**ANGELA**
Su mirada era mucho más letal que cualquier palabra que pudiera pronunciar, un arma silenciosa que golpeaba más profundo que cualquier insulto o amenaza. Yo me había enfrentado al peligro antes, me había mantenido fuerte ante la adversidad, pero nunca, ni siquiera en los tiempos más oscuros, había sido presa de un miedo tan profundo y escalofriante. No era solo una fugaz sensación de inquietud; era un terror primario que resonaba en lo más profundo de su ser, dejándola sin aliento y vulnerable bajo el peso de su intensa e inquebrantable mirada.
—Regla número dos —su voz descendió a un susurro letal que me heló la sangre—. Tu cuerpo ya no te pertenece. Cada centímetro de esta piel que don Colombo creía intocable, ahora es mío. Me pertenece tu aliento, tu llanto y, eventualmente, tus gemidos. No me toques a menos que yo lo ordene, y no te cubras si decido mirarte.
Sentí un calor abrasador subir por mi pecho, una mezcla insoportable de humillación y una chispa eléctrica que me aterraba. Su mano descendió desde mi mandíbula hasta mi cuello, apretando lo justo para que mi propio pulso acelerado latiera contra sus dedos. Era como si me recordara que incluso mi corazón le pertenecía.
—Y la regla número tres, la más importante —se inclinó, rozando mi oreja con sus labios. Una descarga de pánico y algo prohibido recorrió mi columna. —No intentes huir. Si cruzas esa puerta sin mi permiso, no castigaré a los guardias. Iré por tu padre y le cortaré los dedos uno a uno mientras tú miras. ¿Ha quedado claro?
Intenté apartarme, pero me sujetó con más firmeza, pegando su cuerpo contra el mío. Sentí la dureza de sus músculos y la frialdad del arma enfundada contra su cadera, bajo la tela fina de su pantalón. El contacto me paralizó.
—Dime: “Sí, signore” —ordenó, con una crueldad seductora que me hizo temblar.
Apreté los labios, mis ojos inundados de lágrimas de impotencia. Pero su mirada era un pozo oscuro, y yo me estaba ahogando en él sin remedio.
—Sí… signore —susurré, traicionada por mi propio cuerpo, que reaccionaba con una urgencia prohibida a la proximidad del hombre que acababa de arrebatarme la libertad.
Su sonrisa fue una daga: carente de piedad, pero encendiendo el aire entre nosotros.
—Buen comienzo, Angela. Ahora, quítate el vestido. Quiero ver exactamente qué es lo que le he robado a la familia Colombo.
El ambiente se volvió tan denso que apenas podía respirar. Sus palabras vibraban aún en mis oídos, pero algo dentro de mí —un último vestigio del orgullo de los Colombo— se encendió como una llama inesperada.
—No —escapó de mis labios, temblorosa pero firme.
Bianco, con los tres primeros botones de su camisa ya desabrochados, se detuvo en seco. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Sus ojos, antes fríos, brillaron con una chispa de diversión peligrosa.
—¿“No”? —repitió, avanzando con la lentitud de un verdugo—. ¿Crees que esto es una negociación, Angela? ¿Crees que estás en una de las cenas de gala de tu padre decidiendo si quieres o no otra copa de vino?
—No soy un trofeo que puedas exhibir —respondí, apretando los puños a mis costados, aunque mis piernas se sentían como gelatina—. Si quieres verme, tendrás que arrancarme la ropa tú mismo, porque yo no voy a darte ese placer.
El silencio que siguió fue un filo suspendido en el aire, y yo sabía que acababa de cruzar una línea peligrosa.
La carcajada seca de Bianco me atravesó como un cuchillo. No había alegría en ese sonido, solo una amenaza velada que erizó cada vello de mi nuca. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró por la cintura y me estampó contra su cuerpo rígido. El aire se me escapó de los pulmones en un jadeo ahogado.
—El placer, piccola, me lo tomo yo cuando quiero —susurró contra mis labios, su aliento cálido mezclándose con el mío. Su voz era un látigo invisible que me recordaba quién dictaba el ritmo en esta casa.
Sus manos, fuertes y decididas, se apoderaron de mis muñecas con firmeza. Las sujetaron con fuerza sobre mi cabeza, elevándolas y presionándolas contra la fría y dura superficie de la pared de mármol. Intenté forcejear, pero su agarre era implacable, inmovilizándome por completo.
El sonido metálico y resonante del cierre al caer, un chirrido agudo y penetrante que cortó el silencio, marcó el instante definitivo. Ese sonido significó el final de toda esperanza, el fin de mi lucha y resistencia.
—Has cometido un error —murmuró, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello, respirando mi aroma con una posesividad brutal—. Me acabas de dar permiso para ser todo lo cruel que deseaba ser desde que te vi en esa bodega.
El mármol frío contra mi espalda contrastaba con el calor volcánico que emanaba de él. Intenté luchar, retorciendo mis muñecas, pero era como chocar contra una muralla.
—¿Querías que lo hiciera yo? —su voz descendió a un tono oscuro, cargado de amenaza—. Muy bien, Angela. Te daré exactamente lo que pediste, pero te aseguro que para cuando termine, estarás rogando por volver a tener ese vestido puesto.
La seda se rasgó con un movimiento seco, cayendo a mis pies como una piel muerta. Un grito ahogado escapó de mi garganta, y mi instinto fue cubrirme, pero sus manos me mantuvieron atrapada, expuesta bajo su mirada depredadora.
—La regla número dos, piccola. ¿La olvidaste tan pronto? —me recordó, recorriéndome con los ojos como si me marcara con fuego.
Cuando finalmente soltó mis muñecas, su mano rodeó mi garganta. No me asfixiaba; no obstante, la presión era firme, una advertencia de su fuerza absoluta. Sentí cada línea que trazaba sobre mi piel como una marca invisible, un recordatorio de que estaba atrapada en un mapa que él decía suyo.
—Tu cuerpo es un mapa, Angela —susurró, pegando su frente a la mía, sus ojos fijos en mis labios temblorosos—. Y yo voy a colonizar cada rincón. Vas a aprender que el dolor y el placer en mis manos son la misma moneda.
Yo lo miré, con lágrimas ardiendo en mis ojos, y supe que mi orgullo estaba siendo puesto a prueba. Pero también supe que, aunque él me veía como territorio conquistado, dentro de mí aún quedaba una chispa: la certeza de que no me rendiría del todo.
Se inclinó hacia mí y, en lugar de un beso, sentí el mordisco brutal en mi oreja. El dolor me arrancó un gemido que intenté ahogar, pero su voz me atravesó como un látigo:
—No te calles. Quiero oír cómo tu orgullo se rompe. Quiero oír cómo esa sangre de los Colombo hierve por un Corbone.
Su mano descendió con una precisión cruel, encontrando el punto exacto donde mi resistencia empezaba a desmoronarse. Cerré los ojos, mi cabeza cayó hacia atrás y mis uñas se clavaron en sus hombros como un intento desesperado de aferrarme a algo. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, pero mi cuerpo, traicionero, comenzaba a arquearse hacia él, buscando más de esa descarga que me quemaba por dentro.
—Eso es… —susurró, sintiendo mi espasmo—. Tu boca dice “no”, pero tu piel me llama. Me pide que te devore. Y yo siempre termino lo que empiezo.
—Por favor, te lo suplico, no me hagas daño, no me lastimes, te lo pido por lo que más quieras.
—Es demasiado tarde para súplicas, ya no hay vuelta atrás. El daño ya está hecho en mi cabeza, y ahora lo extenderé a ti.
—Mi padre es un hombre poderoso; él te dará todo el dinero que pidas, cualquier suma que se te antoje.
—Muñeca, estás equivocada si crees que el dinero es una solución. El dinero me sobra, lo tengo a montones, no necesito tu dinero. No te salvará, no te librará de lo que tengo planeado. Lo que quiero es algo que el dinero no puede comprar, algo mucho más valioso para mí. Quiero tu cuerpo, quiero poseerte por completo, robar tu pureza, si es que aún te queda algo de ella después de todo este tiempo. Quiero profanarte.