Emma pasó varias horas junto a su madre. Conversó con ella, la abrazó con más fuerza de lo habitual y, antes de marcharse, le pidió perdón por no haber creído en sus palabras durante tantos años. Dora la acarició con ternura, sin comprender del todo el motivo de aquellas lágrimas. Emma sonrió para no preocuparla. Al salir de la casa de salud ya había tomado una decisión. Si iba a entrar en la guerra de Elliot Coleman, necesitaba dejar de ser la Emma que todos conocían. Encendió el automóvil y marcó un número. —¿Bueno? —preguntó una voz coqueta al otro lado. —¿Estás en el salón? Un pequeño grito de emoción, se escuchó al otro lado. —¡Emma! ¿Vas a venir? —Estoy a diez minutos. —¡Te espero! Unos minutos más tarde, se estacionó frente al elegante salón de belleza de su amiga que ocup

