CAPÍTULO QUINCE

1581 Palabras
ALLISON. Trato de zafarme de las malditas cuerdas, pero lo único que consigo es quemarme las muñecas con cada movimiento brusco. El aire me entra con dificultad, como si la tensión me apretara el pecho tanto como esas sogas. La puerta se abre. Y ahí está él… Salvatore. Sonríe como si hubiera ganado la maldita lotería, esa sonrisa irresistible que en cualquier otro hombre sería encantadora, pero en él es macabra, un anuncio de que algo peor está por venir. Trae en las manos un montón de objetos que parecen sacados de un cuarto de tortura medieval. Agujas, frascos, vendas… incluso una pequeña lámpara que enciende y proyecta una luz fría sobre mí. —Por favor… —mi voz se quiebra, pero aún así me obligo a sonar firme—. Déjame ir. Él se detiene un segundo, me mira con esos ojos grises que parecen ver más allá de mi piel, más allá de todo lo que soy. La sonrisa en su rostro se ensancha, como si mis súplicas fueran un mal chiste. —¿Dejarte ir? —su tono es tan arrogante, tan seguro de sí mismo que me eriza la piel—. Apenas estamos empezando la diversión, conejita. Mi estómago se revuelve. El sonido metálico de los instrumentos que coloca sobre la mesa me perfora los nervios. No sé qué planea, pero lo sé con certeza: nada bueno viene de ese hombre cuando sonríe así. —Al principio pensé en tatuar mi nombre completo… Salvatore Giordano —dice, acomodando los instrumentos sobre la mesa con una calma que me hiela la sangre—. Pero tardaríamos una eternidad, y tengo mejores formas de ocupar el tiempo contigo. Así que serán mis iniciales. Justo aquí. —Señala mi vientre bajo, donde siento que me quemo bajo su mirada—. Donde empieza tu placer… para que nunca olvides quién fue el primero en tocarte, en reclamarte. Y justo donde se gesta la vida, porque tu presente y tu futuro me pertenecen. —Estás loco —escupo, revolviéndome contra las cuerdas. Él sonríe como si mis palabras fueran una caricia. —De todas formas sucederá. Si te mueves demasiado solo empeorarás el dolor… o podría empujar la aguja más de lo debido. Tú eliges. —Vete a la mierda, no me toques. Su ceño se frunce, aunque su voz suena casi paciente, como un profesor con un alumno rebelde. —Aprende esto, conejita: por las buenas puedes conseguir mucho más que por las malas. Saca un marcador y comienza a trazar líneas sobre mi piel, marcando el lugar exacto donde piensa sellar esas malditas iniciales. Me siento como una res marcada por su dueño, reducida a un objeto bajo su dominio. —Puedo tatuarme algo encima después —digo, apretando los dientes mientras lo desafío con la mirada. Él suelta una carcajada breve y seca. —Entonces tendré que poner mi marca en tu frente. A ver cómo borras eso. —Eres un maniático de mierda… controlador… obsesivo. —Y es lo único que vas a conseguir de mí. —Se inclina sobre mí, sus ojos grises brillando con arrogancia—. Disfrútalo mientras dure, porque normalmente me aburro rápido. Se coloca los guantes, aplica algo frío sobre mi piel —un anestésico, supongo—, y luego siento la primera punzada. La aguja se hunde en mi carne, haciéndome apretar los dientes y las manos hasta dolerme. —Maldita sea —gruño, más de rabia que de dolor. Él levanta apenas la vista, fugaz. —Te la dejo pasar… solo porque sé que estás sufriendo. —¿Cuál es tu maldita obsesión por controlar todo? —le lanzo, entre jadeos, con un hilo de voz envenenada. Su respuesta es inmediata, cortante: —Porque así sé exactamente de dónde vendrá el golpe… y cómo esquivarlo a tiempo. El zumbido de la aguja continúa. Y con cada trazo siento que me roba no solo la piel, sino también una parte de mí. **********************************************. No sé cuánto tiempo ha pasado. Podrían ser minutos o una eternidad, pero el zumbido, la presión y el ardor en mi piel me tienen al borde de un colapso. El dolor me atraviesa como fuego líquido. Cuando por fin lo apaga, siento un líquido frío extenderse sobre mi vientre. Solo entonces entiendo que terminó. El aire regresa a mis pulmones de golpe, como si hubiera estado conteniéndolo desde la primera punzada. Antes de que pueda reaccionar, inclina su rostro y me besa justo al lado del tatuaje, con esa devoción arrogante que lo hace ver como un artista contemplando su obra. Las lágrimas me arden en las comisuras de los ojos cuando lo miro. —Es injusto —digo con voz