A contados minutos de haber abandonado su auto no tarda en recorrer un estrecho y maloliente pasillo que más parece una repugnante ratonera. La oscuridad que lo inunda y que se conjuga con la humedad que desprenden sus desaliñadas paredes, contrasta con la sala principal del recinto. Nadie diría que las instalaciones de aquella moderna penitenciaría —la cual resalta con pulcritud en comparación con las demás edificaciones del centro— pertenecen a ese pueblo de mierda. Jules camina siguiéndole el paso a un guardia, intentando a su vez adaptarse a la insuficiente luz que se ha olvidado de ocupar aquel espacio. Sus pasos son precavidos y sus ojos demuestran lo asqueado que está. Le abomina el hecho de hacer acto de presencia para dejar unas cuantas cosas claras sobre la mesa y deleitarse

