―¡Branko! ―lo llamó Vadim, su padre y rey de los gitanos.
―Dígame, dadá.
―¿Qué hacías con esa gachí? ¿Por qué andaba por acá?
―Nada, vino a darme las gracias, ayer la vi allá arriba, un pailló[1] la quiso asaltar y yo la ayudé, nada más, después llegó su pale[2] y se la llevó a rastras.
―Claro, creyó que ustedes querían abusar de su niñita.
―Sabemos que a los extranjeros no les gustamos, dadá, no es novedad.
―Por lo mismo, esa gachí[3] ya te dio las gracias, espero que no se vuelva a aparecer por aquí.
―No creo, esa chaí no volverá.
Branko caminó unos pasos y al pasar por el lado de su padre, este lo detuvo del brazo.
―Tienes que ocupar mi puesto algún día, tienes que casarte, tener hijos, ya no eres un niño y todavía no eliges a una nibovia[4], ¿hasta cuándo esperarás para buscar a una buena mujer que te acompañe, te dé hijos y por fin tener tu propia chara?
―No he encontrado a nadie todavía, dadá, lo sabes, cuando aparezca la mujer perfecta, me caso.
―Espero que no sea esa gachí ―sentenció el rey de los gitanos y soltó a su hijo.
Branko no se fue a su carpa, caminó molesto hasta donde estaba su amigo Lazlo con Bavol.
―Vienes de buen humor, ¿a dónde habías ido? ―le preguntó Lazlo.
―Por ahí.
―Te fuiste como alma que lleva el Diablo ―bromeó Bavol.
―Sí, recordé algo.
―¿Algo así como una gachí en problemas? ―inquirió Lazlo y observó a su amigo.
―Vino a dar las gracias, ayer su papá no la dejó.
―¿Y vino solo a eso? ―En el tono de Lazlo se apreció un dejo de ironía.
―¿A qué más? ―respondió Branko con molestia y se fue a su carpa.
Perla llegó a su casa, su madre la esperaba.
―¿Y mi papá? ―preguntó.
―Fue a trabajar después del almuerzo.
―Ah, yo voy a mi pieza.
―Hija…
―¿Qué?
―Estás rara.
―Son los estudios ―respondió con rudeza, no le gustaba mentirle a su mamá.
―¿Es por lo de ayer?
―¿Ayer?
―Tu papá me lo contó esta mañana.
La joven se puso roja, sabía que su mamá se daría cuenta de que ese gitano le gustaba.
―¿Qué te dijo? ―preguntó.
―Me dijo que te estaba atacando un tipo, que te vio y te salvó. Que no me quisieron decir para no preocuparme.
Perla bajó la cara, ¿no le había dicho nada de los gitanos que la salvaron? ¿Y encima se dio el mérito de haberla salvado?
―Hija, no quiero vuelvan a ocultarme algo así, anoche yo te vi extraña, pero no quise preguntar, si no me querías decir por algo sería, nunca pensé que podía haber sido algo tan grave ―le dijo su madre con preocupación.
―No pasó nada más, al final, solo fue el susto.
―Sí, pero yo debí contenerte. Ahora entiendo por qué dormiste tan mal anoche, hoy deberías haberte quedado, te habría regaloneado.
―No, mami, vamos a terminar el semestre y no puedo faltar. ―“Además, si no hubiese ido, no lo habría visto”, terminó en silencio.
―Bueno, pero ahora te tengo una sorpresa.
Perla sonrió inquisitiva.
―Tengo panqueques y te hice leche con plátano.
―¡Qué rico! ¿Me puedo tomar la leche primero? Después me tomo un café con los panqueques.
―Bueno, hija, como quieras.
Madre e hija se abrazaron.
―Te amo, hija, y no quiero secretos, ¿ya? Menos si es algo tan importante.
―Es que el papá dijo que era lo mejor y yo no quería preocuparte.
―Soy tu mamá, mi niña, preocuparme por ti no solo es mi deber, también es mi deseo. Quiero estar siempre para ti. Te amo, eres mi bebé, siempre lo serás.
―Gracias, mami, te amo.
―¿Amigo? ―Lazlo entró a la carpa de Branko.
―¿Pasa algo? ―le preguntó Branko, enojado.
―Eso mismo quiero saber yo. ¿Pasa algo?
―No pasa nada.
―¿Seguro? ¿No será por la chai?
―¿Qué pasa con ella?
―Saliste corriendo apenas la viste y volviste mal, ¿te dijo algo?
―Ella no.
―¿Quién? ¿Apareció su papá de nuevo?
―No. Mi dadá quiere que busque esposa.
―Y tu corazón estaba esperando a esa gachí.
―No digas tonteras.
―Branko, ustedes se miraron y volaron los corazones ―replicó y soltó una carcajada.
―Contigo no se puede hablar, ¿por qué no vas a molestar a tu papá?
―¿Para que me pegue? ―respondió sin dejar de reír.
―Voy a ser yo quien te dé un buen golpe ―respondió, divertido.
Lazlo se sentó al lado de su amigo.
―Oye, no te pongas aquí, seguro que ya no volverás a ver a esa gachí y te vas a olvidar de ella.
―No lo creo, Lazlo, nunca sentí así por nadie.
Lazlo guardo silencio, el día anterior pudo ver el brillo del amor en los ojos de su amigo, el problema era que su tío jamás permitiría que su hijo se casara con una extranjera, por muy bonita que fuera y por muy gitana que pareciera.
Aquella tarde, Perla no bajó a cenar, tenía mucho que estudiar y con los panqueques había quedado satisfecha.
―¿Perla? ―habló su padre desde fuera de su habitación.
―Pasa.
―¿Cómo estás?
―Bien, ¿por?
―Como no bajaste a comer ―le dijo con preocupación.
―No tenía hambre y tengo mucho que estudiar.
―¿Estás enojada?
―¿Por qué?
―Por lo de ayer.
―¿Debería?
―No, es que quizá no entiendas mis motivos. ―Su padre parecía nervioso.
―No quiero hablar de ese tema.
―Tu madre sufrió mucho con los gitanos, hija.
―Por eso no quiero hablar de eso, papá, si mi mamá no me ha querido contar qué le pasó con esa gente, es por algo.
―No te molestes.
―Tengo que seguir estudiando.
―Como digas. Buenas noches ―aceptó con paciencia.
―Buenas noches, papá.
El hombre le dio un beso en la cabeza a su hija y salió de la habitación.
El día siguiente y el que le siguió, Perla se tuvo que obligar a no cruzar la Costanera para ir a ver a Branko. Ese gitano de ojos negros le quitaba horas de sueño y de vigilia, apenas lo había visto un par de veces y por pocos minutos, sin embargo, sentía que ya lo tenía metido en su corazón; él era el amor que ella esperaba desde niña.
El problema era su mamá, si había tenido malas experiencias con los gitanos, no tenía idea de cómo reaccionaría cuando se enterara de que estaba enamorado de uno.
El sábado y domingo casi no salió de su habitación, debía estudiar y concentrarse, no le era fácil con los ojos de ese gitano en su mente todo el tiempo.
―Hija ―le habló su mamá al tiempo que asomaba la cabeza por la puerta―, te traje un café y galletas.
―Gracias, mamita.
―¿En qué pensabas?
―¿Yo?
―Sí, golpeé, pero como no me respondiste, me asomé y estabas en las nubes ―le dijo con dulzura y algo de burla.
―Ah, estaba repasando la materia en mi cabeza ―respondió, pero el sonrojo en las mejillas de la joven no pasó desapercibido para la madre.
―¿Segura?
―Sí, ¿por qué?
―Porque tenías más carita de enamorada que de estudios ―explicó con ternura.
La cara de Perla enrojeció aún más.
―No, mamá, sabes que yo no quiero nada.
―¿Y no hay nadie que mueva tu corazón todavía?
―No ―mintió mal.
―¿Qué dijimos de los secretos?
―Que no debíamos tener secretos, pero parece que eso va en una sola dirección ―respondió enojada.
―¿Por qué lo dices?
―No sé, ¿tienes algún secreto que quieras compartir?
La mujer se puso blanca, imaginó que su hija había descubierto su origen.
―¿Hay algo de lo que quieras hablar? ¿Algo que quieras preguntar? ―inquirió con nerviosismo.
―No, mamá, perdón, estoy cansada, no me entra esta materia y no quiero reprobar. ―Se arrepintió de decirle, si su mamá lo había pasado mal con los gitanos, no sería ella quien trajera esos recuerdos.
―¿Por qué no descansas un poco? Te has pasado días encerrada, ¿quieres que vayamos a tomar once a la playa?
―¿Querrá ir el papá? A él no le gusta ir en verano, menos en invierno.
―Déjamelo a mí, yo me arreglo con él. Voy a preparar las cosas. Abrígate bien.
La joven se levantó de un salto de su colchón, feliz de ir a la playa.
[1] Pailló: Forma despectiva hacia los no gitanos
[2] Pale: Padre
[3] Gachí: Muchacha
[4] Nibovia: Novia