EN PELIGRO
**ANGELA**
El olor a humedad y aceite quemado me golpeó antes incluso de abrir los ojos. Intenté llevarme las manos a la cara, pero un tirón seco en las muñecas me lo impidió. El metal frío de la silla se me clavaba en la espalda, y el eco de mis jadeos rebotaba en las paredes desnudas de aquel almacén olvidado en las afueras de Turín.
La luz gris que se filtraba por los cristales rotos apenas servía para revelar el horror: cuatro hombres me observaban con la calma cruel de quienes vigilan un objeto, no una persona. Sus tatuajes trepaban por los cuellos, sus armas descansaban en sus fundas como extensiones naturales de sus cuerpos. Yo era su presa.
—¿Por qué…? —mi voz salió rota, un hilo apenas audible—. ¿Qué quieren de mí?
El que parecía ser el jefe soltó una carcajada seca mientras encendía un cigarrillo. Se acercó con paso lento, y yo me encogí en la silla como si pudiera desaparecer.
—Tú no has hecho nada, piccola —dijo, exhalando humo en mi rostro—. Pero tu padre… ese es otro tema.
Mi padre. El nombre me atravesó como un cuchillo.
—Mi padre es un hombre de negocios decentes… —balbuceé, aunque el miedo me oprimía el pecho.
—Tu padre es un asesino de guante blanco —escupió él, con una mueca de odio—. Vació las cuentas de la constructora. Dejó a cientos de familias en la calle. El matrimonio que la fundó no soportó la vergüenza. Se pegaron un tiro hace tres días.
Sentí un vacío en el estómago, un vértigo que me arrancó un sollozo. Yo no sabía nada de los manejos turbios de mi padre; para mí, él era el hombre que me compraba vestidos de seda y joyas en la Vía Roma, el pilar de nuestra vida de lujo. Ahora, la seda estaba rasgada, las joyas eran solo un blanco para los lobos que me rodeaban.
—Eran mi familia —sentenció el hombre, golpeando la mesa metálica junto a mí—. Y ahora tú vas a pagar la deuda de sangre que él dejó pendiente.
Cerré los ojos. Las lágrimas corrieron por mis mejillas sucias. El pánico absoluto me invadió. Nadie escucharía mis gritos en este rincón olvidado de la zona industrial. Mi padre, seguramente en su oficina lujosa, ignoraba que su “posesión” más preciada estaba a punto de ser devorada por los monstruos que él mismo había creado.
El silencio era sepulcral. Solo el goteo de una tubería vieja y el latido desbocado de mi corazón me recordaban que aún estaba viva. ¿Quién podría encontrarme en este infierno?
Entonces, el chirrido de unos neumáticos sobre la grava me arrancó de mis pensamientos. Un motor potente rugió y se apagó justo frente a la entrada. Los hombres se tensaron, como si la sombra de un dios oscuro hubiera descendido sobre ellos.
—Ya está aquí —susurró uno de los guardias, enderezándose con un respeto que rozaba el temor—. Bianco Corbone ha venido por ella.
Contuve el aliento. Ese nombre era un susurro en los círculos más oscuros de Italia. Corbone: el heredero de un imperio levantado sobre acero y sangre. La puerta pesada se deslizó con un quejido metálico, y la silueta alta y dominante apareció recortada contra la luz gris. No era mi padre. Era el hombre que controlaba las sombras de todo el Piamonte.
La silueta avanzó con una parsimonia que me heló la sangre. Cada golpe de sus botas de cuero contra el cemento parecía rascar mis nervios, arrancándome la calma que aún intentaba fingir. Los hombres que me habían mantenido prisionera, tan arrogantes minutos antes, retrocedieron sin pensarlo, como animales que reconocen al depredador alfa.
—Bianco Corbone —susurró el líder, y hasta su voz tembló—. No te esperábamos hasta mañana. El trato con su padre aún no se ha…
—El trato ha cambiado —respondió él, con una voz profunda, grave, como el rugido sordo de un motor que no admite réplica.
Se detuvo a pocos metros de mí. Levanté la vista, y sus ojos oscuros me atraparon de inmediato. Eran fríos, calculadores, y me recorrieron sin pudor, como si ya le perteneciera. No vestía como un matón cualquiera: su traje de sastre italiano, impecable y hecho a medida, gritaba poder. Una elegancia letal.
—Vete —ordenó, sin apartar la mirada de mí.
