Branko extrañaba a esa chica de bellos ojos que le quitaba el aliento y la vida. ―Branko, ¿qué pasa, hijo? ―le preguntó Vadim muy preocupado, hacía días que su hijo andaba raro, cabizbajo, ausente. ―No me pasa nada, dadá. ―No me mientas, ¿es por una mujer? ¿Acaso no te corresponde o te fijaste en una que está comprometida? ―No. ―¿Entonces? ―No sé si quiero ser rey ―le dijo en voz apenas audible. ―¿Qué dices? ―Estas leyes, papá, tan… tan… anticuadas. ―¿Reniegas de tu pueblo? Branko cerró los ojos. ―No, dadá, lo siento. ―¿Qué pasa, hijo? ¿Es por la gachí del otro día? El hijo miró a su padre de un modo muy significativo. ―Sabes que es imposible ese amor, hijo, tanto por pertenecer a mundos diferentes como porque no sabes si de verdad ella te corresponde. ¿O sí lo

