Capítulo 8

2097 Palabras
Junio 2017 Perla salió tarde del instituto, le había tocado una interrogación oral, había sido la penúltima en dar la prueba y, como no tenía amigos, nadie la esperó. Salió y ya estaba oscuro. El instituto se encontraba en medio de un sitio eriazo, solo en la parte de arriba había casas. Por abajo estaba la avenida costanera con los gitanos al otro lado; en uno de los costados, una cuadra de nada, un erial donde algunos iban a practicar las clases de manejo; por el otro costado, otro terreno vacío, solo por arriba había casas. Y ella salió por abajo. Nada más caminar media cuadra, y antes de doblar hacia arriba, apareció un hombre que, cuchillo en mano, le quitó su bolso y, no conforme con eso, la arrinconó contra la reja para abusar de ella. Perla le dio un rodillazo en la entrepierna, le arrebató su bolso y salió corriendo. Por suerte, su padre le había enseñado a defenderse, aunque no estaba segura de poder seguir golpeándolo. Corría mientras miraba hacia atrás para corroborar que el tipo no la siguiera, cuando chocó con un hombre que la detuvo de los brazos con fuerza y suavidad antes de que cayera con violencia al suelo. ―Señorita, ¿qué le pasa? ―le preguntó Branko con un acento extraño para Perla. ―¿Está bien? ―le preguntó Lazlo con el mismo acento. Perla elevó sus ojos para encontrarse con los ojos negros más profundos que había visto en su vida. Pero, pronto, se dio cuenta de que tres gitanos estaban ante ella. Se asustó. Su padre siempre la previno de esos “mal agestados, ladrones, violadores de mujeres y gente hipócrita que vive fuera de la ley”. ―¿Le pasa algo? ¿Alguien le hizo algo? ―volvió a preguntar Branko, preocupado. La joven se asustó más y se removió en los brazos del hombre, se dio licencia para llorar, pensó que ya no sería solo uno quien quisiera aprovecharse, serían cuatro y ella no podría hacer nada. ―Quédese tranquila, no le haremos nada. ―Intentó tranquilizarla el gitano. ―No, por favor ―rogó al tiempo que seguía luchando. ―No, señorita, va a tener un accidente si sigue corriendo así. No le vamos a hacer nada. Tranquila ―insistió Branko. ―El pailló[1] ese tiene cara de que atacó a la gachí[2] ―mencionó Bavol que miraba hacia la esquina, donde se encontraba el tipo que le había robado. ―Yo arreglo altiro a ese jambo[3] ―dijo Lazlo que habló caminando hacia la esquina. ―Voy contigo, Lazlo ―respondió Bavol y lo siguió. ―Me debo ir ―suplicó Perla. ―No puede irse así, ya le dije que le puede pasar algo si sigue corriendo sin mirar. ―Ya estoy bien, estoy segura de que ese hombre no me va a seguir. ―¡Perla! La aludida miró hacia el lugar de donde la llamaron, su padre se acercaba a pasos agigantados hacia ellos. ―¿Qué haces aquí y con este gitano? ―la interrogó enojado. ―Papá… ―Cálmese, señor, un payo quiso abusar de su hija y ella, por salir corriendo, casi tiene un accidente ―explicó el gitano. ―Tú no me hables, no tienes derecho a tocar a mi hija. Córrete de aquí. ―Tomó a su hija de la mano―. Vamos a la casa. ¿Qué te he dicho todo el tiempo? No te acerques a estos mugrientos. El hombre se la llevó casi a rastras. Perla le dio un último vistazo al gitano que la miraba de un modo extraño. ―¡Papá! ―protestó la chica cuando no le pudo seguir el paso y el hombre se detuvo. ―Perdón, hija, me preocupé mucho al verte con ese tipo. ―Papi, ellos me salvaron. ―¿Ellos? ―Sí, eran tres, dos de ellos se fueron detrás del asaltante. El hombre calló. ―Yo me asusté, pensé en que serían cuatro los que abusarían de mí ―contó con la voz quebrada―. Me acordé de todas las cosas que me decías, pero no, ellos me ayudaron. ―No hablemos más de ellos. No le contaremos nada a tu mamá de tu encuentro con los gitanos, se preocuparía de más. ―¿Por qué se preocuparía de más si ellos me salvaron? ―Porque ella no ha tenido buenas experiencias con esa gente. ―No sabía. ―No es algo para andar contándolo. Así es que nos callaremos esto. ―Bueno ―aceptó a regañadientes la muchacha―. ¿Y tú qué hacías ahí? ―Salí tarde del trabajo, te vi. Dejé el auto ahí.   