—¿Qué, crees que puedes disculparte de esto, Holte? No me importa cuál es tu maldita excusa. No soporto las malditas excusas por tus cagadas. No permito cagadas, ¿me oyes? Ahora, vuelve a tu maldito escritorio y reescribe estas notas, cada página para la audiencia de mañana. —Pero, señor, hay una docena de páginas, si no más. Primero tengo que planificar lo de la fiesta para ti, dijiste que era la prioridad de hoy —objeté, preguntándome unos diez segundos después lo buena que era esa idea. —No me contestes, Holte. Ahora, vuelve a tu maldito escritorio antes de que me harte de ver tu cara sangrante —ordena, dándose la vuelta con un gemido gutural. Retirando su silla, se encuentra con mis ojos por última vez y con una última mirada sucia. Me doy la vuelta con un suspiro exasperado, sacudi

