AGNES Despierto de golpe, agitada, sudada y con el cuerpo agotado por las intensas jornadas de ejercicios a las que he sido sometida durante este mes para mantener el cuerpo activo en medio del encierro. La carcelera se ha esforzado por dispersar mi mente, pero es inevitable que la sensaciones de odio y resentimiento corran por mis venas. He descubierto que no es tan mayor como pensaba, apenas tiene veintiún años y aunque sigue esforzándose por mantener conversaciones triviales conmigo, no me apetece nada de ella. Me cuesta mucho pronunciar el nombre de la enfermera-carcelera en voz alta o incluso en mi propia cabeza porque todo me recuerda a mi Nana. Me siento tan culpable de su trágico destino, porque ella, de entre las pocas personas que conozco, no merecía morir y mucho menos de es

