**ANGELA** Subimos las escaleras mientras el primer guardia intentaba desesperadamente quitarse de encima al mastín, que lo tenía inmovilizado bajo un charco de afecto baboso. Al llegar a la cocina, nos encontramos con el segundo guardia, que sostenía un fusil y nos miraba con los ojos como platos. —¡Soltad las herramientas! —gritó el tipo. Miré a Bianco. Estaba pálido, casi gris, pero sus ojos seguían siendo los de un lobo. Miré mi caja de herramientas. Solo me quedaba una opción. —¡Cuidado, tiene una bomba de gas! —grité, lanzándole la caja de herramientas metálica a la cabeza. No era una bomba, claro, pero el impacto de una caja de metal contra la frente de alguien es bastante efectivo. El hombre cayó hacia atrás, soltando el arma, mientras la caja se abría y esparcía tornillos

