Sentía mi cuerpo como si no fuese mío. Me descubrí como en medio de un vuelo, llevada sin que eso me representara a mí un mínimo esfuerzo. Una incorporeidad de ensoñaciones sin tiempo y sin espacio me colmaban de espejismos contradictorios. Los recuerdos de los últimos segundos se me agolpaban en la psiquis en un desorden incomprensible donde era imposible separar causas de efectos. Una punzada de dolor laceraba mis sienes. Un estertor de tos se apoderó de mi pecho arrancándome del estado de inanición en el que me encontraba sumida. De a poco, el sonido fue inundando aquel espacio onírico, dotándole de un caos particular. De repente volví a sentir todo: El calor de las llamas, el dolor de mis heridas, el ruido de la casa cayéndose a pedazos y el palpitar del corazón de Alan que tenía ce

