Estados Unidos. El reloj apenas marcaba las nueve de la mañana cuando llamaron a la puerta de su despacho. Elliot Coleman permanecía de pie frente al ventanal, sosteniendo una taza de café mientras observaba el jardín principal de la mansión. No necesitaba mirar hacia atrás para saber que era su ama de llaves. Los pasos apresurados la delataban. —Disculpe, señor Coleman. La joven asomó apenas la cabeza. —Los agentes del FBI han llegado. Desean hablar con usted. Elliot dejó la taza sobre el escritorio. Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro. —Ya era hora— Se acomodó lentamente el saco—Veamos qué tan competentes son los héroes de este país. Bajó las escaleras sin prisa. Cada peldaño era calculado. No pensaba regalarles la satisfacción de verlo preocupado. Al llegar

