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El hijo secreto del Marine

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Descripción

El sargento Jon Tyler regresa a casa del despliegue en Afganistán con el corazón destrozado: su esposa ha muerto en un trágico accidente de coche. La devastación se multiplica al descubrir que no estaba sola; lo engañaba con su mejor amigo, el mismo hombre que iba con ella en el asiento del copiloto. Jon se encierra en un abismo de dolor y resentimiento, convencido de que nunca más volverá a sentir.En un pequeño y solitario restaurante de carretera, Jon se cruza con Alicia, una camarera de espíritu fuerte y estudiante de psicología que, sin saberlo, comparte un legado de sacrificio militar en su propia familia. A medida que la noche avanza y el restaurante se vacía, Alicia percibe el dolor abismal en los ojos de Jon. Rompiendo sus propias reglas, le ofrece más que una comida gratis: le brinda palabras de consuelo que logran perforar el muro que él ha levantado. Jon, inesperadamente vulnerable, le confiesa que, en su desesperación, intentó ahogar sus penas en los brazos de extrañas, pero el vacío era inmenso.Atraída por la autenticidad y el tormento del marine, y viendo en él al hombre que siempre había buscado, Alicia hace una propuesta audaz e impensable para ella: le ofrece un consuelo sin ataduras, una noche de escape de sus fantasmas. Sin embargo, al amanecer, Alicia despierta sola. Jon se ha ido, desvaneciéndose en el desierto, llevándose consigo la promesa tácita de un nuevo comienzo. Alicia se consuela pensando que, por primera vez, tuvo el valor de tomar las riendas de su vida, sin saber que esa noche de pasión sin nombre había plantado una semilla irreversible. Días después de aquel encuentro, Alicia descubriría que estaba embarazada.

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Capítulo 1
Alicia levantó la vista de su libreta de pedidos y miró al marine, el único cliente a esas horas. —¿Sabe qué? Ya que estoy a punto de cerrar, ¿le gustaría que le preparara un plato del día? —Vio cómo el hombre fruncía el ceño—. Por cuenta de la casa. Es mi forma de agradecerle todo lo que hace. Era un típico marine del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos; sonrió. Ella lo sabía bien, pues su familia era de marines. Desde que llegaron a este país a principios del siglo XX, los hombres de la familia habían servido con orgullo a su patria adoptiva. Su tatarabuelo había sido soldado raso en la Primera Guerra Mundial, y su bisabuelo había servido como marine en el Pacífico. Pero ellos habían sido los afortunados que regresaron a casa con sus familias. Alicia llenó el plato con una selección de la mejor comida de su abuela: un tamal grande, una enchilada, arroz con frijoles y una generosa porción de bistec y pollo a la parrilla. Los marines siempre estaban demasiado delgados, y este hombre no era la excepción. Su abuela ya se había ido a casa. Alicia le había insistido en que se cuidara estos últimos años desde su infarto. Lo irónico era que Alicia no provenía de una familia latina numerosa; solo tenía a su abuela. Su padre era hijo único; su abuelo murió en Vietnam antes de tener hermanos. Fue una maldición que se repetiría cuando su propio padre murió en la Guerra del Golfo. Su madre se marchó un par de años después, y Lauren suplicó que la dejaran quedarse con su abuela. Apenas la había visto un puñado de veces en los últimos casi veinte años. El microondas industrial sonó y Alicia sacó los dos platos con guantes de cocina. Con agilidad, abrió de golpe las puertas dobles que separaban la cocina del comedor. Sonrió al poner el plato sobre la mesa frente al hombre. —Espero que te guste. Si quieres más, avísame. Tengo que terminar de limpiar en la cocina. Él asintió con la cabeza. —Gracias, señora. —Alicia. Me llamo Alicia. —Lo observó un instante. Él asintió y cogió el tenedor. Frunció el ceño; por lo general, los marines que llegaban allí eran demasiado amables. Más de uno había intentado ligar con ella, lo que solía provocar que su abuela saliera de la cocina con una escoba en las manos artríticas. Pero este tipo era diferente; parecía estar a años luz de distancia. Alicia lo observaba mientras limpiaba el comedor. Su abuela ya había limpiado la cocina, así que Alicia solo necesitaba guardar un par de cosas en el refrigerador y volver a limpiar el microondas y la zona de preparación de alimentos. El hombre parecía disfrutar de su comida, engullendo grandes bocados con el tenedor. Pero, por su figura alta y delgada, era obvio que la quemaría con facilidad. Estos hombres solían hacerlo. Cuando se llevó el último bocado a la boca, ella se acercó a la mesa. —¿Te puedo servir algo más? La abuela hace una tarta de manzana riquísima. Él negó con la cabeza y la miró. A ella se le heló el corazón al ver sus profundos ojos azules, ojos que reflejaban un dolor tan intenso que le impedía respirar. —No, señora. Aunque estaba delicioso. Alicia no solía ser muy habladora, ni de las que ilusionaban a los hombres; cumplía con su trabajo atendiéndolos, pero a diferencia de la otra camarera que había trabajado para su abuela durante años, ella no coqueteaba. Sin embargo, algo en aquel hombre la atrajo. —¿Estás destinado aquí? Negó con la cabeza. —Solo estoy en casa unas semanas de permiso. Regreso mañana. No necesitaba preguntar adónde; la mitad de las tropas de la base de los Marines estaban desplegadas en Afganistán. Llevaban allí más de una década. Cada vez que entraba otro en la cafetería antes de partir, su abuela tomaba la cruz que llevaba al cuello y la besaba, dando gracias de que Alicia hubiera sido una niña y no otro niño para sacrificar por el deber y el honor. Pero aun así, intentaban cumplir con su deber. —¿Te vas? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó mientras retiraba los platos de la mesa frente a él. —Seis semanas. Mi esposa murió en un accidente de coche —dijo con voz completamente apagada, pero eso explicaba el dolor en sus ojos. —Lo siento —murmuró ella. Él asintió. —Gracias por la comida, señora. Creo que debería irme, que usted pueda salir de aquí. Alicia sabía que tenía razón, pero algo en su interior le decía que había más en la historia de aquel hombre. Negó con la cabeza. —No, una taza de café y un trozo de tarta. Antes de que te vayas. Frunció el ceño y miró su reloj. —Supongo que si es rápido, señora. Sonrió y desapareció de nuevo en la trastienda. Frunció el ceño mientras metía el pastel en el microondas y se servía dos tazas de café n***o caliente. ¿En qué estaba pensando? Era obvio que el hombre estaba disgustado, pero en la base había capellanes y consejeros. Seguro que habría hablado con ellos. Aun así, su corazón la impulsaba de vuelta a la mesa. Sonrió al dejar el platito de tarta y la taza de café frente a él. Pero esta vez, en lugar de ocuparse de limpiar, tomó su propia taza de café y se sentó en la mesa frente a él. —Siento lo de tu esposa. Debe ser duro. Se encogió de hombros de nuevo mientras se llevaba un bocado de tarta a la boca. Sus ojos se clavaron en los de ella mientras masticaba, como si la estuviera estudiando. El corazón de ella dio un vuelco al contemplar aquellos ojos azules. Él suspiró al dejar el tenedor en el plato. Levantó su taza de café humeante y tomó un sorbo. —La verdad es que no estaba sola cuando la mataron. Mi antiguo mejor amigo iba en el coche con ella. Tenían una aventura. Alicia intentó disimular su sorpresa. Sabía que esa era la reacción que el hombre buscaba provocar. Eso, y tal vez lástima. En lugar de eso, se irguió y lo miró a los ojos: —Sucede con más frecuencia de la que debería. Mi madre reemplazó a mi padre antes incluso de que su cuerpo se enfriara bajo tierra. Mi abuela siempre sintió que probablemente andaba de infidelidad antes de que papá muriera. Él le sonrió y asintió. —¿Familia del Cuerpo?

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