8- Victor

2051 Palabras
Cuando desperté, ya era bien entrada la noche. Tallé uno de mis ojos, un poco atontada, y repasé con la mirada aquel extraño lugar. No era mi habitación. De pronto recordé todo lo vivido el día de ayer, y capté el hecho de que me había quedado dormida en la cama de Kim Theo. ¡No sólo eso! Sino que además el muchacho también se había dormido a mi lado. Tenía un brazo en mi cintura y una pierna sobre las mías, como si no quisiese que me fuera.   -¡Theo!-exclamé.   -Mmmh.   -¡Es de noche! ¡Nos hemos dormido!   -Mm...   -Hazte a un lado, debo regresar a cada.   -Quédate conmigo...   -¡Muévete!   -Estás calentita...   No se cómo lo logré, pero moví su pierna y me deshice de su abrazo. El muchacho seguía durmiendo con la boca abierta, ajeno a la situación. Dios mío, ¿qué pensarían mis padres? ¿Estarían buscándome?   Metí la mano en el bolsillo trasero del muchacho.   -¿Qué estás tocándome? -inquirió, con los ojos cerrados.   Pegué un respingo de la sorpresa, pero cuando mis dedos tocaron el frío metal de la llave la quité y sonreí con ganas.   -Adiós Theo... -murmuré, pero no obtuve respuesta.   El muchacho se había vuelto a quedar profundamente dormido.   Salí de su habitación y corrí escaleras abajo, para luego correr hasta la puerta de calle y no parar de correr hasta encontrarme frente a mi propia puerta. La abrí con un chasquido, e intenté hacer el menor ruido posible. La cerré despacio y, justo cuando iba a girarme...   -¿¡Cassandra Steel en dónde te habías metido!?   Cerré los ojos y suspiré hondamente.       Mientras paseaba entre las góndolas del supermercado, fijándome en las etiquetas de los productos y comparando sus precios, mi celular vibró en el bolsillo.   -¿Hola?   -¡Hija! ¡Olvidé decirte que traigas tomates!   -Está bien... ¿Algo más?   -Eh... ¡Oh, sí! ¡Trae cereales de chocolate! A tu hermana se le ha acabado y...   -Ahá -la interrumpí, cansada. Aún no había descansado luego de volver del instituto-. ¿Algo más?   -Creo que nada más, ¡gracias!   Colgué y volví a guardar el teléfono antes de tomar una lata de arvejas y meterlas entre las otras cosas que llevaba. Seguí arrastrando el changuito, dándome impulso con un pie y patinando sobre los azulejos blancos. Doblé entre las góndolas para acercarme a la zona de cereales, frenando al divisar la figura sentada en el suelo.   Mi corazón comenzó a palpitar más deprisa y supe que sonreía como una tonta: Victor yacía sentado en el suelo, sosteniendo una caja de cereales de chocolate en una mano y una de cereales de fruta en la otra. Las miraba alternativamente, muy serio; como si fuera la elección de su futuro. Mierda, era realmente guapo...   El muchacho giró para ver por qué alguien se le quería mirando como yo hacía y, ni bien reconocerme, se paró y me abrazó sin soltar las cajas de cereales.   -¡Eh! -exclamó-. Qué casualidad, ¿cómo estás?   Despegó el abrazo y me dedicó una sonrisa hermosa. Estaba muy cerca, tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Era muy alto, apenas más bajo que Theo. Y, además, no es que yo fuera muy alta que digamos...   -Eh... bien. ¡Bien! ¿Y tú?   -Pues -sacudió la cabeza- no puedo decidirme.   Hice una mueca y sonreí. Le quité la caja de cereales de la mano y la arrojé en mi changuito.   -Pues yo necesitaba ésta, así que el destino quiere que te lleves la de frutas.   El muchacho se rio y asintió con la cabeza, metiendo la caja en su propio chango.   Cuando me fijé en sus cosas, arrugué la nariz. ¿Chocolates? ¿Cheetos? ¿Gaseosas y golosinas?   -¿Qué es eso? ¿Te vas al cine? -me burlé, retomando camino.   El muchacho volvió a reírse con aquella risita cantarina que me ponía los pelos de punta y caminó a mi lado.   -Es tarde de juegos en casa de Theo -explicó, tomando de pasada unas oreos-. Se supone que era mi turno de hacer las compras.   -Parece que lo haces bien...   -¿A ti también te mandan a comprar? Yo creo que lo hacen con nosotros es explotación infantil.   Me reí, ocultando mi rostro entre los mechones de mi cabello oscuro.   -Oye... -comencé-. ¿Cómo te hiciste parte de la secta?   -¿Hablas del Club? -respondió con voz burlona-. Pues... conocí a Theo y Jamie en una habitación de juegos.   -¿En serio?   -Ahá. Ellos vieron que era bueno, y creyeron que podían ganarme... -sacó pecho como una paloma-. Ilusos. Aunque creyeron interesante tener a un estudiante de instituto que pudiera enseñarles un par de trucos.   Victor ya tenía todo lo que necesitaba, pero aun así me acompañó entre las góndolas para pagar juntos y marcharnos a mi barrio. Pese a mis rotundas negaciones, el muchacho se había hecho con mis bolsas de compras. Traté, realmente traté con todo la fuerza que tuve, de no ver por el rabillo del ojo como sus musculosos brazos se tensaban mientras llevaba el peso de bolsas repartido en ambas manos.   A medida que caminábamos por la acera, el muchacho se puso a cantar bajito. Me miró y yo le sonreí; por lo que subió un poco más el tono de la voz con confianza. Mierda, cantaba muy bien. Ese muchacho podía hacer de todo, ¡era perfecto!   -Oh... no hace falta -chisté, cuando le vi entrar en mi porche-. Déjalas ahí.   -Está bien -el muchacho apoyó mis bolsas en el suelo y me dedicó un repaso de pies a cabeza. Mierda, ¿por qué hacía eso? ¡Era incómodo que un chico lindo te mirase de aquella manera!   No pude evitar pensar en mis pequeños pechos y en mi inexistente trasero, e hice una mueca.   -Nos volveremos a ver, entonces-soltó.   -Eh... si, supongo-hice una corta reverencia-. Gracias... Victor.   Al muchacho le brillaron los ojos de una manera que me alarmó.   -Qué bonita -respondió, y se marchó al trote hacia la casa vecina.   Qué bonita.   Qué bonita.   Qué bonita.   Me giré como si no pudiera mover los músculos de la cara y abrí la puerta. Me agaché y recogí las bolsas. Las llevé a la cocina en silencio, sin mediar palabra incluso cuando mi madre me reprochó que hubiera tardado mucho. Subí a mi habitación como un autómata y, recién ahí, pude reaccionar.   -¡THEO!-exclamé.   El muchacho había hecho una especie de fuerte con mis almohadas, y se ocultaba del otro lado lanzándome una mirada fiera.   -En qué estabas pensando, ¿eh? -inquirió con voz calma.   Aunque su voz calma, sumado al tono grave, daban miedo.   -¿¡Qué haces en mi habitación!? ¿¡Cómo entraste!? ¿¡Quién te dejo entrar!?   Theo se levantó de su escondite, con el ceño muy fruncido y los brazos cruzados.   -¿¡Quién te manda a coquetear así!? ¿¡Por qué eres tan tonta!? ¿¡Cómo crees que ese mocoso se lo tomará!?   -¿De... de qué estás hablando?   -"¡Victor!"-me imitó, con voz aguda-. ¡Es casi una invitación!   -¿¡Invitación a dónde!?   -¡¡¡A tu cama!!!   -¡¡¡SAL DE MI HABITACIÓN EN ESTE INSTANTE O LLAMO A LA POLICÍA!!!   -La policía me conoce, me soltarán en cuanto les digas mi nombre -sonrió de lado, con malicia-. Soy un muchacho encantador a ojos de la justicia.   Fruncí el ceño y sacudí la cabeza. Ni siquiera quería preguntar cómo es que la policía lo conocía.   -¿Cómo entraste? -pregunté, con calma.   -Por la ventana -respondió, retándome con la mirada.   -¿Por qué me espías?   -No espiaba, sólo los escuche...   -Ya sí, claro.   Me sentía demasiado eufórica y molesta a la vez. Ahora entendía perfectamente: Theo no entiende el concepto de espacio personal.   -Quiero que te marches -dije-. Ahora mismo.   -¿Te gusta Victor?   Retrocedí cuando el muchacho comenzó a acercarse. Retrocedí tanto que choqué contra el borde del escritorio y Theo apoyó las manos sobre éste, a los lados de mis caderas.   -Dime que te gusta el mocoso, y me largo -murmuró.   ¿Para qué? ¿Para que corriera a decirle?   -No me gusta Victor.   -Mientes -sonrió.   -¡Vete!   -¡Te gusta Victor!   -¡Theo!   -¡Él te gusta!   -¡SI! ¡EL ME GUSTA!   El silencio me aturdió en los tímpanos. Theo retrocedió un poco, y hasta parecía afligido. Se rascó la nuca, perdiendo la sonrisa burlona con la que anteriormente me estaba molestando. Se dirigió a la ventana y, recién en ese momento, divisé el borde de la escalera que sobresalía. ¡Había puesto una escalera para trepar a mi ventana!   -Oye... -comencé. El muchacho se detuvo, con una mano en el marco de la ventana-. No le digas que me gusta, ¿sí?   Theo no se movió. Inspiró hondo y habló:   -No te preocupes, no pensaba inflarle más el ego.   De un saltito, se encontraba bajando por la escalera de madera; perdiéndose de mi vista.       