EL PEOR DÍA DE MI VIDA!
Capitulo 1
Amelia
Lo primero que sentí fue un dolor de cabeza insoportable. Lo segundo, que la cama no era la mia. Y lo tercero... que más me aterraba. había una persona durmiendo a mi lado.Me incorpore de golpe. Ganando como recompensa una punzada de dolor en el cráneo.—Dios...—murmure llevándome una mano a la cabeza, mientras sostenía sobre mi pecho la sábana que cubría mi dignidad... O la poca dignidad que me quedaba.Durante unos segundos me quedé inmóvil,mirando el techo blanco que no conocía. La luz que se filtraba por las cortinas me obligó a entrecerrar los párpados mientras intentaba recordar como había llegado hasta allí.
Tenía la boca seca, la cabeza a punto de estallarme y una sensación extraña en el estómago, como si mi cuerpo supiera algo que mi memoria se empeñaba en ocultarme.Giré lentamente la cabeza hacia el desconocido.
Bueno, desconocido no era la palabra exacta. Su rostro me resultaba familiar, aunque mi cerebro todavía parecía funcionar a la velocidad de una tortuga con resaca.
Tenía el cabello n***o, ligeramente despeinado, y una mandíbula marcada que me habría resultado bastante atractiva si no fuera porque estaba ocupando una cama en la que yo no recordaba haberme metido.
La sábana le cubría la cintura. Su pecho desnudo subía y bajaba con tranquilidad, como si dormir junto a una mujer a la que apenas conocía fuera la cosa más normal del mundo.Miré a mi alrededor. Una habitación amplia, muebles elegantes, una botella de agua sobre la mesa de noche y unas cortinas.Un hotel, Estaba en un hotel. Con un hombre.
Y no tenía la más mínima idea de cómo había terminado allí.Me pasé las manos por el rostro y traté de ordenar los recuerdos de la noche anterior.Música,Luces, Melani riéndose de algo que yo había dicho. Un par de copas. Y una discusión con un hombre de ojos claros y una sonrisa insoportablemente arrogante.
Ojos claros... Aparte las manos de mi cara y volví a mirar al desconocido.
El hombre abrió los ojos justo cuando yo empezaba a reconocerlo.
Gris azulado, Perfecto.
El imbécil del club. —buenos días—murmuró, con la voz ronca por el sueño.—¿Qué hago aquí?— exclamé mirándolo con una mirada asesina.
Él parpadeó una vez. Después giró la cabeza hacia la mesa de noche para mirar el reloj.
—Son las ocho de la mañana. ¿Siempre empiezas el día gritando?.Me quedé mirándolo, incrédula.
—¿Eso es lo primero que tienes para decirme?.—¿Preferirías que te felicitara por tus habilidades para dormir?. Apreté los labios.
Que hombre tan desagradable. —Quiero saber cómo terminé en esta habitación y sobre todo como termine contigo—exclamé perdiendo los estribos.Él se incorporó, apoyó la espalda contra el cabecero y me observó con una tranquilidad que me dieron ganas de destruir. —Si no lo recuerdas, quizá deberías pensar un poco antes de beber como loca.— respondió con una estupida sonrisa
Abri la boca indignada. De todas las respuestas sin duda está no la esperaba.
—¿Perdón!?
—Me has oído.
—No me hables como si fuera estúpida—dije mirándole una mirada asesina.
—Entonces deja de comportarte como una.—exclamo dándome la espalda.
Abrí la boca, pero durante un instante no encontré palabras. No porque tuviera razón, sino porque jamás había conocido a alguien capaz de ser tan desagradable a primera hora de la mañana.
—Eres un imbécil.
—Y tú eres bastante maleducada para alguien que acaba de despertar en una cama ajena.
—¡No tengo ni idea de cómo llegué aquí!—explote al fin.
—Eso ya lo has repetido—dijo en tono frío.
—¡Porque no me estás respondiendo!
Él soltó un suspiro exagerado,Ni siquiera se molestó en buscar una camiseta antes de caminar hasta la mesa donde había dejado su reloj.
—Anoche saliste del club conmigo. Viniste aquí conmigo. No recuerdo que nadie te obligara a hacerlo.
Lo observé con atención, intentando encontrar alguna señal de que estuviera mintiendo.—¿Y eso es todo lo que tienes que decir?dije incrédula. —¿Esperabas una declaración de amor?
