La lluvia emitía el mismo rumor de hace algunos minutos, un centellazo y luego un trueno débil. Más allá de la cama había agua sobre el suelo, fragmentos de vidrio, ropa y sangre. Mi entrecejo fruncido sobre los globos oculares de Josephine, no me detenía a mirar uno solo de sus ojos durante más de dos segundos. —No es verdad —quise darle a entender que aquello era un chiste de mal gusto mientras me alejaba de ella en un acto inconsciente, sin dejar de verla a la cara, ella estaba sentada en el borde de la cama con la espalda recta y una pierna sobre otra en un acto de señora. —Oh, baby. Claro que es cierto —insistió sin urgencia, asintiendo—. Tu padre me ofreció más dinero de lo que normalmente se le entrega a un sicario si asesinaba a la persona que más de una vez le amen

