Alonzo Meter a Lia a mi habitación sin hacer ruido fue todo un desafío. Cuando logré callar sus estrepitosas carcajadas con besos y por fin tenderla sobre mi amplia cama, aproveché el momento para cerrar mi puerta con seguro desde adentro. Me deshice de la camiseta en lo que me volví hasta donde la deje y la observé como un depredador a su presa. Parecía más feliz y cómoda de lo que jamás la había visto, tal vez por los efectos del alcohol, pero qué más daba, yo también me encontraba al borde de todas mis emociones. Extendió uno de sus pies hacía mi a modo de juego y no dudé en tomarlo, subiendo el toque hasta su pantorrilla y muslo. –Alonzo, te estás portando mal. –bromeó juguetona, mientras yo me recostaba sobre toda su humanidad rogando por un beso– –Y no tienes idea de las gana

