Pasamos horas charlando y riendo, como si el tiempo se hubiera detenido. Era increíble cómo Gabriel podía hacerme sentir tan cómoda y apoyada. No importaba lo que pasara en nuestras vidas, nuestra amistad siempre se mantenía sólida. Mientras el sol comenzaba a ponerse en el horizonte, seguimos disfrutando de nuestra tarde juntos. La amistad entre Gabriel y yo era un regalo invaluable, y cada día que pasaba, agradecía por tenerlo en mi vida. La tarde se desvanecía y la luna comenzaba a asomarse en el cielo. Gabriel y yo continuábamos en nuestra cafetería favorita, disfrutando de la brisa fresca que soplaba. Nuestra conversación seguía siendo animada, y de vez en cuando intercambiábamos miradas cómplices. —Sabes, Victoria, siempre he pensado que tienes una risa contagiosa. Cada vez que te

