**BIANCO** Se acercó tanto que el olor a tabaco rancio y a whisky caro de su aliento me golpeó los sentidos. Su desprecio era una entidad física, una bofetada que me recordaba que, en nuestra familia, el amor no es un sentimiento, sino una debilidad que se paga con la vida. —Ella no es solo una Colombo… —solté, intentando que mi voz no flaqueara ante la sospecha incendiaria que Ginevra había plantado en mi mente. —¡Ella es lo que yo decida que sea! —me interrumpió, clavando su dedo índice en mi pecho con la fuerza de un dardo—. Y ahora, por tu soberana estupidez, ella está de vuelta en su fortaleza, protegida por su padre, y nosotros tenemos un blanco pintado en la espalda. Has desperdiciado nuestra mejor arma, nuestra única moneda de cambio. Me miró de arriba abajo, como si viera a un

