Capitulo 8

1766 Palabras
Sarah, estaba ansiosa por ver a Tobías, llevaban días sin poder verse y anhelaba un abrazo de su parte. Los últimos días habían sido difíciles, los dolores corporales se tornaron más intensos y su movilidad se vió limitada. Se sentía cansada, tanto física como psicológicamente, a veces, deseaba cerrar los ojos y no despertar jamás, por eso necesitaba a Tobías, por que él la impulsaba a continuar luchando. Con cuidado se sentó en la cama cuando su madre ingresó en su dormitorio, anunciando la llegada de Tobías. Míriam, al ver el brillo en los ojos de su hija esbozó una pequeña sonrisa. Sarah, le pidió que le ayudara a arreglarse un poco, por lo que la mujer le cepillo gentilmente el cabello y lo trenzó, tal cual a la pelirroja le gustaba. —¿Cómo me veo, mamá? —Preguntó mientras se observaba en un espejo de manos. —Luces preciosa, mi amor. —La mujer depositó un beso en la frente de la joven y posteriormente abandonó la habitación, permitiéndole el paso a Tobías, que pacientemente esperaba afuera. Tobías, ingresó en la habitación y de inmediato fijó su mirada en Sarah, quién le dedicó una radiante sonrisa. En ese momento, Tobías se derritió. ¡Dios, la amaba, la amaba tanto! El solo pensar en que debía darle malas noticias y arruinar esa hermosa sonrisa, le hacía sentir una mierda de persona. —¡Tenía muchas ganas de verte, mi amor! —Exclamó Sarah, con alegría. —También yo, quería venir hace días, pero el trabajo me está consumiendo, sin mencionar que mi madre está a punto de llevarme a un colapso emocional. —Se acercó a ella y besó delicadamente sus labios, para luego sentarse a su lado en la cama. —¿De nuevo has discutido con tu madre? —Su expresión relajada cambió a una preocupada. —¿Aún se opone a lo nuestro? —Si, ella encontró a una mujer con la cual desea que me case... No quiero hacerlo, yo te amo a ti Sarah, pero ella me amenazó con desheredarme y quitarme el apellido, cerrar todas las puertas para mi. —Agachó la cabeza, sintiéndose miserable. —De seguro no habla en serio, mi amor. —Tomó las grandes manos de Tobías entre las suyas. —Habla muy en serio, me casaré con ella... —Apretó los ojos con fuerza, no quería ver la expresión de desilusión en el rostro de su amada. Sarah, no podía creer lo que había escuchado, su rostro había palidecido aún más y había intentado inútilmente ponerse de pie, cayendo sentada en la cama nuevamente haciendo que su camisón gris volara momentáneamente alrededor de ella antes de sentarse. Su rostro reflejaba dolor y desilusión, no podía creer que tal cosa estuviera pasando. —¿Casarte? —Preguntó con voz incrédula, mirando a Tobías, quién se acercó hasta arrodillarse frente a ella y tomar sus manos. —Sarah, no dudes que te amo, esto no es algo que yo quiera hacer, pero mi madre me ha obligado con todo lo que tiene, me ha amenazado con quitarme todo por lo que he trabajado tan duro hasta ahora. Si no obedezco, hará de nuestra vida un maldito infierno y no estoy dispuesto a arrastrarte a ti conmigo. —¡Pero si la empresa es exitosa por ti! —exclamó ella, sin entender. —No me parece justo. —¡Lo sé! Ella también lo sabe, pero nuestra clase solo se interesa en el apellido, yo puedo ser todo lo bueno que quiera, pero lo que sobresale es el apellido que me respalda y ella me lo quitará si no hago lo que ella quiere. —Sarah, bajó la mirada a sus manos, sintiéndose confundida y asustada. No quería perder a Tobías, ellos se amaban y nada de eso era justo. Tobías, era su primer amor, ella lo había visto una sola vez cuando tuvo once y quedó completamente enamorada de él, era un niño tan hermoso y carismático que había dejado una impresión fuerte en ella y jamás pensó que él la miraría del mismo modo. Pero lo hizo y ella no pudo estar más feliz, Tobías, no tenía reparos en declararle su amor y, aunque no habían pasado mucho tiempo solos, ella sabía que eran el uno para el otro, que se casarían y vivirían felices por siempre. Pero Angeline, nunca estuvo de acuerdo y se lo hizo saber a la pelirroja con la mayor elegancia y discreción, una simple mirada de los ojos verdes de la mujer le habían dicho todo lo que necesitaba saber y sabía que Tobías había estado peleando con su madre por esto. Pero ella había ganado. Tobías se casaría con alguien más y la dejaría. —Entonces... ¿se terminó? —Preguntó en un susurro tembloroso y Tobías se espantó ante la sola idea de cortar con la relación que ellos tenían. —¡Por supuesto que no! No me importa si me caso o no con esa chica, pero yo te amo a ti, Sarah y no renunciaré a ti por nada del mundo —le dijo con vehemencia. —¿Qué haremos, entonces? —Quiso saber, por que la desesperación caía sobre ella como un oscuro velo. —Tendremos que vernos en secreto por un tiempo —dijo él con seriedad, mirándola a los ojos. —Yo conseguiré