Cinco días más tarde, la madre salía del hospital, sola, sin su pequeña; ella debía quedarse al menos quince días en neonatología.
―Mañana, cuando vaya a visitarla, voy a pasar al Registro civil ―le dijo Mario.
―¿Qué nombre le pondremos?
―Habíamos dicho que Rosa.
―No me gusta, quiero ponerle Perla.
―¿Perla?
―Sí, ese nombre quiero para mi pequeña.
―Ese es un nombre gitano.
―No es un nombre gitano, y si lo fuera ¿qué? Quiero ese nombre para mi hija.
―¿No te importa lo que yo piense?
―¿Te ha importado alguna vez lo que yo pienso? Yo estuve al borde de la muerte por ella, no tú, así que tengo todo el derecho de darle nombre.
―¿Crees que no me importas después de todo lo que he hecho por ti? ―interrogó dolido.
―¿Me has preguntado lo que yo quería? ¿Sabes lo sola y asustada que estuve el día que nació mi hija? Y todo por tu estúpido orgullo.
―¿Quieres volver al campamento?
―No, pero ya no me vas a decir lo que tengo que hacer, decir o pensar. Si quieres vivir como chileno, bien, pues aquí las mujeres no son las tontas sumisas que hacen todo lo que su marido dice, no, aquí las mujeres son mucho más liberales y también tienen derecho a decidir sobre las cosas de la casa y su familia, así que mañana cuando vayas a pasar a nuestra hija, le pondrás Perla, ¿me oíste?
Mario miró a su esposa con sorpresa en los ojos, nunca la había visto tan resuelta y decidida, al contrario, siempre era muy dócil.
―¿Me oíste Mario Lemus?
―Sí.
―Bien, ahora me voy a acostar un rato, cuando esté listo el almuerzo, me avisas.
―¿Yo tengo que cocinar? ―preguntó sorprendido.
―Yo no puedo hacer fuerza, vengo saliendo del hospital, si estuviéramos en el campamento, las demás mujeres se harían cargo, como estamos en territorio chileno y no tenemos familia, tendrás que hacerte cargo tú ―respondió con firmeza.
―¿Qué te hizo cambiar tanto? Apenas te reconozco.
―La muerte, Spiro, ver a la muerte a la cara me hizo cambiar. Pensar en mi niña que quedaría sola. Pensar en ti, que por tu maldito orgullo ella no tendría quien la cuidara si yo faltaba. Pensar en todas las cosas que dejé de hacer por amor a ti, en todas las cosas que hice y que no quería hacer por amor a ti. ¿Y tú? ¿Qué has hecho por mí?
―Dejé a mi pueblo por ti.
―No, no lo dejaste por mí, me usaste como excusa para dejarlo. Vadim te habría dado la victoria sin dificultad, eso lo sabes bien.
―¿Te arrepientes de haber dado este paso?
―Sí. Me arrepiento, pero no te preocupes, no volveré atrás. Solo una cosa te advierto, no todo se hará a tu manera, si veo que algo está poniendo en riesgo a mi hija, si tú estás poniendo en riesgo a mi hija, te dejo y me vuelvo al campamento.
―No te recibirán de vuelta.
―Sí lo harán. Tú sabes que lo harán. Pero, como te dije, no lo voy a hacer a no ser que tú me des un motivo. Ahora me voy a acostar. Me duele la herida y estoy cansada.
Mario vio a su mujer caminar con dificultad hasta el dormitorio y, cuando desapareció de su vista, resopló, no se esperaba ese cambio, la había notado distante, algo fría esos días que la visitó en el hospital, pero no se esperaba que le dijera algo así, sintió que estaba a punto de perderla y eso no lo aceptaría, acataría cada cosa que le pidiera y la reconquistaría, no la perdería, mucho menos permitiría que volviera con Vadim, él no le arrebataría a su esposa.
El día que le dieron el alta a Perla, Spiro no pudo asistir pues se había presentado un problema en el taller mecánico que había formado con un colega de su anterior trabajo, así que envió en taxi a su mujer al hospital.
La pediatra le dio las indicaciones y le entregó a la pequeña.
La mujer subió al taxi y miró a su hija.
―Mi Perlita…
No dijo más de labios para afuera, pues en su interior la bendijo en romaní, aunque no fueran parte del pueblo gitano, ella seguía siéndolo.
Spiro llegó a la casa apresurado a ver a su hija.
―¿Cómo está? ¿Qué dijo la doctora? ―le preguntó a su mujer.
―Dijo que está bien, mañana tengo que llevarla al consultorio para su control de alta y que ahí me iban a decir cuando tenía que volver a llevarla. Eso.
―¿Y cómo se ha portado?
―Bien, casi no llora.
