PRÓLOGO
⚠️ Advertencia ⚠️
Esta historia contiene escenas de violencia, maltrato físico y psicológico, relaciones de sumisión, obsesión y dinámicas enfermizas. No está destinada a lectores sensibles.
Prólogo
La ciudad de Montenero, un rincón del sur de Italia, parecía construida sobre cimientos de pólvora. Allí, entre calles empedradas y edificios antiguos, la mafia era ley y los hombres que la gobernaban dictaban el pulso de la vida diaria.
Entre ellos destacaba un nombre que pocos se atrevían a pronunciar en voz alta: Salvatore Giordano.
Alto, imponente, con el porte de un emperador que no admite desafío. Su cabello n***o azabache contrastaba con la palidez de su piel marcada por la tensión de una vida en guerra, y sus ojos grises, acerados, miraban siempre como si calcularan el modo más rápido de destruir al que tuviera enfrente. Vestía de traje impecable, siempre acompañado por un aire de arrogancia fría que hacía temblar incluso a sus propios aliados.
En su espalda, un dragón n***o extendía las alas de un extremo a otro, como si custodiara cada hueso de su columna. La tinta se hundía en la piel marcada por cicatrices, testimonio de un dolor elegido y soportado sin un solo gemido. Sus brazos, cubiertos por símbolos oscuros y frases en latín, eran como un mapa de guerra: líneas que hablaban de sangre, poder y condena. Quien lo miraba entendía al instante que su cuerpo era un templo profanado por la violencia y la obsesión.
Salvatore no era un hombre hecho para amar. Hijo mayor de Alessandro Giordano, había heredado no solo un imperio criminal, sino también una guerra sin tregua contra la familia rival, los Mancuso, cuyo líder, Don Emilio Mancuso, aún soñaba con ver a los Giordano de rodillas. Alessandro había caído en ese enfrentamiento, y con él casi toda la estirpe Giordano.
Solo quedaba un segundo hijo, Matteo Giordano, menor que Salvatore. Envidioso, resentido, incapaz de soportar la sombra de su hermano mayor, con suficiente ambición para vender su alma al diablo si aquello le garantizara algo de poder.
Salvatore era temido, odiado y respetado. No conocía la clemencia; si un enemigo cruzaba la línea, lo torturaba hasta que su grito se apagaba. Para él, el amor era una mentira barata. Solo conocía el placer fugaz de cuerpos alquilados, prostitutas sin rostro ni nombre, con las que no debía dar explicaciones. Pero pronto, su camino se cruzaría con el de alguien que rompería todas esas reglas.
A cientos de calles de distancia, en una habitación húmeda y con paredes manchadas de moho, vivía Allison Blake.
Veinte años, piel clara, cabello rubio pero que había decidido pintar de n***o azabache desde hace algunos años, aquellas hebras que caían en ondas hasta la cintura, y unos ojos azules que brillaban con una mezcla de dulzura y veneno. Había nacido en Inglaterra, pero había llegado a Montenero junto a su madre tras una oferta laboral que jamás se concretó. La salud quebrantada de su madre—una afección cardíaca grave que ya no respondía a tratamientos convencionales y solo podía resolverse con un trasplante— las había condenado a la miseria.
Allison apenas había terminado la preparatoria; nunca pudo aspirar a estudios superiores. Su adolescencia estuvo marcada por el hambre y la lucha. Robó para sobrevivir, se unió a pandillas y aprendió a manejar cuchillos y armas improvisadas. Había endurecido sus puños, pero no su corazón.
Con el tiempo, para mantener a su madre, terminó cantando en un prostíbulo disfrazado de bar: Il Fiore Rosso.
Un lugar cargado de humo, música barata y risas huecas, donde los trajes de los mafiosos se mezclaban con los vestidos provocativos de las chicas que ofrecían más que compañía. Allison, sin embargo, había trazado una línea invisible que nunca permitió cruzar. Ella solo cantaba. Cantaba con una voz que parecía arrancada de un lugar demasiado puro para existir entre aquellas paredes.
Allí tenía amigas: mujeres que la cuidaban y la empujaban a “trabajar como ellas”, a venderse, a obtener dinero rápido y abundante. Allison siempre sonreía, siempre rechazaba, siempre guardaba un secreto que no compartía con nadie: nunca había sido tocada por un hombre. Ni uno solo. A pesar de lo que aparentaba, era un alma intacta, preservada por una mezcla de obstinación y recelo.
En ese tugurio también había ojos que la seguían noche tras noche. Lorenzo Baresi, el barman, estaba perdido por ella. Un italiano robusto de sonrisa cansada que jamás se atrevió a confesarle cuánto la deseaba. Le preparaba bebidas que ella nunca bebía, le guardaba miradas que ella nunca correspondía.
Allison vivía entre dos mundos:
El real, donde sobrevivía a base de miseria, humo y canciones.
Y el que soñaba en secreto, donde algún día encontraría al hombre perfecto con quien entregarse, vivir un amor de cuento de hadas, escapar de esa prisión invisible que le atenazaba el corazón.
Lo que jamás imaginaba era que, en Montenero, los cuentos de hadas se escribían con sangre. Y que la obsesión de un hombre como Salvatore Giordano no era un regalo, sino una condena.