La hizo subir con un gesto. El trayecto lo hicieron en silencio. Perla pensaba en ese joven y en su mirada. A ella siempre le habían llamado la atención los gitanos, aunque nunca había visto a ninguno tan de cerca. No olía mal como le habían dicho ni tampoco era un ladrón, de serlo, ella habría sido una presa fácil, ¿cómo pelear con tres hombres? ―¿Y ustedes? ―preguntó la mamá al verlos llegar. ―Nos encontramos en la esquina ―contestó el papá. La hija no replicó, si su papá consideraba que no decir nada a su mamá era mejor, lo aceptaba, pese a que entre ella y su madre no había secretos. O eso pensaba ella, hasta que su papá mencionó lo de los gitanos y su mamá. Perla se acostó temprano aquella noche, el tener que fingir que todo estaba bien delante de su madre la agotó más que todo. Su mente no dejó de pensar en lo sucedido. El hombre que la había querido asaltar se le apareció en sueños. Así como esos ojos negros que la miraban con preocupación. Su corazón latió de un modo diferente aquella noche, sintió que ese hombre era el indicado, cosa imposible, pues su padre jamás le daría la aprobación para estar con él. Y él quizá tampoco se había fijado más en ella, tal vez solo fue una damisela en peligro a la que había que defender, nada más y seguro que ya ni se acordaba de ella. Su noche estuvo llena de pesadillas, lo más extraño, fue que sus sueños no tuvieron que ver con el asalto, más bien, se veía en una carpa gitana, hablando con ese desconocido, feliz, hasta que su padre aparecía y le gritaba cosas horrorosas. Veía a otros gitanos que también se iban en su contra, decían que ella no pertenecía a ese lugar. Se sucedían imágenes inentendibles para ella, pero una cosa estaba clara: no pertenecía a ningún lugar. Despertó con el cuerpo adolorido, no tenía ganas de ir a clases, le iba a decir a su mamá que se sentía mal, solo que, al darse cuenta de que su padre tampoco iría a trabajar ese día, decidió salir. No quería quedarse con él. Se sentía muy culpable por tener que mentirle a su mamá y por ocultarle algo tan importante como lo que había ocurrido. ―¿Qué pasa, mi niña? ―le preguntó Diana al verla cabizbaja. ―Nada, mami, tengo sueño, anoche no dormí muy bien. ―¿Pasó algo? La joven miró a su padre. ―No, mamá, nada ―respondió cortante y se despidió de sus progenitores para irse lo antes posible de esa casa. Diana miró a su esposo. ―¿Qué pasó? Ayer no se encontraron en la esquina. ―Nada. Ya te lo dijo la niña. ―Ella no actúa así, anda rara. ―Te dijo que estaba cansada. ―¿Y tú crees que yo nací ayer? ¿Crees que no conozco a mi hija? ―replicó con molestia. El hombre suspiró. ―Ya. Lo que pasa es que ayer, cuando venía llegando, vi que la venía siguiendo un tipo con no muy buenas intenciones, a punto estuvo de agarrarla cuando yo llegué al lado de ellos. Por suerte, no pasó nada, pero si no hubiese pasado por allí… ―¿Por qué no me lo dijeron? ―preguntó alterada la mujer. ―No queríamos preocuparte. ―¡No querían o no querías? ―¿Cómo? ―Los dos lo decidieron o solo lo decidiste tú. ―Ella