–Steffano, cariño ¿Acaso no tienes hambre? Le preguntó Emiliana mientras veía al cabizbajo niño mirando el plato de comida y sin atreverse a tocarlo. Por lo general no tenía esos problemas con su hijo, siempre decía que heredó el apetito de su padre, así que casi nunca le pedía que se animara a probar un bocado. Esta vez la situación parecía distinta, Steffano tenía los ojos tristes y la expresión pérdida, no era el niño alegre que conoció al comienzo, tampoco un comportamiento propio de su edad. –Quiero que mi mami me alimente. La extraño, quiero estar con ella. Sollozó con aquella vocecilla que le partió el corazón. Quizá se debía al instinto maternal, o tal vez al embarazo, pero tener una respuesta de esa magnitud le removió todos aquellos sentimientos interiores. –Tu mamá me con

