JADEOS

1368 Palabras
**BIANCO** La levanté en vilo, obligándola a enroscar sus piernas alrededor de mi cintura. Quería que entendiera, sin palabras, que ya no tenía control sobre nada, ni siquiera sobre sus propios sentidos. Sentí cómo su respiración se quebraba en jadeos erráticos, cómo su cuerpo temblaba contra el mío. Esa mezcla de miedo y traición era el combustible que me interesaba; no su resistencia, sino el momento exacto en que se quebraba. —Mírame, Angela —gruñí contra su pecho, mi voz vibrando en ella como un mandato absoluto—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién es el hombre que te está haciendo esto. Ella obedeció sin dudarlo. Pude ver claramente cómo sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas, un brillo húmedo que empañaba su mirada. Sus pupilas, normalmente definidas, se dilataron ampliamente, una señal inequívoca de la tormenta emocional que la embargaba. En ese preciso instante, todo lo que la definía hasta entonces, todo su pasado y su herencia, se desvanecieron como humo. El nombre de su padre, el peso de su apellido, todo ello dejó de tener importancia. Desaparecieron por completo, borrados por la fuerza del momento. Ya no quedaba nada de la persona que había sido antes. Solo yo permanecía en su mente, solo yo tenía el control. Mi influencia, mi poder sobre ella se habían consumado. Mi victoria era absoluta. Cuando su cuerpo estuvo a punto de romperse, me detuve. La solté con brusquedad, dejándola caer sobre el borde de la cama, temblando, débil, con el fuego aún ardiendo en sus venas. Me alejé dos pasos, acomodando la camisa con calma. No necesitaba exaltarme; el poder verdadero se mide en la capacidad de controlar incluso el deseo. —¿“Por favor”, qué? —pregunté con una sonrisa gélida. Sabía que la tortura más efectiva no era el golpe, sino el vacío. La observé desde arriba, con el cabello revuelto y los labios hinchados, más desnuda que nunca. —Yo controlo tu aliento y tus gemidos, Angela —sentencié, cruzando los brazos—. Hoy has aprendido que no puedes tener nada a menos que yo decida dártelo. Ni siquiera tu propio placer. Caminé hacia la puerta sin mirar atrás. El clic de la cerradura fue mi sello, mi firma. —Quédate con esa hambre toda la noche. Deja que te recuerde quién manda aquí cada vez que intentes cerrar los ojos. Mañana, si te portas bien, quizá te deje terminar lo que yo empecé. No era solo su cuerpo lo que reclamaba. Era su voluntad. Quería verla quebrarse, quería que entendiera que no había salida, que cada respiración dependía de mí. Angela Colombo no era un trofeo; era el instrumento con el que iba a destruir a su padre. Cuando acerqué la navaja a su labio inferior, vi el estremecimiento recorrerla. Esa fragilidad era mi triunfo. —Tu padre no tiene nada que yo quiera, excepto su propia destrucción —le dije, presionando el acero apenas un milímetro más—. Y tú eres el instrumento para lograrlo. No me hagas repetirlo. Come. En su miedo, en su súplica rota, estaba la confirmación de que ya no era la hija de Colombo. Era mía. Cerré la puerta tras de mí con un clic seco, un sonido que para ella fue un latigazo y para mí, una sentencia. No me volví a mirarla. No necesitaba hacerlo. Sabía que la había dejado ardiendo, quebrada, con la certeza de que su voluntad ya no le pertenecía. La rabia me recorría como un veneno. No era solo contra Angela, sino contra todo lo que representaba: el apellido Colombo, la arrogancia de su padre, la sangre que había manchado Turín con ruina y suicidios. Él pensaba que podía jugar con mi territorio, con mi gente, con mi nombre. Ahora, cada sollozo de su hija era la moneda con la que yo cobraba esa deuda. No me importaba su belleza, ni su fragilidad. Lo que me importaba era verla rendida, verla suplicar, verla entender que no había