**ANGELA** Sentía una presión asfixiante en el pecho. Me aterraba la idea de estar cayendo en esa trampa psicológica de la que tanto había leído: el síndrome de Estocolmo. No quería que la gratitud por haberme sacado de esa cabaña o la compasión por su hermana borraran el hecho de que Bianco Corbone me había encadenado, me había aterrorizado y había asesinado a mi propia sangre frente a mis ojos. Quería odiarlo, necesitaba odiarlo para no perderme a mí misma en este laberinto de mármol y pólvora. Un leve gemido a mis espaldas me hizo girar de golpe. Mía había abierto los ojos. Pero no eran los ojos vacíos y perdidos de las últimas horas. Sus pupilas estaban enfocadas, brillantes con una claridad que me heló la sangre por lo inesperada que era. Se incorporó levemente sobre las almohadas,