Solté una risa seca.
—Preferiría una explicación, pero veo que pedirte algo inteligente es demasiado.
Se colocó el reloj y me dedicó una sonrisa torcida. —Curioso. Anoche no parecías tener tantas quejas — respondió encogiéndose de hombros sin importancia.Sentí que me ardían las mejillas.No sabía si era vergüenza, rabia o las dos cosas mezcladas. —No te atrevas a hablarme de esa manera—lo amenace.—¿De qué manera? ¿Diciendo algo que no te gusta escuchar? —De esa manera tan arrogante, como si todas las mujeres que se cruzan contigo estuvieran desesperadas por llamar tu atención.
Él se rio por lo bajo.
—No todas. Solo algunas parecen tener dificultades para apartarse de mí.
Lo miré con absoluto desprecio. —Debes de estar muy enamorado de ti mismo. —Alguien tiene que estarlo.
Tuve que contener el impulso de lanzarle la almohada a la cabeza.
En serio, ¿quién se creía que era?Me aparté de él y busqué mi vestido. Lo encontré sobre una silla, junto con mis zapatos y mi bolso. Mientras me vestía, intenté ignorar su presencia, pero el silencio no duró demasiado.—Procura no olvidar nada—comentó.
Me giré lentamente.
—¿Siempre eres así de insoportable o hoy estás haciendo un esfuerzo especial?
—No recuerdo haberte pedido una evaluación de mi personalidad.
Apreté los dientes, No podía creerlo.
No podía creer que hubiera pasado la noche con alguien así. Lo peor era que, en algún momento de la noche anterior, aquel hombre me había parecido interesante. Había discutido con él porque su arrogancia me resultaba irritante y, aun así, había terminado acercándome otra vez.
¿Qué demonios me había pasado por la cabeza?
—Necesito irme —anuncié, recogiendo el bolso. —La puerta está justo ahí.
Lo miré una última vez.
—¿Sabes qué? Espero no volver a verte nunca. —Por mí, perfecto.Aquello me dolió en el orgullo más de lo que estaba dispuesta a admitir. No porque quisiera volver a verlo. Ni siquiera sabía si recordaría su rostro dentro de una semana.Lo que me molestaba era su actitud. Su absoluta indiferencia. La manera en que parecía disfrutar.
Caminé hasta la puerta y agarré el picaporte.—
Lo miré, furiosa.
—Vete al infierno.
—Después de ti.
Abrí la puerta de golpe.
—¡Eres insoportable!
—Y tú sigues aquí, hablando conmigo.
Solo cuando estuve en el pasillo me permití respirar.Qué hombre tan repugnante.Qué mañana de mierda. Y qué demonios había hecho yo la noche anterior.El ascensor tardó una eternidad en llegar a la planta baja.Durante el descenso, me observé en el espejo de la pared. Tenía el maquillaje corrido, el cabello hecho un desastre y una expresión que probablemente habría asustado a cualquier persona que se me cruzará.Me acomodé el pelo con los dedos.No sirvió de nada.
—Estupendo, Amelia —murmuré—. Simplemente estupendo.En la recepción pedí un vaso de agua y revisé el teléfono. Tenía varios mensajes de Melani, todos enviados durante la madrugada.
El primero decía que había sido una noche increíble.El segundo preguntaba si había llegado bien.El tercero contenía una sucesión de signos de interrogación.
El último era de hacía menos de una hora.Amelia, contéstame cuando despiertes. ¿Estás bien?
Sentí una punzada de culpa.
Melani era mi mejor amiga desde hacía años. Sabía que yo no era precisamente la persona más fácil de tratar cuando algo me molestaba, pero jamás había dejado de estar pendiente de mí.
Le escribí que estaba bien y que después hablaríamos.
No le conté que había despertado en un hotel junto a un hombre cuyo nombre desconocía y al que, en menos de diez minutos, había llegado a detestar con toda mi alma.
Necesitaba pensar antes de convertir aquello en una conversación interminable.
Pedí un automóvil y salí a la calle.
El aire fresco de la mañana me golpeó el rostro. Respiré profundamente mientras esperaba, agradecida de que la ciudad todavía no estuviera completamente despierta. A las ocho de la mañana, la gente tenía trabajos a los que llegar, desayunos que preparar y vidas que continuar.Yo solo quería volver a la mía.
Cuando el vehículo se detuvo frente a mí, comprobé la matrícula y subí al asiento trasero.—Buenos días —saludó el conductor amablemente.—no tiene nada de bueno.El hombre soltó una risa discreta, probablemente acostumbrado a pasajeros con resaca.Le indiqué la dirección de mi casa y apoyé la cabeza contra la ventanilla. Fue entonces cuando los recuerdos comenzaron a regresar.
La noche anterior había empezado como cualquier otra salida con Melani. Habíamos pasado buena parte de la semana encerradas entre obligaciones.Cuando me propuso salir, acepté porque necesitaba despejarme.
Además, no había ninguna razón para rechazar una noche de música, bebidas y diversión.
O eso había pensado.
El club estaba lleno. Las luces recorrían las paredes al ritmo de la música y el aire olía a perfume, alcohol y humo artificial. Melani se había empeñado en que nos sentáramos cerca de la barra, donde podía observar a todo el mundo y hacer comentarios sobre cualquiera que le llamara la atención.
—No entiendo cómo puedes mirar a alguien durante cinco minutos y decidir toda su personalidad —le dije llevándome el vaso a los labios.
—Tengo un don.
—Tienes demasiado tiempo libre.
—Y tú necesitas divertirte más.
—Estoy aquí, ¿no?
—Tu cuerpo está aquí. Tu cabeza probablemente está pensando en la lista de cosas que tienes que hacer mañana.
Le lancé una mirada.
—¿Puedes dejar de analizarme?—dije molesta mirándola con una mirada asesina.—Cuando dejes de darme motivos— respondió ignorando la mirada asesina con la que la miraba.Negué con la cabeza, sonriendo a pesar de mí misma, estaba acostumbrada a mí carácter de mierda. Melani tenía esa capacidad irritante de hacerme reír incluso cuando no tenía ganas.Después de un rato, me levanté para ir a la barra. Quería pedir otra bebida y dejar de escuchar sus comentarios sobre un hombre que, según ella, llevaba una camisa demasiado ajustada para ser considerado una persona seria.
Fue entonces cuando choqué con alguien.No fue un golpe fuerte, pero sí lo suficiente para que parte de mi bebida terminara sobre la camisa negra del desconocido.
—¿En serio? —preguntó una voz masculina.
Levanté la mirada.
Ojos claros,Cabello n***o, una expresión de absoluto fastidio.Y una arrogancia que parecía venir incluida con el resto de su persona.—Podrías mirar por dónde caminas —añadió.
Miré la mancha de su camisa y después volví a mirarlo.—Podrías apartarte cuando ves que alguien intenta pasar— exclamé molesta por el tono con el que me habló. Sus cejas se elevaron ligeramente.—¿Siempre respondes así cuando cometes un error?pregunto curioso.—¿Siempre sos así de grosero?
—Solo cuando alguien se empeña en darme motivos para serlo.
Solté una risa sin humor.
—Entonces deberias apártate cuando alguien intenta pasar así no pasan el mal gusto de desperdiciar su bebida en alguien como tú.—exclame furiosa y dolida por desperdiciar mi bebida en este tipo.Él me observó durante unos segundos. Sus ojos recorrieron mi rostro con una atención que me hizo sentir extrañamente consciente de mí misma.
me gusto o mejor dicho, no me gustó que me gustara.—¿Vas a disculparte, al menos? —preguntó, sin apartar la mirada de mí.—No tengo por qué disculparme. Fuiste tú el imbécil que se atravesó en mi camino y me hizo desperdiciar mi bebida. En todo caso, tú deberías disculparte —repliqué, sosteniéndole la mirada.Una sonrisa lenta apareció en sus labios.—Interesante.
—No recuerdo haberte preguntado.
Pasé a su lado antes de que pudiera responder, aunque alcancé a escuchar su risa a mis espaldas.
Lo detesté inmediatamente.
Volví con Melani y le conté lo sucedido.
—¿El de la camisa negra? —preguntó, girándose discretamente hacia la barra.
—No mires. Miró.Por supuesto que miró.
—Amelia, es guapísimo.
—Es insoportable — contradeci.
—No son características incompatibles.
—No pienso volver a hablarle.—dije sin más. Hastiada de hablar de ese imbecil.
Melani me dedicó una sonrisa que conocía demasiado bien.—Claro que no.