―Esperemos que siga igual a la noche.
―La doctora dijo que estaba muy acostumbrada con sus horarios, así que no creo que moleste mucho.
―Y si molesta ¿qué? Tanto tiempo esperamos por un hijo que no nos vamos a quejar ahora, ¿no? ―dijo con cariño y orgullo de padre.
―Sí, sería muy malagradecido de nuestra parte, sobre todo porque será la única hija que tendremos.
―Así es.
La niña se removió en su cuna y su padre la tomó en sus brazos.
―Mi pequeña Perla, soy tu papi, ya te había visto, pero tú no podías verme. Ahora estamos juntitos y siempre será así.
Dinka miró a padre e hija y sus ojos se llenaron de lágrimas, no de felicidad, precisamente, de dolor de saber que solo serían ellos tres. Una pequeña familia que no crecería más.
Vadim veía a su hijo jugar con Lazlo. Tenían ocho años y parecían hermanos. Kira los había criado juntos con todo el amor que una madre puede darles. No hacía diferencia entre ellos. Aun así, a Branko le hizo mucha falta su madre y a él, le faltaba su esposa, todavía la extrañaba y la seguía amando.
―¿Qué pasa, rey de los gitanos? ―le preguntó Melalo.
―Nada, ¿por qué?
―Estás tan cabizbajo, parece que ya nada te importara, ¿acaso el campamento te quedó grande? ―le preguntó con ironía.
―No digas estupideces. No te dejaré mi puesto si eso es lo que quieres saber.
―No me interesa ningún puesto, Vadim, mucho menos el tuyo.
―A otro con ese cuento, Melalo, siempre has querido ser el rey de los gitanos, lamentable que hayas sido menor que mi padre y que no te correspondiera ese puesto, por algo sería, Dios sabe cómo hace las cosas.
―Ah, contigo no se puede hablar, si sigues así, muy pronto serás destituido como rey.
Vadim no contestó, no valía la pena discutir con Melalo, un hombre oscuro y envidioso cuyo único fin era ser el rey de los gitanos.
Vadim se dirigió a donde estaban los vehículos estacionados.
―Hola, muchachos, ¿cómo va este arreglo?
―Bien, ya estamos terminando, lo entregaremos esta tarde.
―Ya. Yo tengo que ir a ver la compra de un auto, ¿quién va?
―Papi, ¿puedo ir contigo? ―le preguntó Branko que llegó corriendo a su lado.
―Bueno, invita a tu primo Lazlo. Mirko, ¿me acompañas?
―Claro que sí, no vas a poder solo con estos dos demonios ―dijo en broma―. Y uno de ellos es mío.
Vadim sonrió. Lazlo y Branko siempre los acompañaban y eran muy bien portados, cosa que enorgullecía a sus padres.
Cuando cumplió once, ya eran capaces de conducir los automóviles cortas distancias dentro del campamento; hacían pulseras de cobre; Branko tocaba guitarra y cantaba, Lazlo lo acompañaba con el pandero. Hacían un buen dúo. Ambos serían buenos partidos para las chicas gitanas, aunque él no cometería el error de sus padres, de comprometerlos con alguien antes de tiempo.
A medida que crecía, Perla se apegaba más a su madre, a quien le confiaba todos sus secretos y sentimientos.
―Mamá ―le dijo un día, cuando apenas había cumplido los siete años―, quiero que mi cama esté en el suelo y quiero una carpa, como si estuviera viviendo en un campamento.
―Acabas de llegar de un campamento, hija.
―Sí, por lo mismo, me gustó mucho dormir así, quiero estar de campamento siempre.
―No se puede estar de campamento siempre, son paseos que se hacen una o dos veces al año, no son para vivir así.
―¡Yo quiero vivir como en un campamento! ―protestó casi a punto de llorar.
―¿Qué pasa aquí? ¿Por qué tanto grito? ―interrogó el padre que había escuchado la discusión.
―Papi, quiero vivir en el campamento. ―Mario, Spiro, se quedó boquiabierto y pálido al escuchar esas palabras y miró a su mujer en busca de una explicación―. Ahora que fuimos de paseo, me encantó vivir así, quiero vivir así aquí.
―No entiendo, hija, ¿qué quieres?
La niña suspiró con molestia.
―Quiero que mi cama esté en el suelo y quiero una carpa alrededor, así como en un campamento.
―Pero, hija, una cama en el suelo, ¿no te gusta la bonita cama que tienes? Podemos ponerle un dosel.
―¿Un dosel? ¿Qué es eso?
―Un velo alrededor, como los de las princesas de los cuentos.
―¡Yo no quiero ser una princesa de cuento! Quiero ser campamentista.
