El martillo golpeó el yunque. La audiencia tomó asiento y yo estaba ante un podio a la izquierda de la jueza que con ojos grandes y nariz aguileña había escuchado con atención el debate que había tenido Josephine junto a los abogados. Todo acontecía frente a mis ojos a cámara lenta, me estaba sintiendo como un alma fuera del cuerpo que observaba a mi persona hablar, tan pálida, delgada y aspecto lelo, evidentemente después de tantos golpes emocionales mi mente había quedado algo atrofiada. Ni en el teatro del cole me habían carcomido los nervios como esa vez ante el jurado, los abogados, la jueza y el público. Mentalicé que estaba sola, en un cuarto oscuro y que decía a la nada todo lo que en realidad deseaba que hubiera acontecido. Entonces, bajo juramento, lo di