Le di un pequeño empujón con el hombro.—Te juro que voy a dejar de contarte cosas.—se que vas a seguir contándome todo porque me amas.— replicó con una sonrisa satisfecha.
Volvimos a beber, a reírnos y a bailar. La música parecía subir de volumen a medida que avanzaba la noche.Recuerdo haber bailado con un hombre cuya cara no consigo reconstruir. Recuerdo haberme reído de algo que dijo. Recuerdo haber vuelto a ver aquellos ojos claros entre la multitud.Y recuerdo haber decidido acercarme.Lo que vino después se volvía menos nítido cada vez que intentaba reconstruirlo.
No había una imagen clara de cómo salí del club, ni del trayecto hasta el hotel. Había fragmentos sueltos, conversaciones que no lograba ordenar y una sensación de haber tomado decisiones sin pensar demasiado en las consecuencias.No quería inventarme recuerdos para llenar los espacios vacíos.Tampoco quería aceptar que mi noche hubiera terminado de aquella manera sin entender cómo.Lo único que sabía era que había estado con aquel hombre.Y que, a juzgar por la forma en que me había mirado esa mañana, él no parecía tener intención de convertirse en una persona importante en mi vida.Perfecto.El sentimiento era mutuo.
—Señorita, ya hemos llegado.
La voz del conductor me sacó de mis pensamientos.Miré por la ventanilla y reconocí inmediatamente la fachada de mi casa. Mi hogar.
El lugar al que había querido llegar desde que desperté.Pagué el viaje, le agradecí al conductor y bajé del automóvil. Eran poco más de las ocho y media cuando crucé la entrada.
El silencio de la casa me pareció extraño.Normalmente, a esa hora, mi madre ya estaba ocupada con alguna cosa y mi padre llevaba un buen rato despierto. Sin embargo, al pasar por el vestíbulo, noté voces desde la cocina.
No distinguí las palabras, pero reconocí el tono de mi padre. Grave, serio, demasiado parecido al que utilizaba cuando hablaba de asuntos que nadie más debía escuchar.
Suspiré.
Lo último que necesitaba era una conversación familiar.Me quité los zapatos y avancé por el pasillo con la intención de subir directamente a mi habitación, darme una ducha y dormir durante las próximas doce horas.
Estaba a punto de llegar a la escalera cuando la voz de mi padre me detuvo.
—Hasta que llegas. Tenemos que hablar de algo importante amelia.
Cerré los ojos un instante.Por supuesto.
Porque mi mañana no podía empeorar lo suficiente.Me giré lentamente y asomé la cabeza por la puerta de la cocina.
Mi padre estaba sentado a la mesa, vestido como si se preparara para salir a una reunión. Frente a él había una taza de café que apenas había tocado.
Mi madre estaba a su lado, impecable como siempre, con el cabello recogido y una expresión que no conseguí descifrar.
Ambos me miraban,No con enojo Era algo peor.Seriedad.Una seriedad tan rígida que me hizo desaparecer las ganas de bromear.
—Buenos días —saludé, intentando sonar despreocupada—. Si esto es por la hora a la que llegué, podemos hablar después de que duerma un poco.—Siéntate, Amelia —ordenó mi padre.
Miré la silla vacía frente a él.
Después lo miré a él.
—¿Podrías, por lo menos, saludarme antes de empezar a darme órdenes?
Mi madre suspiró suavemente.—Amelia, por favor. Siéntate un momento.
La miré. Había algo en su voz que me hizo dejar de discutir.
Me acerqué a la mesa y ocupé la silla frente a mi padre. Mi madre se levantó, tomó una taza limpia del armario y me sirvió café.
—Toma, querida. Te hará bien.
—Gracias, mamá.
Rodeé la taza con las manos. El calor me alivió los dedos, aunque no consiguió relajarme.Miré a uno y a otro.
—Bien. Estoy sentada, tengo café y toda su atención. ¿Qué sucede?
Mi padre entrelazó las manos sobre la mesa.—Hay una decisión que debemos comunicarte.
Fruncí el ceño.
—¿Qué decisión?
—Una que afecta a toda la familia.
Solté una risa breve.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Amelia…
—No, papá. Si me has hecho sentar a esta hora para hablar de algo importante, lo mínimo que puedes hacer es decirme de qué se trata.— replique sin paciencia.