Luego de aquel episodio, no había visto a Theo ni a ninguno de los chicos por el resto de la semana. Mi vida había vuelto a ser aquella rutina aburrida y perezosa aunque, si debía ser completamente sincera, me alegraba un poco tener tiempo para mí y mi silencio. Volví a escribir, me la pasé toda la tarde del sábado enfrascada en mi diario íntimo. Escribí sobre mi nuevo vecino...   Irritante, testarudo, inmaduro, molesto.   ... Sabiendo que aquel pequeño cuaderno iba a estar debajo de mi colchón hasta el día de mi muerte.   Pero es lindo, debo ser sincera. Es muy muchacho realmente guapo. Me gusta su voz grave y profunda, como de anciano pervertido, y su sonrisa infantil y tonta, como de niño de preescolar. Aunque, no lo sé, es raro. ¿Debería preocuparme por el que no me haya hablado durante tanto tiempo? Quizá realmente esté enojado. Aunque no tendría sentido, ¿se ponía tan cuida con su amiga menor de edad?  Espero que no... Le extraño. ¿Me estaré volviendo loca? Sé que no es él, es su forma de ser: extraño que alguien me saque a pasear. Debe ser eso. Debería salir más.   Así fue como la mañana del domingo me puse mis zapatillas deportivas y salí a correr. Y no es que me gustara demasiado, pero necesitaba espabilar ideas. En realidad, a veces ese era mi problema: si me quedaba mucho tiempo en casa mis pensamientos se acumulaban provocándome jaquecas y tristezas esporádicas; por ende necesitaba airearlas y hacer espacio para nueva información. Casi como una computadora.   El día estaba soleado, despejado, agradable. Justo cuando estaba a punto de girar y volver a casa, luego de correr unos dos kilómetros, vislumbré la cabellera castaña rebotando sobre una banda negra. Theo corría al frente, con su traje deportivo de maratonista que yo ya había tenido el honor de conocer. Los domingos serían su día de ejercicio, ¿eh? Tenía un poco más de sentido.   El muchacho comenzó a frenar hasta que su corrida fue sólo un trote, y luego una simple caminata. Era veloz, el muy molesto. Me aproximé a un arbusto y me oculté rápidamente, viendo que se giraba. Contemplé su rostro moreno, con la frente perlada de sudor y la boca semi abierta para tomar más cantidad de aire.   -Un buen día para salir a correr, eh -dijo, al aire, sonriendo.   ¿Hablaba solo? Mierda, estaba más pirado de lo que creía.   El muchacho comenzó a estirar los brazos, produciendo quejidos.   -Siempre es bueno estirar después de correr -prosiguió-. O podrías dañarte los músculos.   Miré hacia atrás y luego estiré el cuello para ver más allá. No. La calle estaba vacía. ¿Entonces con quien...?   -Sal de ese arbusto, ya te he visto -dijo, mirando en mi dirección.   Di un respingo de la sorpresa, el muchacho me miraba fijamente. ¿¡Cómo se había dado cuenta!?   -Ahora mismo iba a tu casa -sonrió cuando me vio levantarme con toda la cara roja-. Aunque no hace tanto frío, debería darme una ducha -cerró los ojos y aspiró con la nariz. Cuando los abrió soltó una exhalación abrumadora-. Se respira la primavera, ¿verdad?   -¿Por qué vendrías a mi casa? -protesté; había dejado de escuchar después de que dijo eso.   -¿Para cuidar a Mogu Mogu? -el muchacho comenzó a estirar las piernas.   -Te tomaste muy enserio lo de niñera, ¿eh?   -¿Qué puedo decir? Soy un chico responsable en lo que a trabajos se refiere.   -¿De qué hablas? Mi madre ni siquiera te paga.   -No hace falta -sonrió, y se puso en pie-. Me gusta hacerlo.   -¿Por qué?   Se encogió de hombros y soltó una sonrisa apretada, burlona.   -Me he ganado el corazón de tus padres, de tu hermana, del vecindario, y de la policía -entrecerró los ojos-. Pero por alguna extraña razón aún no me he ganado el tuyo. Creo que ni siquiera me he ganado tu simpatía.   -Pues tal vez porque a) me besaste sin permiso, b) me aplastaste un huevo en la cara, c) te reíste cuando me caí, d) entraste a mi habitación sin permiso, e)...   -Bueno, bueno -me interrumpió-. Ya entendí, soy un imbécil.   -N-No.   El muchacho se había quedado serio, mirándose los pies con la inocencia de un niño al que acaban de regañar. Levantó un poco la mirada.   -¿No? -inquirió.   -Eres odioso, pero no un imbécil -sacudí la cabeza.   -¡Entonces sí me quieres!   -¿Quién dijo que...? ¿¡Qué...!? ¡¡¡THEO BÁJAME!!!   Tarde, el muchacho me había vuelto a agarrar como a una bolsa de papas y corría en dirección a mi casa.
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