Cuando desperté la mañana del domingo comencé a ponerme muy nerviosa por ayudar a Nathan con la mudanza, no habíamos hablado desde que dejé su casa el viernes por la mañana y debo admitir que no había dejado de pensar en él desde entonces. A las diez en punto de la mañana él me estaba esperando fuera de mi casa en su coche. Algo temblorosa caminé hasta el carro y abrí la puerta intentando que no se me notara lo extraña que me sentía en aquel instante. - Hola – sonreí. Él tenía ambas manos en el volante. Me dedicó una sonrisa relajada. - Buen día Madie – besó mi mejilla casualmente, lo que logró hacerme sonrojar. – ¿Lista para ayudarme con la mudanza? - No me habría levantado un domingo tan temprano si no lo estuviera. Logré que sonriera y arrancó el coche. Me dediqué a mirarlo