Mi madre bajó la mirada hacia su taza.Fue un gesto pequeño, casi imperceptible Pero lo noté.
Y algo en mi interior se tensó.
Mi padre respiró hondo antes de hablar.
—Vas a casarte.
Me quedé mirándolo.
Esperé.Un segundo... Dos, Tres.
En cualquier momento iba a reírse y decirme que era una broma de mal gusto. Que había algún motivo razonable por el que necesitaba verme la cara de idiota antes del desayuno.
Pero no se rio. Ni siquiera sonrió.
—¿Perdón? —pregunté finalmente.
—Has oído lo que he dicho.
Dejé la taza sobre la mesa con demasiado cuidado.
—Sí, escuché las palabras. Lo que no entiendo es qué clase de estupidez acabas de decir.
—Cuidado con tu tono — advirtió con dureza.—¿Mi tono? —repetí, incrédula—. ¿Me acabas de anunciar que voy a casarme y lo que te preocupa es mi tono?—Vas a casarte con el heredero de la familia Vassari.El apellido cayó entre nosotros como un objeto pesado.
Vassari.
Durante unos segundos, todo lo demás desapareció.
La taza.
El café.
La luz de la mañana.
Solo quedó aquel nombre y todo lo que significaba para mí.Me enderecé en la silla.—No.—dije finalmente.
Mi padre endureció la expresión.
—No es una pregunta.—Y mi respuesta sigue siendo no—proteste.
—Amelia, escucha…
—¡No pienso casarme con un Vassari!—exclame.
Mi voz resonó por toda la cocina.
Mi madre cerró los ojos brevemente, como si hubiera estado esperando exactamente esa reacción.
Me puse de pie, pero no me alejé de la mesa. Apoyé ambas manos sobre la madera y miré a mi padre directamente a los ojos.—¿Se puede saber en qué momento decidieron organizar mi matrimonio sin consultarme?
—Es un acuerdo entre nuestras familias.
—Me importa una mierda el acuerdo—bramé.
—¡Amelia!
—¡No! —lo interrumpí—. No me pidas que baje la voz cuando me acabas de decir que tengo que casarme con una persona que ni siquiera conozco.
Mi padre se levantó también.
Era más alto que yo y estaba acostumbrado a que su presencia bastara para poner fin a cualquier discusión. Desde pequeña había visto cómo la gente cambiaba de actitud cuando él entraba en una habitación. Cómo medían las palabras frente a él y cómo aceptaban sus decisiones sin atreverse a cuestionarlas.
Yo nunca había sido especialmente buena en eso.
—Vas a aprender a comportarte como corresponde —dijo con una calma que me enfureció todavía más—. Este matrimonio es necesario.
—¿Necesario para quién? ¿Para ti? ¿Para la familia? ¿Para tus negocios?
Su silencio me dio una respuesta que no me gustó.
Solté una carcajada amarga.—es increíble.
—No sabes de lo que estás hablando.— Se presionó el puente de la nariz con dos dedos y soltó un suspiro cansado, como si aquella discusión le estuviera agotando la paciencia.
—Entonces explícame.
Mi padre apretó la mandíbula.
—Hay cuestiones que no te corresponden saber por el momento.
—¡Se trata de mi vida! ¿Cómo que no me corresponden?
—Amelia, por favor, intenta escuchar antes de sacar conclusiones.— intervino mamá con calma lo que hizo frustrarme más.
Me giré hacia ella.—¿Tú también estás de acuerdo con esto?
No respondió inmediatamente.
Y ese silencio me dolió más de lo que esperaba.
—Mamá...— murmuré.
Ella dejó la taza sobre la mesa.
—No es una decisión sencilla hija— musitó. —No te he preguntado si es sencilla. Te he preguntado si estás de acuerdo con que me obliguen a casarme.
Mi madre sostuvo mi mirada, pero no encontró una respuesta que pudiera darme.
Sentí que algo se me hundía en el pecho.No esperaba que mis padres me consultaran cada decisión que tomaban. Tampoco pretendía que estuvieran de acuerdo conmigo en todo. Pero aquello era diferente.
Me estaban hablando de mi futuro como si yo fuera un documento que necesitaban firmar para cerrar un trato. Y mi propia madre estaba sentada frente a mí, sirviéndome café, mientras intentaba encontrar una manera de hacerme aceptar lo inaceptable.
