CAPÍTULO ONCE

1444 Palabras
SALVATORE. Aparto su boca de la mía con un giro brusco de la cabeza y retiro sus manos de mi cuerpo como si fueran basura que me estorba. Francesca lo nota al instante, claro que lo nota… su sonrisa torcida se vuelve una daga envenenada. —Vaya… el gran Salvatore Giordano… ¿y así es como te apagas? —su voz rezuma veneno disfrazado de broma, una burla cruel que solo alguien con demasiado ego se atrevería a soltarme. Yo me río, pero no con ella. Me río de ella. Una carcajada seca, arrogante, de esas que incomodan. —No confundas, Francesca —le espeto, acomodándome el cinturón como si nada hubiera pasado—. Para encenderme me basta con un chasquido de dedos… pero contigo, cariño, lo único que siento es aburrimiento. La veo tensarse, dolida en su orgullo. La hija de político, la mujer que cree que tiene poder porque comparte mi cama de vez en cuando. —¿Cruel? Quizás. Pero no te engañes —añado, inclinándome lo suficiente para que me escuche como un susurro venenoso—. No eres más que un pasatiempo. Y ya sabes cómo trato a mis juguetes cuando me aburren. La dejo ahí, con la sonrisa hecha pedazos y las piernas aún abiertas en el mesón, sin siquiera dignarme a mirarla de nuevo. Me sirvo la comida con desgano y dejo a Francesca mascullando sola en la cocina. Apenas tomo asiento y acerco el plato, escucho su grito desgarrar el aire: —Chi è la puttana?! —escupe en italiano. Alzo la vista, sin inmutarme. —¿Qué? —pregunto con calma, no porque no la haya escuchado, sino porque quiero darle la oportunidad de retractarse. Pero no. La muy imbécil se planta frente a mí, los ojos encendidos, y repite con rabia en español: —¿Quién es la puta? Y antes de que pueda respirar, lanza un zarpazo y manda mi plato al suelo. La comida estalla contra el mármol, y algo dentro de mí se enciende como dinamita. En un parpadeo ya la tengo contra la mesa, mis dedos hundidos en su cuello. Aprieto, y aprieto más, mientras sus uñas arañan mi brazo inútilmente. Su rostro enrojece, sus ojos se desorbitan, pero no cedo. Nadie me falta al respeto. Nadie. —¿Parece que olvidaste con quién estás tratando? —le gruño, enloquecido, mientras el aire abandona sus pulmones. La puerta se abre de golpe. Uno de mis hombres entra, no me toca, pero grita desesperado: —¡Capo, basta! ¡Reaccione! ¡Se va a joder todo, todos sus esfuerzos a la basura! Su voz me atraviesa, no por compasión, sino por cálculo. Aflojo el agarre lo justo para que vuelva a respirar, pero enseguida la empujo con tal fuerza que cae al suelo como un trapo. —Agradece que todavía me eres de utilidad —escupo, con la rabia retumbándome en el pecho—. De lo contrario ya te habría roto el maldito cuello. Ella tose, se soba la garganta, las lágrimas le brillan en las comisuras. —Yo… yo creí que tú y yo… —Tú y yo, nada —la corto de inmediato, con la frialdad de una hoja recién afilada—. No fuiste nunca nadie, Francesca. Lo único que me interesaba de ti era lo que había entre tus piernas. Y ni siquiera eso me divierte ya. Le hago un gesto con la mano como si apartara basura. —Lárgate de mi vista antes de que cambie de opinión. La comida hecha trizas en el suelo me hierve la sangre. Maldita Francesca… por un segundo me provoca arrastrarla de los pelos hasta aquí, tirarla de rodillas y obligarla a lamer cada maldito grano del piso como la perra que es. Eso se merece por olvidar quién soy yo. Aprieto los puños, la mandíbula, pero mi mente viaja de inmediato a otro lado. A ella. A mi conejita. Malditasea… solo pensar en esa boca retándome, en ese cuerpo temblando bajo mis manos, me enciende más que cualquier otra cosa. Esa contradicción de odio y deseo que me regala me tiene atrapado. Podría quebrarla en dos segundos, tomarla hasta dejarla marcada para siempre, y aún así me contengo. ¿Por qué? Porque quiero que su rendición sea real, porque quiero que me pertenezca en cada respiro. No aguanto más. Agarro el abrigo, hago una seña y solo mi hombre de