**ANGELA** Nos quedamos así, en el silencio que siguió a la tormenta. Pesados, empapados, sangrando. Su peso sobre mí era real, tangible. Era el peso de mi nueva vida. Sentí el calor de su sangre fresca manchando mi piel, mezclándose con el sudor y el olor a nuestro sexo. No me moví. No quería moverme nunca más. Finalmente, se incorporó sobre sus codos, separándose lo justo para poder mirarme. Su pelo estaba pegado a su frente, sus labios estaban hinchados y sus ojos… por primera vez, sus ojos no brillaban con furia ni con determinación. Brillaban con algo que me aterrorizó mucho más que cualquier amenaza: con una vulnerabilidad descarnada. —Ahora ya eres mi mujer —dijo él, con la voz ronca por el esfuerzo. Y lo peor, la verdad más aterradora de todas, fue que en ese momento, sumerg