Volví a mirar a mi padre.
—Quiero saber por qué—exclamé.
—Porque existe un compromiso entre nuestras familias y ha llegado el momento de cumplirlo.
—¿Qué compromiso?
—Uno que se estableció hace años.
—¿Y por qué tengo que pagarlo yo?
La pregunta pareció incomodarlo.Lo noté en la forma en que apartó la mirada durante una fracción de segundo.No era mucho. Pero era suficiente.—No estás pagando nada —respondió—. Estás cumpliendo con tu responsabilidad como integrante de esta familia.
Me quedé inmóvil.Después negué lentamente con la cabeza.
—No puedo creer que te estés escuchando hablar.—No voy a permitir que me faltes al respeto en mi propia casa.—Y yo no voy a permitir que decidas mi futuro como si no tuviera voz— sentencié.
—Mientras vivas bajo este techo…—¡Ah, claro! —lo interrumpí, abriendo los brazos—. ¡La vieja amenaza de siempre! Mientras viva bajo este techo, tengo que hacer lo que tú digas. ¿También vas a elegir qué ropa puedo ponerme? ¿A qué hora tengo que dormir? ¿Qué tengo que pensar? Ya que estamos decidiendo mi vida entera, podrías preparar una lista y ahorrarnos las conversaciones.
—Basta, Amelia.—No. Todavía no he terminado.Mi padre me observó con una expresión que habría hecho retroceder a cualquiera que no lo conociera.Yo lo conocía demasiado bien.Sabía cuándo estaba perdiendo la paciencia. Sabía cómo se le endurecía la mandíbula y cómo su voz se volvía más baja cuando quería imponer su autoridad.Y sabía que estaba acostumbrado a ganar. Pero esta vez no iba a darle ese gusto.
—Quiero saber por qué los Vassari —dije, más despacio—. De todas las familias con las que podrías haber hecho un acuerdo, elegiste precisamente esa.
Mi padre no contestó.
—¿No piensas responderme?—recriminé.—La decisión está tomada —sentencio.
—¿Desde cuándo?—Eso no importa.
—Para mí sí.
—Amelia…
—¿Hace una semana? ¿Un mes? ¿Un año? —pregunté, contando con los dedos—. ¿Cuánto tiempo llevas organizando mi matrimonio a mis espaldas?Mi madre se removió en su silla.—Las conversaciones comenzaron hace bastante tiempo—comento mi madre.
La miré.
—¿Tú lo sabías?No contestó enseguida.Fue suficiente.Retrocedí un paso y me llevé una mano al pecho, más por incredulidad que por dolor físico.
—Los dos lo sabían— murmuré.—Queríamos encontrar el momento adecuado para hablarlo contigo —explicó ella.—¿El momento adecuado? ¿Y cuándo iba a ser? ¿El día de mi boda? ¿Cuando estuviera frente al altar y ya no pudiera hacer nada?
Ninguno respondió.Me reí, pero no había humor en aquel sonido.—Esto es una locura.—dije tocándome la frente.
—Es una obligación familiar —insistió mi padre—. Y no voy a discutirlo durante horas.—Entonces no me hubieras llamado para hablar.—No te he llamado. Te he informado.
La frase me golpeó con una claridad brutal.No había conversación. No había negociación.Ni siquiera había una posibilidad de que mi opinión cambiara algo.Mi padre había decidido que me casaría y esperaba que yo aceptara la noticia como quien recibe una invitación a cenar.Me quedé mirándolo, intentando reconocer en aquel hombre al padre que me había enseñado a montar en bicicleta, al que me había esperado despierto cuando volví tarde por primera vez, al que alguna vez me había dicho que nadie tenía derecho a decidir por mí.¿En qué momento había dejado de creer en sus propias palabras?
—¿Y si me niego? —pregunté.
Mi padre no apartó los ojos de los míos.
—No vas a hacerlo.—No te he preguntado qué crees que voy a hacer. Te he preguntado qué pasa si me niego.
El silencio volvió a llenar la cocina.Mi madre se levantó, pero no para acercarse a mí. Caminó hasta la encimera y apoyó las manos en el borde, dándonos la espalda durante unos segundos.Mi padre habló finalmente.
—Hay demasiado en juego.—¿Qué cosas?—Asuntos de familia.
