Conociendolo
El edificio de la corporación Wright era enorme, el más grande de la ciudad, pero para Harper se sentía como una jaula de oro.
Un acuerdo con la mujer que ayudó a su familia en los momentos más difíciles hizo que ella, al menos por un tiempo, aceptara ese trabajo.
Harper caminaba por el pasillo de la planta presidencial con una carta apretada en su mano, el papel un poco arrugado por su propio sudor.
"Él te necesita, Harper Aunque su orgullo le impida admitirlo, está solo, no confía en nadie. Y si no tiene alguien de confianza allí, junto con él seguramente todo se vaya a la basura. Hazlo por mí",
Le había dicho su abuela, la única persona que John Wright parecía respetar en todo el mundo.
Al llegar a las puertas dobles, Harper no llamó.
Entró en silencio tal y como se lo habían indicado…
La oficina estaba en penumbra, con las persianas automatizadas bloqueando la mayor parte de la luz del sol. En medio de la oscuridad, John estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta.
Su silueta era imponente, hombros anchos, una postura rígida y una mano apoyada en un bastón de fibra de carbono que sostenía con una fuerza innecesaria.
—Lárgate —soltó él, sin siquiera girarse. Su oído era tan agudo que había detectado el roce de la ropa de Harper a medida que daba unos cuantos pasos—. No necesito otra asistente que venga a mirarme con lástima o a intentar seducirme para quedarse con una parte de mi fortuna. Ya conozco ese truco.
Harper tragó saliva, aunque no sabía muy bien la historia, era obvio que él estaba generalizando por culpa de una mujer que se había burlado de él.
—No vengo a seducirlo, señor Wright. Y la lástima es un sentimiento demasiado caro para desperdiciarlo en alguie… —respondió ella, dando un paso firme hacia el escritorio—. Lo siento, pero no puede despedirme sin siquiera conocerme.
John se tensó. Esa voz no era la de una empleada sumisa de la agencia.
Se giró lentamente. Sus ojos azules, aunque carentes de visión, se clavaron con una intensidad aterradora en la dirección de Harper.
Y tontamente, ella sintió como ese par de ojos irónicamente la escaneaba.
—Esa voz... —John frunció el ceño, su mandíbula marcada por la tensión—. En algún lado la he escuchado.
—Lo siento, olvidé presentarme. Harper Turner.
—¿Turner?... —él soltó un bufido—. ¿Tienes algo que ver con la florista de mi casa?
—Sí, soy nieta de la mujer que lo cuidó desde que era pequeño. Honestamente no creo que sea solo una florista —ella espetó con ironía.
—¡Esto debe ser obra de mi abuela! ¿Qué haces aquí? ¿Qué artimaña planeó mi abuela esta vez?
—Su abuela sabe que ha despedido a cinco asistentes en dos meses. Ella está preocupada, y yo... yo solo cumplo mi palabra con ella y necesito trabajo. Voy a ser su asistente.
Él soltó una carcajada amarga y dio tres pasos rápidos, acortando la distancia con una precisión que delataba cuánto había memorizado ese espacio.
Se detuvo justo frente a ella, tan cerca que Harper podía oler su perfume.
—¿Crees que por que Sarah ha estado en mi casa desde que era un niño, tienes el privilegio de venir a autocontratarte como mi asistente? —Su voz bajó a un susurro peligroso, mientras se inclinaba hacia su oído—. No me interesa, puedes irte por donde viniste.
—Es una orden de su abuela, y un favor especial de mi abuela. Por eso estoy aquí. Y así se moleste, no pienso irme.
Harper sintió un escalofrío recorrerle la columna cuando los dedos de John rozaron su cabello.
John soltó el mechón con un gesto brusco, como si el contacto le quemara, y regresó a su posición de poder tras el escritorio.
Sus ojos, aunque fijos en la nada, parecían taladrarla.
La traición de su ex prometida había dejado cicatrices invisibles, pero mucho más profundas que las del accidente. Para él, cualquier mujer con voz dulce era una potencial mentirosa… una potencial amenaza.
—Aquí nadie viene a retarme Harper. Me importa muy poco las órdenes de mi abuela, o la lástima que me tiene tu abuela. Aquí no vas a trabajar… y de eso me encargo yo.