―¿Qué quieres ser? ―le preguntó el padre aguantando una sonrisa.
―Una persona que vive en un campamento.
―Ya, vamos a ver, ¿qué necesitas para tu “campamento”?
―Necesito una alfombra para que mi colchón vaya ahí, o sea, mi cama tiene que irse, una carpa de colores, muy bonita y brillante, los muebles se pueden quedar ―respondió con firmeza.
―¿Tú qué dices? ―le consultó a su esposa, esta se encogió de hombros―. Bueno, veré que puedo hacer, ¿está bien? No te prometo nada ―se dirigió a la niña.
―Sí, papi.
Aquella noche, el matrimonio se quedó en silencio durante mucho rato.
―¿Qué piensas de lo que quiere la niña? ―inquirió al fin el hombre.
―No sé qué pensar. Ella le llama “campamento”, pero creo que tú y yo sabemos lo que en realidad es, no es un campamento de verano, ella está buscando sus raíces.
Spiro se quedó callado.
―Ella tiene alma gitana ―agregó la mujer.
―Eso no puede ser. Le diré que no podemos hacer nada para darle en el gusto.
―Hazlo, pero no esperes que ella te haga caso, es terca y obstinada como tú.
―Ella no sabe nada de sus orígenes, no puede sentirse como una gitana, porque no lo es.
―Lo es, aunque no quieras aceptarlo.
El hombre guardó silencio. Él había querido olvidarse de su pueblo, sin embargo, su hija, era una chai con todas sus letras.
Perla no obtuvo su campamento ni ese ni los años siguientes, pero a los catorce años, ella misma acondicionó su dormitorio. Había juntado su dinero de las colaciones para comprarse un hermoso género de colores, desechó su cama y se hizo de una mullida alfombra. Aprendió a coser y se hacía su propia ropa, largos vestidos y faldas de colores. Además, por alguna razón que ella no entendía, podía ver en las cartas y las manos las cosas que pasarían, así que les leía la suerte a sus compañeros, sobre todo, para saber quién sería el próximo novio o novia, a esa edad, todos sus compañeros estaban muy interesados en esas cosas. Su madre, al enterarse, no le dijo nada, pero Perla se dio cuenta de que no le había gustado nada, así que nunca más lo mencionó, mucho menos a su papá, suficiente con que se molestara con ella por su dormitorio y sus ropas.
Cada vez que Mario la observaba, podía ver a la gitana que había en su hija. Lo único que esperaba era que jamás se enterase de que su nombre no era Mario, ni el de su madre Diana, sino que eran Spiro y Dinka, gitanos que habían vivido a unos metros de su casa y cuya verdadera familia se encontraba muy cerca de allí, una familia que jamás debía conocer, si Vadim se enteraba de que ella era su hija…
Perla, por su parte, crecía como una chica diferente, algunos solo la buscaban para que les viera la suerte, otros le hacían burla y la molestaban con que era la gitana del colegio, que se estaba disfrazando de chilena, incluso muchos ni siquiera la querían cerca, es más, para la fiesta de graduación de cuarto medio, se burlaron de ella, de que no podría asistir, porque no tenía un traje de gala e iba a hacer el ridículo. A ella no le importaba, no quería ser como ninguno de ellos, mucho menos asistir a sus tontas fiestas.
Vadim se acercó a su hijo, que hacía unas pailas de cobre.
―Hijo, ¿puedo hablar contigo?
―Claro, dadá[1], dime.
―Hijo, el rey de Mejillones te está invitando, bueno los está invitando a ti y a Lazlo a su campamento.
―Ah, no, papá, ¿otra vez vas a volver a eso? Yo no quiero ir a vitrinear.
―Pero, hijo, el tiempo pasa y tú no has encontrado a una mujer que te guste.
―No, papá, no la he encontrado, cuando la encuentre te aviso.
―Hijo, tú eres mi heredero, debes casarte.
―Lo haré, dadá, cuando encuentre a la mujer de mi vida.
―¿Y cuándo será eso?
―Ya aparecerá.
―No quiero que se te siga pasando el tiempo.
―Escucha, dadá, si de aquí a fin de año no encuentro a nadie, te dejo que me elijas novia tú, a tu gusto. Quizá yo no sé escoger.
―No me gustaría llegar a eso.
―Yo te estoy diciendo que lo hagas.
―Está bien. Pero si no sales del campamento, dudo que encuentres a una mujer.
―La encontraré, yo sé que la encontraré, me lo dice mi corazón gitano ―respondió con confianza, golpeándose el pecho con su puño.
―Bueno, hijo, espero que tú corazón gitano no se equivoque esta vez.
―El corazón gitano nunca se equivoca, dadá, eso deberías saberlo mejor que yo.
[1] Dadá: Papá