—¡Deja de hablarme con frases vacías! ¿Qué está en juego? ¿Dinero? ¿Propiedades? ¿Algún negocio que salió mal? ¿Qué demonios puede ser tan importante como para que estés dispuesto a entregarle a tu hija a una familia que lleva años siendo nuestra enemiga?Al pronunciar aquella última palabra, la expresión de mi padre cambió.Fue apenas un instante, pero lo vi.
Y por primera vez desde que había entrado en la cocina, tuve la certeza de que había algo más detrás de aquella decisión.Algo que no quería contarme.
—No vuelvas a hablar de los Vassari como si conocieras toda la historia —dijo con frialdad.
Lo miré fijamente.
—Conozco suficiente.—No. Conoces lo que te han contado.
Sentí que se me enfriaban las manos.—¿Qué significa eso?Mi padre guardó silencio.—Papá, ¿qué significa eso?—Significa que hay cosas del pasado que no entiendes.—Entonces explícamelas.—No es el momento.
Solté una carcajada incrédula.
—¿Sabes qué? Es curioso. Para decidir con quién tengo que casarme, sí es el momento. Para contarme por qué, de repente, parece que mi futuro depende de los enemigos de nuestra familia, no.
Mi madre se giró hacia nosotros.
—Tu padre está intentando protegerte.La miré con una mezcla de decepción y desconcierto.—¿Protegerme de qué? ¿De mi propia opinión?
—Amelia…
—No, mamá. Necesito que alguien me explique qué está pasando. Porque hace diez minutos entré en esta casa pensando en dormir Y ahora resulta que ustedes llevan quién sabe cuánto tiempo planeando mi matrimonio con los Vassari.
Me detuve.
—¿Quién es? —pregunté finalmente.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Quién es quién?
—El hombre con el que pretenden casarme. Supongo que, si van a organizar mi vida, al menos podrían decirme su nombre.
Mi padre intercambió una mirada con mi madre.Me estaba cansando.—Lo sabrás cuando llegue el momento —respondió finalmente.Me quedé mirándolo, convencida de que no había escuchado bien.
—¿Cómo dices?—Has oído perfectamente.—¿Me estás diciendo que tengo que aceptar un matrimonio sin siquiera saber con quién voy a casarme?—Te estoy diciendo que el acuerdo está hecho.—¡Es mi vida! ¡Tengo derecho a saber quién es ese hombre!—Y lo sabrás. Pero no hoy.
Era increíble.Absolutamente increíble.No solo habían decidido mi futuro sin consultarme. También pretendían que aceptara la noticia.—¿Sabes qué? —dije finalmente—. Empiezo a pensar que has perdido completamente la razón.—Amelia, mide tus palabras.—¿Por qué? ¿También quieres decidir cuáles puedo decir?—Este matrimonio se llevará a cabo—declaro. —y fin de esta discusión.
no iba a conseguir nada más de él aquella mañana.Pero eso no significaba que fuera a rendirme.—No sé qué acuerdo has hecho, qué has prometido ni qué demonios estás intentando arreglar —dije despacio—. Pero yo no soy una moneda de cambio. No soy una propiedad de esta familia y no voy a aceptar que me entregues a los Vassari para solucionar un problema que ni siquiera tienes el valor de explicarme.
—Vas a casarte, Amelia.
Lo dijo sin levantar la voz.Sin gritar.Sin necesidad de amenazarme.—El matrimonio se llevará a cabo.
Lo miré durante un largo momento.me levanté despacio, agarré mi taza y bebí el último sorbo de café, que ya estaba frío.
—Entonces espero que disfrutes organizando una boda a la que tu novia no piensa presentarse—exclame.Mi padre abrió la boca, pero no le di tiempo a responder.—Porque si crees que voy a caminar hacia un altar sonriendo como una idiota mientras me caso con un hombre al que no he elegido, estás mucho más equivocado de lo que imaginas.
Me di la vuelta y salí de la cocina.
Esta vez, ninguno de los dos intentó detenerme.Subí las escaleras con el corazón golpeándome las costillas y la cabeza llena de preguntas.Por primera vez en toda la mañana, el silencio me permitió escuchar mis propios pensamientos.
Mi padre había decidido mi matrimonio.
Mi madre lo había sabido.
Los Vassari seguían siendo una familia a la que no podía confiarle ni una palabra.No iba a dejar que decidieran mi vida por mí.