Ese imbécil no se saldría con la suya. Tenía que ser él, ¿Quién si no? Fue muy tarde cuando reparó en mi cercanía, lo agarré por las solapas de su prenda de vestir y lo zarandeé dos veces. —¿Por qué me sigues, Abraham? —gruñí muy cerca de su cara, a nuestros lados las personas que sacaban libros de los estantes a pocos metros se sorprendieron por la violenta actitud en un lugar tan tranquilo como aquel. No hablé en voz alta, pero las personas miraban y se alejaban de inmediato. Me miró con recelo y separó con asco mis manos de su chaqueta. —No me toques —exigió con vehemencia. —¿Dónde la tienes? —inquirí exigente. —¿De qué hablas? —preguntó con la expresión fruncida. Josephine llegó hasta nosotros, pero no intervino aunque percibí que quería hacerlo. —La cá

