—¿Crees que por haber crecido correteando por el jardín de mi casa tienes algún derecho sobre mis decisiones? —sentenció él con desprecio.
—Por supuesto que no. No creo nada —ella respondió con desdén—. Pero no le voy a permitir que asegure que mi abuela le tiene lastima. Honestamente no comprendo ese cariño que dice tenerle a un hombre que piensa así.
John golpeó con su puño cerrado fuertemente la mesa haciendo que ella se sobresaltara.
—No te voy a permitir que vengas a tratarme de esa manera. Vete o llamo a seguridad. —Harper sonrió con arrogancia.
—Aquí el único que está pasando esa línea de respeto es usted. Señor usted no me conoce, tiene razón, de niña fui a su casa, pero ya no soy esa niña. Adicional, ni siquiera nos hemos visto en los últimos años como para que venga a juzgarme solo porque mi abuela trabaja para usted. Las personas cambiamos, y un claro ejemplo de eso es usted.
Ella se aproximó a la mesa, John escuchó sus pasos, sintió el aroma de su perfume.
—Estoy aquí para trabajar, pero no solo por eso. Su abuela y mi abuela me pidieron ese favor… porque si no fuera así, ni en mil años aceptaría estar con un hombre que ni siquiera se da la oportunidad de conocerme, antes de juzgarme.
John apretó sus manos, siempre tan reacio a los cambios, siempre tan a la defensiva.
—Tienes razón, esto lo haré por ellas. Pero si algo no me gusta, te vas… una semana, solo eso.
John extendió el brazo con una precisión hacia el pesado maletín de cuero que descansaba en la esquina del escritorio. Lo empujó hacia ella con brusquedad.
—Ahí están los contratos de la licitación de los muelles. Son seiscientas páginas de términos legales y financieros. Quiero un resumen ejecutivo de las cláusulas de riesgo antes de que el sol se ponga. Y ni se te ocurra usar un software para ayudarte; quiero que lo analices tú. Luego lo leerás para mí… Todo lo harás en silencio, no me gusta escuchar ruidos externos, extraños. No me gusta que las reglas en mi empresa cambien.
Harper apretó los dientes. Él no quería una asistente, quería una esclava que se rindiera por agotamiento. Se acercó para tomar el maletín, pero John, en un arranque de impaciencia al no escucharla moverse rápido, trató de acercárselo más.
En el movimiento, el cierre del maletín que parecía estar forzado cedió de golpe. El estruendo fue inmediato algunas carpetas volando, bolígrafos rodando y lo peor, un pesado pisapapeles de cristal tallado que John guardaba en el borde se precipitó al suelo, estallando en mil pedazos cerca de sus pies.
—¡Maldita sea! —rugió John, poniéndose en pie de un salto. El ruido lo desorientó por un milisegundo, y en su instinto de recuperar el control, se agachó bruscamente hacia el origen del sonido.
—¡Señor no se mueva! —gritó Harper, lanzándose también al suelo para evitar que él tocara los fragmentos.
Pero antes de que ella pudiera llegar al suelo, la mano de John impactó contra la alfombra justo donde un trozo de cristal afilado lo esperaba. Él soltó un siseo de dolor, retirando la mano con fuerza. Una gota de sangre roja y brillante comenzó a manchar la lujosa alfombra gris.
—¡Eres una incompetente! —le espetó él, con el rostro contraído por la furia, aunque su mano temblaba levemente—. ¡Te dije que no quería ruidos! ¡Lo has hecho a propósito! Has provocado este desorden para obligarme a... ¡esto! —Harper lo observó.
Su corazón latió rapidamente, de cierto modo sentía culpa, él estaba herido… él no podía ver y lo mínimo era poder ayudarlo.
—¡Yo no he provocado nada! El maletín estaba mal cerrado —replicó Harper, ignorando sus insultos mientras le arrebataba la mano herida con una firmeza que lo dejó mudo por un segundo.
El contacto fue eléctrico. La palma de John estaba fría, pero la sangre que emanaba del corte estaba caliente. Harper usó su propio pañuelo para presionar la herida. Podía sentir el pulso de John golpeando bajo su piel.
—Suéltame, Turner —susurró él, aunque no retiró la mano.
Su rostro estaba a centímetros del de ella, y por un instante, Harper juró que esos ojos azules, aunque ciegos, estaban tratando de ver directamente dentro de su alma.
—No hasta que deje de sangrar, me dio una semana, solo estoy haciendo mi trabajo —respondió ella en el mismo tono bajo—. Puede culparme todo lo que quiera, señor Wright, pero no voy a dejar que se desangre solo por su estúpido orgullo.
John apretó la mandíbula, y su respiración mezclada con la de ella al mismo tiempo hizo que el aire se volviera irrespirable.
—Fuera —espetó él—. Una semana y quiero esto ya.
Él se puso de pie aún sintiendo la presencia de ella ahí.
—¿No me escuchas? ¡Fuera de mi oficina!
Harper tragó saliva y recogió con rapidez los trozos de vidrio para salir de ahí.
Cuando él escuchó que la puerta se cerró, apretó sus manos y golpeó con fuerza la mesa de nuevo.
—Eres un inutil John… debiste haber muerto en ese accidente —se dijo una y otra vez mientras apretaba su mandíbula—. ¿De qué sirve vivir si debo vivir así?
Su cuerpo temblaba, de rabia, de impotencia… de dolor. En un impulso, lanzó todo lo que estaba palpable a su alrededor.
Lanzó todo y bajó su cabeza mientras apretaba sus ojos reclamándoles.