quebrada—. Llevar la marca de alguien que me considera basura. De alguien que solo me usará hasta aburrirse y después… adiós. ¿Por qué insistes tanto en que me someta a ti? Él sonríe de lado, frío, con ese brillo de superioridad que me eriza la piel. —Porque, aunque no quieras admitirlo, naciste para pertenecerme. Y porque no existe adiós cuando se trata de mí. Las palabras me atraviesan como otra aguja, más filosa que la anterior. ¿Qué otra cosa podía esperar de alguien como él? —¿Duele tanto? —pregunta de pronto, y por un instante su voz me desconcierta. Casi parece interesarle la respuesta. —Como el puto infierno —respondo, con rabia contenida. Su ceño se frunce, como si esa confesión lo incomodara más de lo que debería. Se inclina hacia mí, sus ojos grises clavados en los míos, y antes de que pueda apartarlo siento el peso de su intención. Giro la cara, negándome, pero su mano fuerte atrapa mi mentón y lo obliga a girar hacia él. Su boca se apodera de la mía, cruel, sofocante, arrogante, como todo en él. Y yo… me siento perdida. Me mira fijo, esa sonrisa de depredador pintada en su boca. —Solo hay una forma de apagar el dolor, conejita —gruñe. —¿Y cuál sería? —pregunto con sarcasmo, fingiendo que no me importa, aunque mi voz tiembla un poco. Se inclina, rozándome con la mirada de arriba abajo, y su respuesta me hiela la sangre y al mismo tiempo me enciende. —Haciéndote enloquecer de placer. Antes de que pueda lanzar otra burla, siento cómo tira de mi ropa con una decisión que me arranca un jadeo. El aire se me corta en la garganta cuando se inclina sobre mí, su aliento tibio bajando por mi piel, su boca reclamando lo que no debería tocar. La intromisión repentina de su lengua en mi intimidad me hace gritar, no de dolor, sino de esa maldita sensación que me atraviesa como un rayo. Odio mi cuerpo por traicionarme, odio la manera en que me arqueo contra él, pero es imposible negarlo: mi mente le dice que lo desprecia, pero mi cuerpo… se está volviendo loco. Mi cuerpo se tensa con cada movimiento, mis uñas arañan la sábana en un intento inútil de aferrarme a algo que no sea él. Quiero maldecirlo, quiero escupirle en la cara, pero mi garganta solo deja escapar gemidos que me avergüenzan. Su voz retumba grave contra mi piel, tan cerca que me eriza hasta el último rincón. —Mierda, conejita… tu sabor es un maldito vicio. Tan dulce, tan adictivo… ¿cómo esperas que me detenga ahora? Siento que el suelo desaparece bajo mí. Sus palabras son otra cadena, otra marca invisible que me ata incluso más fuerte que las cuerdas. Y lo odio por eso… lo odio porque una parte de mí no quiere que se detenga. Me arqueo sin poder evitarlo, cada caricia suya me arranca un gemido que me quema por dentro. Él sabe lo que hace, sabe exactamente dónde lamer, con qué intensidad y en qué ritmo… como si conociera mi cuerpo mejor que yo misma. Quiero hundir mis manos en su cabello, obligarlo a perderse más en mí, pero estoy atada y lo único que puedo hacer es estrujar las sábanas con desesperación. Pensar en esa necesidad absurda que despierta en mi, me hace sentir como una idiota. Una ola de placer me atraviesa, haciéndome tensar las piernas. Entonces, siento su dedo dentro de mí. Grito, no de dolor, sino de un placer tan punzante que me hace perder la razón. Se mueve dentro de mí con una maldita precisión que me arranca otro gemido más alto. Y cuando añade un segundo dedo, mi cuerpo se sacude, incapaz de resistirlo. Me vengo otra vez, temblando, rota, y sin entender por qué, de mis labios escapa un gemido ahogado. Su nombre. El maldito nombre del capo. Lo escucho gruñir contra mi piel, como un animal satisfecho. Me arde el rostro de la vergüenza, quiero tragármelo, hacer como si no hubiera pasado, pero ya es demasiado tarde. Sube hasta mi rostro y sus ojos grises me atraviesan como cuchillas. Me siento desnuda, incluso más que por estar atada bajo su cuerpo. —¿Lo oí bien, conejita? —su voz suena arrogante, letal, y la sonrisa ladeada en sus labios me revuelve el estómago—. Escuchar mi maldito nombre en tu boca mientras te venías… ha sido la mejor maldita sinfonía de mi vida. Lo dice como si hubiera ganado una guerra, como si yo fuera solo un trofeo. Y lo peor es que mi cuerpo lo delata: aún tiemblo bajo él, incapaz de esconder lo que siento.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR