V E I N T E

1039 Palabras
Perfecto, seguimos manteniendo tu estilo: directo, sin adornos innecesarios, más humano. --- Capítulo 20 Narra Carolina Despierto tarde. No porque haya dormido bien… sino porque mi cuerpo no quiere levantarse. Abro los ojos y me quedo mirando el techo. No pienso en nada al principio. Solo respiro. Pero dura poco. La imagen vuelve. El callejón. La sangre. El cuerpo. Cierro los ojos otra vez. —No… —murmuro. —Buenos días —dice la voz. Aprieto la mandíbula. —Vete. —No. Me giro en la cama y me cubro la cara con la almohada. —Fue real, ¿verdad? —pregunto. Silencio. —Sí. Esa respuesta me hunde. Me quedo quieta unos segundos. Luego me siento despacio. Me duele todo el cuerpo, como si hubiera corrido kilómetros… o peleado. Miro mis manos. Limpias. Pero no se sienten limpias. Me levanto y voy al baño. Me miro en el espejo. Sigo siendo yo. Pero no del todo. —Deberías comer —dice la voz—. Vas a necesitar energía. —No tengo hambre. —No es opcional. Ignoro eso. Salgo del cuarto y bajo las escaleras. Cada paso se siente pesado. No quiero verlos. No quiero hablar. Pero están ahí. Carlos en la mesa. Max apoyado en la cocina, con el celular en la mano. La televisión está encendida. Y justo cuando entro… escucho: —“Anoche fue hallado el cuerpo de un hombre en un callejón del sector norte…” Me quedo congelada. —“…presentaba múltiples heridas… las autoridades no descartan un ajuste de cuentas…” Max sube el volumen. Yo no respiro. —“…vecinos reportaron ruidos, pero nadie vio al agresor…” Apago la tele de golpe. El silencio cae. Los dos me miran. —¿Qué haces? —dice Max. —Nada —respondo rápido. Demasiado rápido. Carlos me observa fijo. —Déjala —dice. Max no está convencido. —Estaban hablando de un asesinato. —¿Y? —¿Y? —se acerca un poco—. ¿No te parece raro que te pongas así? —No. —A mí sí. Lo miro. Sostengo su mirada. No puedo fallar ahora. —Estoy cansada, Max —digo—. No todo gira alrededor de ti ni de lo que crees. Silencio. Él duda. Eso es bueno. Carlos interviene: —Siéntate a comer. —No tengo hambre. —Carolina… —Que no tengo hambre. La voz dentro de mí suspira. —Te estás debilitando. —Cállate. Max frunce el ceño otra vez. —Otra vez estás hablando sola. —Déjame en paz. —No puedo. —Pues aprende. El ambiente se tensa. Carlos se levanta despacio. —Esto no va a seguir así —dice—. Algo está pasando contigo. Lo miro. Y por un segundo… pienso en decirlo. Todo. La voz. La noche. La sangre. Pero no puedo. Si lo digo… todo cambia. —No pasa nada —respondo. Mentira. Carlos no me cree. Max tampoco. Y eso se nota. —Ayer… —empieza Max—. Lo que hiciste en la universidad… —Ya pasó. —No, no pasó —dice—. Eso no eras tú. —Sí era yo. —No. —¿Entonces quién? Silencio. Max no responde. Pero lo piensa. Y eso es peor. La voz se mueve otra vez. —Díselo. —No. —Tarde o temprano lo sabrá. Aprieto los dientes. —No es asunto tuyo —le digo a Max. —Eres mi hermana. —Eso no significa nada. La frase sale más dura de lo que esperaba. Y lo veo. Le duele. Carlos también reacciona. —Carolina… —Déjenme tranquila. Me doy la vuelta y salgo de la cocina. No espero respuesta. Subo las escaleras rápido. Entro a mi cuarto y cierro la puerta. Otra vez. Siempre igual. Me dejo caer en la cama. El silencio vuelve. Pero no es tranquilo. Nunca lo es. —Estás empeorando —dice la voz. —No. —Sí. —Solo… necesito tiempo. —No tienes tiempo. Eso me molesta. —¿Por qué? Silencio. Luego: —Porque ahora ya dejaste rastro. Mi estómago se aprieta. —¿Qué significa eso? —Significa que alguien va a buscarte. Me incorporo. —¿Quién? —Gente que entiende esto mejor que tú. El aire se vuelve pesado. —¿Más como tú? —Peor. Me quedo quieta. —No quiero esto —digo. —Pero ya lo tienes. —No lo pedí. —No importa. Silencio. Miro el techo otra vez. Todo se siente… fuera de control. —¿Y si me entrego? —pregunto. La risa es inmediata. —¿A quién? ¿A la policía? No respondo. —No entienden lo que soy —dice—. Y tú tampoco. —Entonces explícame. —No. —¿Por qué? —Porque aún no estás lista. Aprieto los puños. —Estoy cansada de eso. —Pues acostúmbrate. Cierro los ojos. Respiro. Intento pensar. Pero todo vuelve al mismo punto. La noticia. El cuerpo. Yo. —¿Cuántas veces ha pasado? —pregunto. Silencio. —¿Cuántas? —Más de las que crees. Eso me rompe. Abro los ojos de golpe. —¿Qué? —Has olvidado cosas. —No… —Sí. Mi respiración se acelera. —No… eso no es cierto… —Tu mente se protege. —¡Cállate! Me levanto de golpe. Empiezo a caminar por el cuarto. —No puede ser… —Puede. —No recuerdo… —Exacto. Me detengo. El mundo se siente inestable. —¿Qué soy? —susurro. Silencio. Luego, lento: —Aún no decides. Eso no me tranquiliza. Para nada. Un golpe en la puerta me saca de mis pensamientos. —Carolina —es Carlos—. Tenemos que hablar. Cierro los ojos. No quiero. Pero tampoco puedo evitarlo para siempre. —Después —respondo. —No. Ahora. Miro la puerta. Luego mis manos. Luego el vacío. —Esto va a empeorar —dice la voz. —Lo sé. Camino hacia la puerta. Pongo la mano en la perilla. Dudo. Y en ese momento entiendo algo. Esto ya no es solo mío. Ya no puedo ocultarlo mucho más. Respiro hondo. Y abro. Porque aunque no quiera… esto recién está empezando.
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