Capítulo 3: La Semilla de la Fuga

402 Palabras
Derek se marchó por la noche, no sin antes besarme la mano como si me estuviera haciendo un favor. Prometió volver en una semana para “acelerar los preparativos”. Su mirada me dejó claro que no habría boda: habría captura. Una jaula con flores. Esa misma noche, no dormí. Me senté en la cama, con los pies descalzos tocando el suelo helado y los ojos fijos en la luna. No lloré. No podía permitírmelo. Llorar era detenerse. Y yo… yo tenía que moverme. Mi habitación estaba justo al lado del desván. Allí había cajas viejas, muebles cubiertos, y una pequeña ventana rota que daba al bosque que bordeaba el pueblo. Pocos lo conocían como yo. Lo había explorado desde niña, con los pies llenos de barro y el alma libre. Ahí estaba mi oportunidad. No podía escapar por la carretera. No con los hombres de Derek vigilando. Pero por el bosque… quizá. Me levanté con cuidado, intentando que el crujido del piso no despertara a mis padres. Pero no fui lo bastante silenciosa. Mi madre estaba en el pasillo. —Vas a intentarlo… ¿verdad? La miré, sin poder hablar. Ella no lloraba. Pero sus ojos estaban húmedos, brillando en la penumbra. —No te voy a detener —susurró—. Solo prométeme que vivirás. Aunque tengas que mentir, robar, esconderte como una sombra… vive, Alisha. No dejes que te rompan. Quise abrazarla, decirle que sí, que lo lograría. Pero la garganta se me cerró. Entonces apareció mi padre, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. —Ten esto —dijo, extendiéndome una pequeña caja metálica—. Hay dinero. No mucho. Y una llave. Es de la cabaña de tu abuelo, en las montañas del norte. Nadie va allí desde hace años. Me temblaron las manos al tomarla. —Papá, yo… —Shhh —me interrumpió, y por primera vez en mi vida, lo vi con los ojos llenos de culpa—. Fui cobarde. Dejé que nos amenazaran… Pero tú no lo seas, hija. No repitas mi silencio. No hubo abrazos largos. No hubo despedidas dramáticas. Solo tres personas, en mitad de la oscuridad, apretando las manos con fuerza, como si el mundo se fuera a romper si las soltaban. Y luego, me fui. Con una mochila al hombro, el corazón en llamas, y una promesa invisible en los labios: No volvería a ser de nadie.
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