Capítulo 7

1387 Palabras
El cumpleaños número dieciocho de Perla, Mario lo quiso celebrar a lo grande, no obstante, la joven le pidió no hacer nada, ella no tenía amigos, solo compañeros, según le dijo, nadie con quien ella quisiera pasar una fecha tan importante. ―Pero, hija, es tu mayoría de edad ―insistió él. ―Por lo mismo, papá, no quiero pasarlo con gente con la que no siento conexión, ellos no son mis amigos, no me siento parte de ellos. Prefiero pasarlo con ustedes, si quieres hacer algo, me gustaría que fuéramos a la playa, preparar algo rico y comerlo allá. Mario suspiró, su hija cada vez estaba más alejada de los chilenos. ―Además, estoy preparándome para entrar al instituto… ―agregó con la esperanza de que la dejara tranquila. ―Pero falta un mes para entrar a clases. ―Menos de un mes y la verdad es que, aunque ustedes me matricularon, no es algo que me motive, lo hago por ustedes, tú lo sabes. ―¿Y qué quieres, hija? El día de mañana, no estaremos y quiero que tengas una buena vida. ―Por eso voy a seguir estudiando, no quiero que se preocupen por mí, pero no me pidas que lo disfrute, siento que no pertenezco a este mundo, mi corazón está muy lejos de mí. ―Dime, mi niña, ¿no te sientes atraída por algún muchacho? ―inquirió su padre en tono confidencial. ―¿Un muchacho? Papá, los chiquillos del liceo son tipos que andan con una y con otra, yo quiero un amor para toda la vida. ―Eso no funciona así, tienes que conocer chicos de tu edad, para saber cuándo es amor verdadero. ―Tú y mamá se conocieron y se amaron, han sido el uno para el otro desde siempre. ―Eso es otra cosa, hija. ―No es otra cosa, papá, cuando llegue el indicado, sabré que es él, no necesito probar a otros, esto no es una tienda donde pruebo uno y otro hasta dar con el correcto. Yo no soy así. ―No insistiré más, pero quiero que sepas que, si quieres traer un pololo[1], puedes hacerlo. ―Cuando lo tenga, serás el primero en enterarte. ―Le diré a tu mamá que preparemos un viaje a Hornitos, allá celebraremos tu cumpleaños. ―¿En la casa de allá? ¡No! Yo quiero ir y sentarme en la arena, disfrutar del contacto con la naturaleza, si es por estar en una casa, prefiero quedarme aquí, en mi carpita. ―Le diré a tu mamá ―cortó molesto. Perla se quedó pensativa, a su papá no le gustaba su forma de ser, pero no podía cambiar por darle en el gusto, hacía muchas concesiones por amor a ellos, no podía hacer más. En marzo de ese año, entró al instituto que estaba cerca de su casa. Su familia se había comprado una casa en un condominio en el norte de la ciudad, el instituto al que había ingresado se encontraba en la costanera, frente al sitio donde se ubicaban los gitanos. Ella miraba con nostalgia hacia ese lugar. Cruzando la avenida, se podía llegar hasta ellos, sin embargo, Perla jamás lo hizo, pues su padre la tenía muy adoctrinada en que esa gente era mala, delincuentes, asesinos y ladrones, con ellos, nadie podía estar seguro. A ella le gustaban sus carpas, sus costumbres, las que investigaba en internet; sin saber muy bien por qué, le llamaba la atención su vida. Ya no seguía viendo las cartas, todos se burlaban de ella, sus compañeros solo la hablaban para eso y luego la llamaban gitana mugrosa. Ella estaba segura de que llegaría el amor a su vida y sería un amor para siempre. ―Perla, ¿todavía no hay un chico especial por ahí? ―le preguntó su madre una tarde. ―No, mamá, ¿por qué? ¿Debería haberlo? ―respondió con fastidio. ―Es raro que una niña tan linda como tú no tenga amigos, ni novio. ―No es tan raro, tomando en cuenta que muchos