estuvo de acuerdo. Dinka meneó la cabeza. ―El gusto tuyo de andar con mentiras, Mario, ya es un hábito en ti. ―¡Todo lo que hago lo hago por proteger a mi familia! ―¿Qué protección y contención le diste a tu hija después del susto que pasó? ¿Por qué no me contaste? Ella me necesitaba y yo no estuve para ella. ―No lo creí necesario y si ella lo hubiese considerado, te lo habría dicho. ―No, si tú le ordenaste que no lo hiciera. ―Ella es adulta y puede tomar sus decisiones. ―Ella sigue siendo nuestra hija, una muy obediente por lo demás. Demasiado, diría yo ―replicó frustrada. ―Bueno, en todo caso, no pasó nada, ―Tú no entiendes nada ―replicó la mujer y se dirigió a la cocina con su taza y su platillo. Spiro se echó hacia atrás en la silla, su esposa jamás se debería enterar de que Perla había tenido contacto con los gitanos, mucho menos decirle la forma en la que él la miraba, tal como él miraba a su esposa; si se lo decía, lo más probable era que dijera que el destino así lo había querido, cuando en realidad, solo fue una nefasta casualidad.   A media tarde, al salir del instituto, Perla, en vez de irse directo a su casa, cruzó la Costanera y bajó a los roqueríos. No se animó a ir al campamento de los gitanos, aunque ganas no le faltaron. ―¿Y usted? ¿Qué hace por aquí? ¿Se perdió o la quieren asaltar de nuevo? ―le preguntó Branko que llegaba allí casi corriendo. Perla dio un respingo y se volvió para ver a quien le hablaba. ―Ho… Hola ―balbuceó y se sintió como una tonta. ―¿Anda de paseo? ―Sí, sí, eso. Vine a pasear. El gitano de ojos negros le regaló la sonrisa más maravillosa que Perla había visto en su vida. ―Nadie viene a pasear por estos rumbos, excepto para las Fiestas patrias, y eso porque ponen las ramadas en este sector, si no, nadie vendría por acá. ―Vengo a ver dónde ponen las ramadas ―contestó ella sin sentido. ―En junio ―le preguntó guasón. ―¿Por qué no? ―preguntó avergonzada, no sabía qué decir y él parecía burlarse de ella. ―Porque faltan tres meses. ¿Por qué mejor no me dice en qué anda por aquí? ―En realidad, quería darte las gracias ―admitió al fin―, por lo de ayer. Mi papá no me dejó ni despedirme. ―No sé preocupe, mi chai[4], nosotros sabemos que no somos bien recibidos por los payo[5], todo está bien. ―No es justo. El gitano miró a la chica con sincera gratitud. ―¿Quién le dijo que la vida es justa? Ella bajó la cabeza. ―Bueno… Me tengo que ir. ―Sí, claro, ¿quiere que la acompañe hasta su locomoción? ―No, no hace falta, vivo cerca, me voy caminando. Aquí no hay peligro, ¿no? ―No, no, aquí está segura, es más arriba, con los de su r**a hay que tener cuidado. ―En todo caso. Tienes razón. Una incómoda pausa fue rota por él, que estiró su mano. Ella lo miró sin comprender, hasta que se dio cuenta y ella le estrechó la mano, un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza. ―Cuídese, Perla ―le dijo el gitano con voz dulce. ―Gracias. Ella se alejó un par de pasos y se volvió. ―No me has dicho tu nombre, tú ya sabes el mío. ―Branko. Ese es mi nombre. ―Branko, gracias por lo de ayer. ―No hay de qué. Ella se fue, gran parte del camino sintió la mirada de él en su espalda, pero luego se sintió tonta, no tenía por qué sentir eso, quizá, él ni siquiera la miró. Dio vuelta su cabeza y lo vio parado en el mismo lugar, observándola con una sonrisa.                [1]Pailló, payó: No gitanos. [2]Gachí: Muchacha. [3] Jambo: Forma despectiva hacia los no gitanos. Tipo. [4] Chai: Niña [5] Payo: No gitano
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