—Pero, Corbone, ella es nuestra garantía de pago por lo que hizo don Colombo…
—He dicho que te vayas —repitió, con una suavidad que me resultó más amenazante que un grito. Sacó un fajo de billetes y lo arrojó al suelo con desprecio. —Considera esto el pago por las molestias. La chica ahora me pertenece.
Los hombres no dudaron. Sabían que enfrentarse a un Corbone en Turín era firmar su sentencia de muerte. Recogieron el dinero y se esfumaron en las sombras, dejando tras de sí un silencio denso, cargado de electricidad.
Yo estaba petrificada. Mis manos atadas temblaban, mi respiración era un jadeo roto. Bianco se acercó despacio, invadiendo mi espacio hasta que pude olerlo: tabaco caro y sándalo, un aroma tan refinado como inquietante. Se inclinó sobre mí, apoyando una mano en el respaldo de la silla, atrapándome entre su cuerpo y el metal frío.
—Así que tú eres el pequeño tesoro de los Colombo —murmuró, su voz rozando mi oído. Un escalofrío me recorrió la piel, y no era solo miedo. —Tu padre me debe mucho más que dinero, Angela. Me debe años de territorio, sangre de mi gente y… respeto.
Sentí que el mundo se estrechaba en torno a mí. Yo, la hija mimada de la alta sociedad turinesa, convertida en moneda de cambio en un juego de poder que nunca había comprendido. Y ahora, frente a Bianco Corbone, entendí que mi destino ya no dependía de mi padre, sino de este hombre que controlaba las sombras del Piamonte.
El roce de su dedo enguantado sobre mi mejilla me hizo contener el aliento. Siguió el rastro húmedo de una lágrima hasta el borde de mis labios, presionándolos apenas, como si quisiera marcarme con su poder.
—Él cree que estás a salvo en tu torre de cristal de Turín. No tiene idea de que te he cazado —sonrió Bianco, una sonrisa oscura, predadora, que me heló la sangre—. No voy a matarte, piccola. Eso sería demasiado rápido. Voy a usarte para destruirlo a él, pieza por pieza.
Intenté hablar, pero el nudo en mi garganta me ahogó. Su mano se cerró sobre mi mandíbula, firme, sin violencia, obligándome a sostenerle la mirada. Sentí que me despojaba de cualquier defensa, que me arrancaba la posibilidad de escapar incluso con los ojos.
—Bienvenida a tu nueva jaula —susurró, y por un instante su mirada descendió a mis labios con un hambre que me estremeció hasta la médula—. Espero que seas tan dulce como pareces, porque tengo la intención de devorarte por completo.
El trayecto hacia la Villa Corbone fue un borrón de luces y sombras. La ciudad de Turín se deslizaba a través de la ventanilla como un fantasma, mientras el silencio dentro del coche se rompía solo por el rugido del motor. Yo era un objeto trasladado, un trofeo arrancado de su vitrina.
Al llegar, no me arrojaron a una mazmorra húmeda, como había imaginado en mis peores pesadillas. Me condujeron a una habitación que desbordaba un lujo opresivo: terciopelo n***o, mármol de Carrara y una cama tan desmesurada que parecía un altar erigido al pecado. El aire era pesado, sofocante, cargado de una elegancia que me resultaba más amenazante que cualquier celda.
Bianco entró tras de mí. El clic metálico de la puerta al cerrarse resonó como una sentencia. Se quitó la chaqueta del traje y la arrojó sobre un diván de cuero; luego comenzó a desabrocharse los puños de la camisa. No apartaba sus ojos de mí. Esa intensidad depredadora me atrapaba, me despojaba de cualquier ilusión de control.
—En esta casa hay tres reglas, Angela —dijo, avanzando hacia mí con la parsimonia de un lobo que sabe que su presa no tiene salida—. Y de tu capacidad para obedecerlas dependerá qué tan doloroso sea este… cautiverio.
Retrocedí hasta que mis piernas golpearon el borde de la cama. El mármol frío, el terciopelo oscuro, todo parecía conspirar para recordarme que estaba atrapada en un mundo que no era mío.
—Regla número uno —se detuvo a centímetros de mí, invadiendo mi espacio hasta obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. No se me miente. Nunca. En el mundo de los Corbone, prefiero una verdad que me incite a matarte que una mentira que me haga perder el tiempo.
Su mano se cerró sobre mi mentón, obligándome a clavar mis ojos en los suyos. Eran tan oscuros como el espresso italiano, y en ellos no había compasión, solo un poder absoluto que me envolvía como una cadena invisible.