escapatoria. Quería que cada respiración suya fuera un recordatorio de que yo era el dueño de su destino. Mientras caminaba por el pasillo de mármol de la villa, mi ira se mezclaba con una satisfacción oscura. La había dejado con hambre, con un vacío que la consumiría toda la noche. Y ese vacío era mío. Yo decidía cuándo llenarlo, cuándo romperla, cuándo darle un respiro. Angela Colombo no era una mujer para mí. Era un arma. Un instrumento. La llave para que su familia sufriera. Mañana, cuando vuelva a entrar en esa habitación, no solo me encontraré con su cuerpo temblando, sino con su orgullo reducido a cenizas. Me detuve frente al ventanal que dominaba Turín. La ciudad brillaba indiferente, como si no supiera que yo estaba a punto de arrancarle el corazón a uno de sus hombres más poderosos. Cerré los puños, sintiendo la ira latir en mis venas. —Colombo… —murmuré, con la voz cargada de odio—. Vas a ver cómo se derrumba tu imperio. Y lo haré con tu hija como testigo. La noche era mi aliada. Y Angela, mi prisionera, ya estaba aprendiendo que en la casa de los Corbone no había salvación, solo obediencia. **ANGELA** El silencio de la habitación se volvió un peso físico en el momento en que la puerta se cerró. Me quedé allí, sentada en el borde de esa cama inmensa que olía a él, con la piel todavía vibrando por un incendio que Bianco Corbone había encendido y dejado a medias de forma deliberada. Un sollozo, contenido durante toda la pesadilla, escapó de mi garganta, rompiendo el vacío de la alcoba. Me abracé a mí misma, tratando de cubrir mi desnudez con mis propios brazos, pero no había tela suficiente para protegerme de la realidad. Todo había sido tan malditamente rápido. Cerré los ojos y, por un segundo, regresé a las seis de la tarde en el centro de Turín. El sol se ponía tras los Alpes, tiñendo el cielo de un naranja violento. Yo caminaba hacia mi coche, todavía pensando en la reunión que acababa de tener en la empresa de mi padre. Tenía el sabor del café todavía en la boca y el sonido de mis tacones sobre el pavimento era lo único que me preocupaba. Entonces, el chirrido de unos neumáticos. Una camioneta negra que se interpuso en mi camino como un muro de hierro. No hubo palabras, solo manos rudas, el olor a cuero viejo y un saco de tela que me robó la luz del día. En menos de cinco minutos, dejé de ser Angela Colombo, la hija del hombre más poderoso de la ciudad, para convertirme en una mercancía. En una presa. —Papá… —¿Qué has hecho? —susurré, y las lágrimas empezaron a caer, calientes y amargas, manchando el mármol del suelo. La revelación de mis captores me golpeaba una y otra vez: el suicidio de los dueños de la otra empresa, la ruina de familias enteras. Mi vida de lujos, mis estudios en Milán, mis vestidos de seda… todo había sido pagado con sangre que yo no sabía que tenía en las manos. Y ahora, Bianco Corbone había venido a cobrar la factura. Lo que más me dolía, más que el secuestro, era la traición de mi cuerpo. Me odiaba por el deseo que sentí al tacto de Bianco, por haber suplicado. Incluso ahora, en la oscuridad de mi celda, una parte de mí anhela su perfume de sándalo. Me puse de pie con las piernas temblorosas y caminé hacia el ventanal. Desde la colina, Turín brillaba con miles de luces, indiferente a mi tragedia. Mi casa estaba allí abajo, a pocos kilómetros, pero se sentía como si estuviera en otro planeta. Bianco Corbone no solo me había robado la libertad; en una sola noche, había despedazado la imagen que yo tenía de mi padre y me había demostrado que mi voluntad era tan frágil como el cristal. —No voy a dejar que me rompas del todo —susurré contra el vidrio frío, aunque mi reflejo, desaliñado y con los ojos rojos, me devolvía una mirada llena de miedo—. No lo haré.
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