Aysel me guió a través del salón hacia una puerta que comunicaba con un pasillo solitario. Imposible no acordarse que meses atrás yo había hecho lo mismo. —La oficina del señor Hernán —dijo. Aunque trató de bromear, se notaba afligida—. Lamento que no hayas ganado, te lo merecías de verdad. ¿Cómo te sientes? Roto. Destrozado. No por el torneo sino por ella. —Sobreviviré —respondí en cambio—. Hubiera podido empezar mi negocio con el dinero del premio, pero ni modo, tendré que encontrar otra forma. No me voy a rendir. Lo decía en serio. Tener una empresa era mi sueño y nunca más iba a pensar en rendirme. Esa resolución se la debía en parte a Aysel. Gracias a ella tenía más experiencia, más conocimiento y mayor confianza en mí mismo como emprendedor. Tenía claro que a veces no me iban a

