Al terminar la cerveza, entré en calor y salimos al patio trasero, él se puso un suéter y yo hice lo mismo, ya que parecía que se largaría a llover en un rato. Caminamos en la oscuridad de la noche hasta llegar al establo. Había varios caballos enormes y bellísimos, el tan solo estar ahí parada mirándolos me hizo sentir más feliz de lo que imaginé. - ¿Cuál quieres? – preguntó tomando una silla de montar. Sonreí sin proponérmelo. - Me gusta este – acaricié al de color marrón calor y crin rubia. Era bellísimo. - Es tuyo entonces – dijo mientras le ponía la silla al caballo. Abrí los ojos como platos. - ¿Mío? - Sí, es un regalo – aseguró la silla y sacó al caballo del establo lentamente para no asustarlo. - No puedes regalarme un caballo – mascul

