CAPÍTULO NUEVE

1245 Palabras
ALLISON. Me observa lo que parece una eternidad. Sus ojos grises me recorren como si estuvieran desnudando más que mi cuerpo. —Me encantaría corromperte… —murmura, y siento la vibración de sus palabras en mi piel antes de que sus labios empiecen a descender. Baja despacio, dejando un rastro de besos húmedos que me incendian el torso. Cada contacto me provoca un estremecimiento que odio, que quiero reprimir, pero mi cuerpo lo traiciona con arcos involuntarios, buscando más de lo que no debería. Quiero gritarle que se detenga, que me deje en paz, pero la voz se me ahoga en la garganta. La vergüenza me quema más que su boca, más que sus manos. —Me conformaré con saborearte… —su voz ronca me atraviesa como un escalpelo. Lo siento bajar, despacio, como un depredador seguro de que su presa no tiene escapatoria. Mis manos forcejean contra las ataduras, mi cuerpo se arquea tratando de alejarlo, pero es inútil. Un escalofrío me recorre cuando percibo su aliento tibio rozando mi intimidad y siento mis bragas descender bajo sus dedos. Vergüenza, miedo… todo me golpea a la vez. Quiero gritar, quiero cerrarme, pero el maldito no se inmuta, ni se detiene. Se queda allí, tan cerca, respirándome, provocando que la sangre me hierva de maneras que no sé controlar. —No… —murmuro, apenas audible, aunque ni yo misma sé si lo digo por repulsión o por la sensación incendiaria que amenaza con consumir mi cuerpo. Y él sonríe, lo siento sin siquiera verlo: esa sonrisa de demonio que disfruta de mi vergüenza tanto como de mi resistencia. Siento su lengua caliente deslizarse por mi intimidad y un estremecimiento me parte en dos. El contacto es feroz, directo, devastador. Mi espalda se arquea sola, como si me hubieran conectado a una corriente eléctrica. —¡No! —protesto entre dientes, pero la voz me sale rota, ahogada en un gemido que me traiciona. Él no se detiene... Todo lo contrario: parece alimentarse de mis reacciones, de cada sonido que se escapa de mí aunque yo me muerda los labios hasta sangrar para contenerlos. Su lengua se mueve con precisión cruel, castigándome, arrancándome un placer que no quiero sentir pero que se expande sin pedir permiso. Mis manos forcejean contra las ataduras, mis piernas tiemblan tratando de cerrarse, pero nada sirve. Cada segundo se convierte en una tortura deliciosa y atroz que me quiebra por dentro. Odio lo que me está haciendo, pero lo odio aún más porque mi cuerpo le responde. Su boca sigue devorándome como una bestia hambrienta, cada movimiento me arranca un espasmo que me hace perder el control de mi propio cuerpo. Sus manos suben hasta mi pecho, lo aprietan con fuerza, pellizcan hasta hacerme gemir de rabia y deseo al mismo tiempo. —Vente para mí, conejita —gruñe contra mi piel, la voz grave vibrando en mi interior—. Quiero que entiendas de una maldita vez que tu cuerpo no lo va a tocar nadie más… que no sea yo. Sus palabras se clavan como dagas, desgarrando cualquier resistencia que me queda. Quiero insultarlo, arañarle el rostro, arrancarle esa sonrisa soberbia… pero algo en mí se dobla contra mi voluntad. Mi cuerpo tiembla como si respondiera a un ritmo impuesto, como si él conociera cada rincón que debería quedar en silencio. La rabia me hierve en el pecho, pero más abajo arde un fuego que no puedo sofocar. Es un veneno que me recorre lenta y cruelmente, acumulándose, empujándome hacia un límite que no quiero cruzar. Me obligo a resistir, a cerrar los labios, pero los gemidos se escapan como traidores, revelando lo que en mi mente me niego a aceptar. El clímax me arranca un grito que no reconozco como mío. Mi espalda se arquea con violencia, los músculos se tensan, y cada espasmo me sacude como si quisiera destrozarme desde dentro. Intento contenerlo, morderme los labios hasta sangrar, pero es inútil. La oleada me arrastra sin piedad, quemándome, quebrándome, dejándome temblando bajo su poder. Cuando al fin el torbellino cede y mi cuerpo cae exhausto, siento su sombra elevarse sobre mí. Subo la mirada y ahí están sus ojos grises, fríos y oscuros, devorándome como si hubieran esperado este instante. Se inclina, aún con el sabor de mi rendición en sus labios, y murmura contra mi oído: —Tu esencia es tan dulce y pura como tú, conejita. Resiste cuanto quieras… el resultado siempre será el mismo. Él acomoda mi ropa con una calma insolente, como si no acabara de destrozarme. Yo lo insulto entre dientes, deseando que cada palabra le queme, pero lo único que consigo es una sonrisa torcida. Se inclina, me besa con violencia y luego me muerde el labio lo suficiente para arrancarme un gemido de dolor. —Cierra la maldita boca —escupe con arrogancia, sosteniéndome la mirada—. Fui yo quien se hizo cargo de todo. Y espero que sepas cómo pagar la deuda como corresponde. Afloja el nudo de una pierna, y antes de que pueda reaccionar, le lanzo una patada directo al pecho. Su cuerpo retrocede un paso, gruñe como un animal herido, y con rabia me libera de mala gana, sin soltarme del todo. Su mano se aferra a mi brazo como un grillete. Me sacude apenas, su fuerza es brutal, me sorprende lo fácil que me controla. Me toma de los hombros y su voz baja, cargada de amenaza, se clava en mi piel: —No tientes mi paciencia, conejita. No te gustará verme violento. —¡Aléjate de mí! —le grito con las lágrimas nublando mis ojos—. Llévate tu maldito dinero y vete a la mierda. Él me agarra de la quijada con brutalidad, arrancándome un gemido, pero no de placer esta vez, sino de puro dolor. Con la otra mano enreda mis cabellos en un puño, inmovilizándome con un gesto humillante. —¿De verdad eres tan testaruda… como para dejar morir a tu propia madre? —susurra, tan cerca que siento su aliento en mi rostro. Las lágrimas me caen sin remedio. El simple pensamiento de perder a mi madre me atraviesa como un cuchillo. —Eres un maldito —le escupo con la voz quebrada—. Cuando llegue tu momento de pagar todo lo que has hecho… te vas a arrepentir. Él ríe bajo, con ese sonido que hiela la sangre, y me clava los ojos como si pudiera verme por dentro. —Si algún momento llega ese día… estoy seguro de que para entonces tú serás capaz de venderle el alma al diablo… con tal de salvarme- sonríe con cinismo — Ahora ve a comportarte como una buena hija —su voz gotea veneno—. Dile a tu madre la mentira favorita de todo el maldito mundo: “todo estará bien”. Esa porquería de frase que repiten como si tuviera algún valor… aunque todos sepan que es solo eso, una mentira para consolar idiotas. Se inclina y me roba un beso en la boca, tan invasivo como todo lo que es él. Cuando se separa, susurra con arrogancia: —Te veré después, conejita. Me suelta de mala gana, como quien deja caer un juguete que ya no le interesa. Abre la puerta y sale como si nada hubiera ocurrido en esa habitación, dejando tras de sí el eco de su presencia y a mí, hecha un mar de contradicciones que me consumen desde adentro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR