieres volver loco a un hombre como él. No basta con un vestido bonito.
Emma arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
—No. Debes hacerlo sentir que lleva el control, cuando en realidad lo tienes tú.
Emma sonrió por primera vez en todo el día.
—¿Desde cuándo eres experta en hombres?
—Desde que aprendí que todos se parecen más de lo que creen.
Las dos rieron.
Por unos minutos, Emma consiguió olvidar el infierno que la esperaba. Pero la ilusión duró muy poco. Jenna, aún jugando con su cabello, habló sin pensar.
—Aunque debo admitir una cosa. Yo también habría aceptado ese viaje solo por pasar unas semana con James Coleman.
Emma dejó de sonreír. Su expresión cambió por completo.
—No vuelvas a decir eso.
Jenna frunció el ceño.
—¿Por qué?
Emma respiró hondo. Sentía que el pecho volvía a cerrarse.
—Porque James Coleman. No es solamente un hombre arrogante. Es el hijo del hombre que destruyó mi vida hace once años.
Las tijeras escaparon de las manos de Jenna y cayeron al suelo con un ruido metálico. El silencio se apoderó del salón.
—¿Qué... acabas de decir?
Emma cerró los ojos.
—Elliot Coleman me lo confesó hoy. Todo lo que mi madre decía era verdad.
Jenna sintió que las piernas dejaban de sostenerla. Se dejó caer lentamente sobre una silla, incapaz de apartar la vista de su amiga.
—Cuéntamelo todo. Desde el principio.
Emma respiró profundamente y comenzó a relatar el peor día de su vida.