que mi futura nueva esposa me dé el divorcio en tiempo récord y entonces mi madre no podrá decir que yo lo terminé. Tendrá que dejarme en paz. —¿Y si no lo hace? —Existía esa alternativa y no podía pasarla por alto. —Lo hará, te lo prometo —dijo oscuramente y Sarah asintió, apoyando su frente en la de él y respirando profundamente. Ambos se quedaron así hasta que Miriam llegó, con las medicinas de la pelirroja. Tobías se quedó hasta que acomodaron a Sarah en su cama y luego bajó con su suegra hasta la cocina para tomar un té. —Raúl me ha dicho lo que tu madre ha decidido —comentó la mujer en voz baja. Su rostro sombrío reflejaba cansancio y se veía mucho más mayor de lo que era. —No tienes de qué preocuparte, Miriam, no dejaré que nada me separe de Sarah y tal vez tengamos que esperar por un tiempo más antes de casarnos, pero tu hija será mi esposa algún día, eso te lo puedo asegurar. —Dijo con firmeza, mirando a la mujer fijamente a los ojos. —¿Sabes con quién te casarás? —Tobías hizo un gesto de desprecio ante la pregunta, de solo pensar en aquella mocosa se le crispaban los nervios. —Con la única hija de los Sepúlveda -la mujer parpadeó asombrada. —¿Te refieres a Rayen Sepúlveda? —Tobías asintió con la cabeza para luego beber un poco de té. —¿Usted la conoce? —Ella asintió. —Es una jovencita admirable, hermosa y muy inteligente, pero es demasiado joven, hace menos de un mes terminó el colegio. —Dijo algo perpleja. —No sé por qué mi madre quiere que me case con esa niña, pero este matrimonio no durará, me aseguraré de ello. —Miriam solo bebió de su taza en silencio. No podía imaginar que orilló a esa pobre chica a contraer matrimonio con un hombre que no conocía. ••• —No puedo hacer esto, mamá —murmuró Rayen, en ese momento solo deseaba huir, salir corriendo y olvidarlo todo. Deseaba ser libre, enamorarse y vivir como cualquier jovencita de su edad. —Si, puedes hacerlo, solo es cuestión de voluntad -dijo la mujer con tranquilidad mientras un sirviente los dirigía hacia el salón principal. —Madre, lo juro, no puedo hacerlo —susurró desesperadamente, intentando que el terror no se mostrara en su rostro. La sirvienta los guió dentro del salón y Rayen se tensó, mirando hacia el frente fijamente. Tratando de mantener la compostura. —¡Bienvenidas! —Sonrió Angeline, su hermosa figura envuelta en un caro vestido verde oscuro, su cuello estaba adornado con un sencillo collar de perlas y su cabello n***o estaba atado hacia un lado. James Stornent se encontraba a su derecha, su cabello n***o estaba peinado elegantemente hacia atrás y las gafas cuadradas ocultaban ligeramente sus ojos color avellana, su postura era relajada y abierta. James Stornent era esa clase de persona que te daba confianza y raramente se enojaba, Edmundo y él habían sido buenos amigos antes de su fallecimiento. A la izquierda se encontraba Tobías. Rayen se estremeció cuando los fuertes ojos esmeraldas se clavaron en ella, con tal fuego, que Rayen retrocede un par de pasos; él era un hombre guapo, eso no podía negarlo, su belleza era masculina, su cabello n***o estaba desordenado pero parecía hecho completamente a propósito, su ropa era de la mejor calidad y mostraba su buen gusto, además que dejaba notar lo fibroso de su cuerpo. Pero Rayen no sentía nada al verlo, lo único que provocaba en ella era desconfianza. La rubia miraba a su futuro esposo y era incapaz de sentir emoción alguna, le resultaba tan indiferente y eso solo le hacía pensar que no deseaba casarse con él. —Sofía, es un gusto volver a verte —saludó James, con un inclinamiento de cabeza y una gran sonrisa plasmada en su rostro. —Digo lo mismo, James, Angeline. Déjenme presentarles a mi única hija, Rayen —la rubia esbozó una sonrisa forzada. —Es un placer conocerte, Rayen. —El matrimonio Stornent avanzó hasta estar frente a frente y Tobías, siguió los pasos de sus padres y apenas pudo ocultar su gesto de desprecio, Rayen era una niña, se podía ver en su cara ¿cómo demonios iba a poder casarse con ella? —Es un placer conocerte... Rayen —dijo el moreno, siguiendo la tradición y tomando la delicada mano de la rubia para depositar un beso en ella. Rayen frunció el ceño, el gesto le molestó, por que la expresión iracunda de Tobías delataba su desagrado. Todo era tan falso que la asqueaba. Rayen sacó su mano antes de que la tocaran sus labios y disimuló con una sonrisa, asintiendo con la cabeza. —Lo mismo digo, Tobías —el moreno la miró con desdén, una sonrisa fría en su rostro y a Rayen la recorrió un escalofrío, presentía que su madre estaba muy equivocada cuando pensó que su esposo podría amarla algún día. Definitivamente, nada sería fácil entre ellos. Se estaba adentrando en un camino hostil y oscuro, un camino sin retorno...
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