me hacen el quite, piensan que soy gitana. En todo caso, a mí tampoco me gusta estar con ellos, son todos unos superficiales, no me agradan. ―Deberías abrirte más a la posibilidad de encontrar a alguien con quien compartir tu vida. ―Ya encontraré a alguien, no tengo apuro. ―Tienes casi veinte años. ―Tengo mucho tiempo por delante, mamá, ¿acaso el papá te pidió que hablaras conmigo? ―No, no, es solo que me preocupo por ti. ―No te preocupes tanto y, por último, si no encuentro a nadie, soy perfectamente capaz de vivir sola, no necesito a un hombre a mi lado para ser feliz. ―Todas necesitamos a un hombre. ―Qué comentario tan machista. No necesito a un hombre, cuando quiera estar con alguien, será porque así lo quiero, no por necesidad. Permiso, voy a acostarme un rato, estoy cansada ―cortó molesta. Se retiró a su habitación, no por estar cansada físicamente, sino por cansancio emocional, de que siempre le estuvieran diciendo que debía encontrar a alguien, ¡eso no era para ella!, ella quería un amor verdadero, un único y eterno amor. Estaba segura de que lo encontraría, aunque, claro, eso no lo había visto en las cartas, nunca se había visto el futuro a sí misma, prefería no hacerlo, para ella no era un juego. Branko se sentó en una roca, con un cigarrillo en la mano, a pensar. ―¿Qué pasa, hermano? ―le preguntó Lazlo que se acercó hasta él. ―Mi papá quiere que me case. ―El mío también ―respondió y lanzó una carcajada. ―Pero yo no quiero casarme con cualquier mujer. ―¿Te dijo tu papá que nos invitó el rey de Mejillones? ―Sí, me dijo. ―Mi papá quiere que me case a toda costa, le da lo mismo con quien, pero que me case, que ya se está pasando el tiempo, que lo que puedan decir los otros gitanos, que se están casando mis hermanos más chicos… Que me voy a quedar solo como Bavol… ―Mi papá me dijo casi lo mismo, solo que yo tengo en mis hombros la responsabilidad de ser el futuro rey. ―Eso es una carga más grande, pero si uno no está enamorado, ¿cómo se va a casar? ―Le dije a mi papá que si no encontraba novia de aquí a fin de año, que él me buscara a una. ―¿De verdad le dijiste eso? ―Sí, ¿qué más puedo hacer? Si no aparece el amor de mi vida, a lo mejor es porque no tengo uno. ―Sí, es verdad. A lo mejor estamos destinados a vivir solos. ―A lo mejor, si nos buscan esposas, nos enamoramos y somos felices. ―Yo no quiero una esposa impuesta, si ya vivir con una mujer es difícil, imagínate sin amarla ―bromeó, Lazlo, divertido. ―Oye, no es tan malo vivir con una mujer. ―No, si son bromas. Yo quisiera enamorarme, pero todavía no aparece nadie que me llame ni un poquito la atención, y eso que nuestras mujeres son muy bonitas, pero es como que busco más. No sé. A lo mejor estamos locos y el amor es tan simple como que te guste una gitana y ya. ―A mí no me gusta ninguna, ese es el problema. Son lindas, simpáticas y sé que podrían hacer feliz a cualquier hombre, pero no me gusta ninguna. Ni tus hermanas. Para mí son mis hermanas también. ―Agh… Pero mis hermanas… Ellas no son mujeres. Branko fue quien se rio entonces. ―Para ti, bueno para mí tampoco… Son nuestras hermanas. ―En todo caso, esperemos que te consigas un amor antes de fin de año, si no, quizá con quién te va a tocar. ―A lo mejor me toca con una de tus hermanas. ―Roguemos que no. ―Le haré una manda a Santa Sara ―meditó Branko. ―Yo también le voy a hacer una manda, por ti y por mí, para que este año encontremos el amor ―sentenció con seriedad el rubio. ―Vale. Una manda por los dos. [1] Pololo: novio
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR