1.La jaula se abre
1.La jaula se abre
POV Stella
—Señora… ¿desea que le sirva la cena en el comedor o la llevamos a su habitación?
La voz de Gloria, el ama de llaves, me saca de mi ensoñación. Esta es la noche número mil noventa y cinco del contrato. La última. La que precede a mi libertad.
—Cenaré en el comedor. Y por favor, Gloria… quiero un gran banquete y el mejor vino.
Ella me observa en silencio, con esa mezcla de respeto y compasión que solo las mujeres de mirada vieja saben ocultar mal. Asiente con suavidad y desaparece por el pasillo.
Me recuesto unos segundos más en el diván frente al ventanal. Afuera, el jardín está bañado por una luna insolente, casi teatral. Perfecta para una escena final. Para un adiós. Para una muerte simbólica.
Esta noche dejo de ser la esposa de Magnus Alberti. Esta noche dejo de ser el canario de Il Signore.
La jaula fue dorada, sí. Pero no dejaba de ser jaula.
Subo a mi habitación con pasos lentos, disfrutando el roce de la alfombra bajo mis pies descalzos. Cada rincón de esta casa está tatuado en mi piel. Cada baldosa, cada cuadro, cada silencio.
El silencio más que nada.
Ese que reinaba cada vez que él entraba sin anunciarse.
Ese que me obligaba a bajar la mirada por miedo a encontrarme con la suya.
Ese que me enseñó a sobrevivir.
Abro mi clóset. No con nostalgia, sino con una extraña sensación de victoria. Hoy elijo para mí. Hoy me visto como quiero, para mí.
Tomo el vestido de seda marfil que compré en secreto, escondido entre tantas otras prendas que nunca fueron mías realmente. Lo deslizo por mi piel lentamente. No uso ropa interior. No esta noche.
El perfume que elijo también es distinto. Jazmín y sándalo. Un aroma que no le pertenece a él.
Me maquillo apenas. Mis labios pintados de vino tinto. Mis ojos delineados con la precisión de quien ha aprendido a fingir serenidad.
Bajo al comedor con la cabeza en alto. Gloria me espera con una mesa iluminada por velas y dos copas ya servidas.
—Pensé que querría compañía —dice ella.
Le sonrío. Ella sabe. Siempre supo.
—¿Ya llegó?
Ella niega con la cabeza. Un respiro se escapa de mis labios. Todavía tengo tiempo.
La cena es un festín. Gloria me ha dado todos los placeres que se le pueden ofrecer a una prisionera en vísperas de libertad: pan recién horneado, filete jugoso, risotto con trufa, espárragos, y una tarta de chocolate que me hace cerrar los ojos con el primer bocado.
Una última cena digna de una reina. O de una condenada a muerte. Pero no. Esta noche yo no muero. Esta noche… yo renazco.
Termino mi copa de vino y sirvo otra. Brindo en silencio, levantando la copa hacia el techo abovedado.
—Por la mujer que fui —susurro. —Y por la que seré mañana.
Y entonces, antes de que el reloj marque la medianoche… el sonido que temía.
El ruido de su auto. Las puertas de seguridad abriéndose. Los pasos. El silencio. Me mantengo sentada. No me levanto a recibirlo. No me enderezo el vestido. Esta vez no.
Magnus Alberti entra al comedor con la misma presencia que siempre lo ha caracterizado. Impecable. Oscuro. Letal.
Trae el cabello algo mojado, como si viniera de una tormenta que solo él ha sobrevivido. Bah, eso es muy poético. Probablemente viene de follarse a una de sus putas. Viste camisa blanca abierta en el cuello y pantalones de lino. El reloj de oro reluce en su muñeca.
El corazón me golpea el pecho. No por miedo. Sino porque ya no le temo. Y eso, para Magnus Alberti, es lo más peligroso de todo.
Me observa.
Yo lo miro también.
No hay palabras. Solo electricidad.
Camina hacia la mesa. Se sirve una copa del vino sin pedir permiso.
—¿Celebras?
Su voz es un bajo que retumba. Un tambor que he aprendido a leer mejor que cualquier partitura.
—Sí —respondo.
—¿Qué?
—Mi libertad.
Una sonrisa ladeada. Cínica.
—¿Y qué has hecho para ganarla?
—Sobrevivirte.
No pestañea. Pero sé que lo he tocado.
—Tres años, Stella. Tres malditos años y ¿me das un brindis como despedida?
—¿Esperabas una carta de amor?
—Esperaba algo que no oliera a traición.
—Lo que huele es la podredumbre de tu ego.
Magnus ríe. Una risa seca. Amenazante.
—Tienes agallas esta noche. ¿Es el vestido? ¿El vino? ¿O será que crees que a la medianoche desaparezco como en los cuentos?
—No necesito cuentos. Solo necesito distancia.
—No sabes lo que se viene allá afuera.
—Y tú no sabes lo que se queda aquí dentro cuando me vaya.
El silencio cae como una bomba.
Él da un paso hacia mí. Luego otro. Me rodea la silla. Me huele. Literalmente me huele.
—No hueles como siempre.
—Exacto.
—¿Es para provocarme?
—Es para liberarme.
Su mano se posa en el respaldo de mi silla. Se inclina. Su aliento me roza la clavícula.
—Todavía no es medianoche —susurra.
—Pero ya no soy tuya —le contesto, sin moverme.
—Entonces, déjame poseerte una última vez.
Y antes de que pueda decir algo más, sus labios están sobre los míos. El beso no es romántico. Es brutal. Rabioso. Una mezcla de deseo, odio y despedida.
Me levanta. Me carga. Me lleva por el pasillo, sube las escaleras. Todo con esa fuerza suya que no admite negaciones.
Mi vestido cae al suelo al llegar a la habitación. Sus manos me exploran como si tratara de memorizarme. Yo lo dejo. No por debilidad. Sino porque sé que es la última vez.
Y si voy a despedirme de él, será con el cuerpo, no con palabras.
No hay caricias dulces. Solo embestidas. Solo jadeos. Solo sudor y rabia.
El sexo de los condenados.
Cuando terminamos, lo miro dormir. Él no lo sabe, pero esta es la última vez que me verá.
Me levanto sin hacer ruido. Me pongo un vestido sencillo, tomo la maleta que preparé con mis cosas personales: unos cuantos libros, un par de fotografías, mi estetoscopio, el pasaporte y la dirección de un lugar seguro.
Bajo una vez más al comedor.
Sobre la mesa dejo dos documentos:
El acuerdo prenupcial firmado.
Y el divorcio sellado con una firma elegante, pulcra, liberadora.
Junto a ellos, una nota escrita de mi puño y letra:
“Ya no soy tu canario. Si algún día me buscas, no me llames por mi nombre. Porque esa mujer ya no existe.”
—S.
Gloria me ve desde las escaleras. Le hago un gesto de despedida. Ella no dice nada. Solo asiente. Y entiendo que su silencio será mi protección.
Salgo al jardín con pasos seguros. El coche me espera. Un conductor de confianza, pagado por mí.
Antes de subir, miro una última vez la mansión. Las luces encendidas. La estatua del león. Las rejas que se cierran. Y su sombra… en la ventana del segundo piso.
No sé si me vio. No sé si me seguirá.
Pero esta vez no importa. Yo me fui antes de que pudiera volver a encerrarme.
Me fui con las alas rotas, pero las alas al fin.
Y aunque tenga que reconstruirme desde los huesos, lo haré sin su sombra.
Me llamo Stella Harrington.
Y esta fue mi última noche en prisión.