Llegué al piso de mi padre, con quien trabajaría ahora. Caminé con decisión hasta la puerta de su oficina, cuando una voz, chillona y molesta, me detuvo. - ¿Tienes cita? - Alelí – la miré con todo el odio que tenía acumulado, con veneno desprendiéndose de mis ojos. – Es mi padre, no necesito una cita para hablarle. - Es tu jefe – corrigió. - Sí, pero primero es mi padre, así que cállate – me crucé de brazos. Las puertas se abrieron. - Madie, sé más amable con Alelí – mi padre me miró molesto. - Ella empezó. - Como sea, ¿Dónde estabas? - Buscando mi nuevo puesto, del cual nadie me avisó. Tienes un centenar de personas a tu mando, y no le dices ni a uno solo que me avise de las cosas… ¿Qué soy? - Una empleada más. El elevador se detu

