Desperté sintiendo que me liberaba de un sueño viejo y pesado. Los ojos los sentía embotados por una pesada capa de descanso acumulado. No sé cuántos días hacían desde que dormía, pero aún era tal el impacto del fuego en mi memoria, que si me ponía fantasiosa era posible decir que aun sentía el calor de las llamas sobre mi piel. Me removí inquieta sobre las sabanas de la que había sido mi cama en mis días de huésped en la casa de Alan. Alzando un poco la cabeza logré descubrir que todo en la habitación seguía justo en su lugar: la ropa en el armario, el maquillaje sobre la peinadora y el gran espejo junto a la pared. El día se aventuraba hermoso a través de la ventana cerrada, con un sol que comenzaba su recorrido desde un amanecer prometedor. Quise levantarme de inmediato, pero sentí u