confianza me sigue. El resto no sirve para nada esta noche. La camioneta ruge en la oscuridad mientras la ciudad se abre ante mí. El volante tiembla bajo mi agarre, mis nudillos blancos. No hay más vueltas: la voy a buscar. No importa la hora. Allison es mía, y esta noche lo va a recordar. Mi hombre me espera en la entrada del hospital. Me dice que los malnacidos que intentaron acercársele no volverán a mirarla. Bien. Un problema menos. Pero luego agrega algo que me llama la atención: que desde que empezó a vigilarla no la ha visto probar un solo bocado. Frunzo el ceño. Así que además de testaruda es una maldita suicida. Camino por el pasillo y la encuentro en esa silla miserable. Está dormida, completamente rendida. Puedo escuchar su respiración pausada, el leve ronquido que se escapa de sus labios. Y por un segundo me sorprendo… porque me resulta tierno. Malditasea. Me acerco lo suficiente para que su perfume me envuelva. No es solo el perfume, es ella. Ese olor dulce, único, que me enloquece más que cualquier droga. Observo cómo sus pestañas tiemblan; sueña. ¿Conmigo? No importa. Debería. Bajo la mirada a esa camisa rota que ella, con su terquedad ridícula, se las ingenió para remendar. Amarrada de manera improvisada, apenas cubre lo justo, dejando más piel expuesta de la que yo permitiría que cualquiera viera. Ella es mía. Solo mía. Aprieto la mandíbula. No sabe el peligro que corre durmiendo tan tranquila con el lobo velando su sueño. Me inclino sobre ella, tan cerca que el calor de su piel se mezcla con mi aliento. Sus pestañas tiemblan, como si su propio sueño supiera que estoy aquí. Sonrío, maldito y satisfecho, y dejo que mi voz, baja y áspera, le atraviese el oído: —Si supieras lo mucho que deseo romperte hasta que no quede nada tuyo que no sea mío… no cerrarías los ojos nunca más, conejita. Apenas termino de murmurarle, se estremece como si la hubiera tocado con fuego. Sus ojos se abren de golpe y se incorpora de un tirón, con la respiración agitada. Yo me quedo ahí, observándola con calma, disfrutando de esa mezcla de miedo y desconcierto que solo yo puedo arrancarle. —¿Qué carajos haces aquí? —me escupe, los ojos encendidos de rabia. Me río bajo, esa risa que sé la enerva. —Siempre tan hostil, conejita. Le sujeto del brazo antes de que intente huir. Mis dedos aprietan justo la lado del moretón que lleva más arriba. Lo miro y sonrío. —Mira eso… una marca mía. Te queda bien. —¡Suéltame, maldito enfermo! —grita, forcejeando. En lugar de soltarla, la arrincono contra la pared, pegando su cuerpo al mío. Su respiración choca contra mi pecho y siento su temblor. Me quito el saco con calma, y se lo pongo al revés, tapándole el torso improvisadamente. —¿Qué… qué estás haciendo? —me dice entre dientes, sin poder ocultar el nerviosismo. Me inclino hasta su oído, mi voz baja, pero cargada de veneno posesivo. —No quiero que nadie vea la piel que me pertenece. Si alguien se atreve siquiera a desear lo que es mío… lo mato.... Aprieto más el brazo, obligándola a mirarme. —...Y luego vengo a recordarte quién manda aquí, conejita. Ella se retuerce como una fiera, pero la agarro de la cintura y la arrastro sin dificultad hasta la entrada. Sus uñas buscan mi rostro, mi pecho, cualquier parte que logre arañar, pero no consigue nada. La meto de un empujón en la parte trasera del auto, y mi hombre cierra las puertas con un golpe seco. —¿Qué van a hacerme? —escupe, los ojos vidriosos de rabia—. ¿Vas a matarme? Me acomodo en el asiento delantero, enciendo un cigarro y dejo que el humo se deslice lento entre mis labios antes de responderle. —¿Matarte? —repito, con una carcajada áspera que llena el silencio del auto—. Diversión habría en eso… pero tengo mejores planes para ti esta noche, conejita. Me giro apenas, lo suficiente para que vea mi sonrisa torcida. —Planes que harán que desees haberme conocido antes, aunque te mueras negándolo.
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