Noche de bodas
Punto de vista de Bree
El satén blanco de mi vestido de novia solía asociarse con la pureza, con los nuevos comienzos y la promesa de una vida compartida. Pero en este preciso instante, mientras arrastro las pesadas capas de tela por los escalones de madera de mi nueva casa, el vestido se siente como un sudario. El frío del pasamanos de metal no logra competir con el hielo que se instaló en la boca de mi estómago hace exactamente cuarenta minutos.
En mi mano derecha, el teléfono móvil vibra sutilmente. Mis propios dedos se aferran al aparato con tanta fuerza que mis nudillos han perdido todo rastro de color. Vuelvo a abrir la bandeja de entrada, leyendo las mismas palabras que destruyeron la frágil burbuja en la que viví los últimos seis años.
“Mientras lo esperas con ansias, él disfruta conmigo. En tu propia cama”.
El mensaje me había dejado completamente paralizada en medio del salón de banquetes. Lo peor no eran las palabras, sino el remitente. No provenía de un número cualquiera; venía del teléfono de Nadia, mi hermana adoptiva. La misma chica con la que crecí, a la que llamé hermana desde el día en que su familia me acogió tras la muerte de mi madre.
Adriel, mi ahora esposo, se había marchado hacía poco más de una hora con una excusa barata sobre un problema urgente de última hora en la empresa. Me dejó sola. Impulsada por un instinto primario, salí por la puerta trasera del salón sin decirle una palabra a nadie, subí a mi auto y manejé hasta esta casa de campo. El refugio donde se suponía que comenzaríamos a construir nuestro futuro.
Al alcanzar el final de la escalera, en la planta alta, el silencio de la residencia se quebró de golpe. Un sonido amortiguado viaja por el pasillo. Un jadeo. Luego, el inconfundible y rítmico eco de la fricción de la piel contra la piel, seguido de un gemido de placer que rasgó el aire con una obscenidad hiriente.
El aire escapó de mis pulmones en un suspiro entrecortado. Mis rodillas flaquean bajo el peso del tul y el encaje, viéndome obligada a recostarme contra la pared. Me duele. Es el día de mi boda y me están traicionando en mi propia casa y en mi propia cama, pero me niego a mostrarme desvalida o derrotada. La tristeza se transforma rápidamente en una fría y punzante armadura.
Mis pies comienzan a avanzar por el pasillo. Cada centímetro que acorta la distancia hacia la puerta entreabierta de la habitación principal se siente como caminar sobre cristales rotos, pero mantengo la frente en alto. Al llegar al umbral, me detengo detrás de la rendija de madera. La luz de la luna entra por el ventanal, iluminando la escena con una claridad despiadada.
Es Adriel y está con Nadia.
En lugar de romper a llorar o sentir lástima por mí misma, actuó con rapidez, desbloqueo la pantalla de mi celular, abro la cámara en modo de video y la apuntó directamente a través de la abertura de la puerta, comenzando a grabar. Si van a destruir mi vida, me voy a asegurar de tener cada maldita prueba en mis manos.
Adriel la toma con una brutalidad posesiva, con los ojos fijos en su cuerpo desnudo. No hay culpa en sus rostros; solo una lujuria desbocada y un disfrute cínico. Nadia deja caer la cabeza hacia atrás, soltando una risa ahogada.
—Eres tan bueno, Adriel... —gime Nadia, arqueando la pelvis para encontrarse con sus estocadas—. Es una verdadera pena que ahora estés casado con ella... Yo daría lo que fuera por estar contigo así... siempre.
Adriel suelta una risa ronca y horrorosa, sin detener el ritmo de sus movimientos.
—Seguiremos estando juntos, preciosa. No creas que voy a dejar de tenerte —responde él, con la respiración agitada—. Lo hemos hecho en secreto durante tres años, ¿por qué habríamos de parar ahora?
—Será más difícil... Ahora ella es tu esposa. Vivirá aquí, estará más cercana a ti, controlando tus horarios…
En respuesta, Adriel la sujeta con más firmeza por las caderas, hundiéndose en ella con intensidad antes de hablar con un desprecio absoluto que queda perfectamente registrado en el audio de mi teléfono.
—Bree hará lo que yo diga, como siempre lo ha hecho. Esa tonta nunca me niega nada, ni se atreve a cuestionar mis palabras. Es tan predecible... tan sumisa, que me aburre. Estar con ella es un maldito trámite. Tú eres la que me mantiene vivo.
Tres años. Habían estado juntos durante la mitad de nuestro noviazgo. Aunque sus palabras se clavan en mi pecho, mientras sostengo el teléfono firme grabando su burla, una extraña sensación de satisfacción me recorre las venas. Los tengo. Tengo la prueba irrefutable de su asquerosa traición. Esto no se va a quedar así.
Guardo el video, aseguró el teléfono en mi mano y me doy la vuelta. Bajo las escaleras a paso rápido, sin mirar atrás, saliendo de la casa hacia la fría noche. Subí a mi auto y, en cuanto cierro la puerta metálica, el aislamiento del vehículo sirve como el detonante definitivo para toda la presión acumulada.
Colapso sobre el volante. Un llanto desgarrador, pero esta vez lleno de una rabia volcánica y una furia incontenible, brota de mi pecho. Gritó con todas mis fuerzas, ahogando los alaridos en el interior del auto, y descargo mis puños una y otra vez con violencia salvaje contra el volante. Golpeó el cuero hasta que me duelen los nudillos, liberando la adrenalina y el asco que me provoca haber dado seis años de mi vida por personas que no conocen el significado del respeto.
Una vez que saco toda la furia de mi sistema, limpio mis lágrimas con brusquedad. Enciendo el motor y pisó el acelerador a fondo, saliendo del camino de tierra hacia la vía principal con el coche rugiendo en la oscuridad. Las luces de los postes pasan como ráfagas borrosas. La velocidad es demasiada, el pavimento está húmedo y la tormenta comienza a arreciar, pero no es eso lo que me hace acelerar más y más, alguien me sigue… Estoy segura de que me siguen.
Cuando me acerco al cruce que conecta con la autopista, intento pisar el pedal del freno para disminuir la velocidad y tomar la desviación.
El pedal se va a fondo, el auto no frena.
El pánico me golpea el rostro. Lo intentó de nuevo, bombeando con desesperación, pero los frenos fallan por completo. El auto sigue adelante, desbocado e implacable. Sin poder evitarlo, me lanzó directamente hacia el tráfico denso de la intersección.
El chirrido ensordecedor de unos neumáticos intentando frenar sobre el asfalto es lo último que escuchó de forma nítida. Un segundo después, un impacto brutal en el lateral de mi vehículo dobla el metal con un estruendo aterrador. Mi cuerpo es sacudido violentamente hacia un lado, mi cabeza golpea con fuerza contra la ventanilla y una punzada de dolor cegador me nubla la vista.
Siento cómo la inconsciencia me arrastra hacia un pozo oscuro, pero justo antes de perder el conocimiento por completo, el frío de la noche me golpea el rostro. Alguien destruye la puerta, rompe el metal y me saca con cuidado de los restos humeantes del auto. Siento la presión de unos brazos increíblemente fuertes y protectores levantándome en vilo, y unos dedos firmes pero extrañamente suaves acarician mi mejilla herida en medio de la penumbra.
Intento abrir los ojos para ver su rostro, pero mi vista se nubla definitivamente y me desmayo, entregándome por completo a la oscuridad.