En medio de todo aquello yo era no más que el cerdo del banquete que ahora disfrutaría el diablo, cuyo mesonero era el miedo que retorcía mis entrañas y que cortaría cada una de mis partes lentamente para servirlas en un plato que a continuación ofrecería a su amo. Pataleé como pude ya con el agua más arriba de las rodillas, rosando la mitad de mis muslos mientras mis sacudidas eran incesantes y la sangre comenzaba a emanar en hilos desde mis muñecas debido a los raspones que provocaban los grilletes. —Tania, por favor —supliqué—. No lo hagas. Sácame de aquí. Ella me miraba, sonreía con una pequeña curvatura en sus labios y mantenía sus brazos cruzados frente al cristal, muy cerca de mí. El agua ya tocaba mi vientre, estaba muy fría y con

