XLII Al abrir la puerta de su casa pudo percibir de primera mano el aroma del perfume de su esposa, rondando como la brisa por todas partes. Entró como lo hacía antes, sin ánimo alguno de hacerlo, quedándose en el vestíbulo, mirando a la nada, bajo esa odiosa luz cálida de las lámparas de nido. Tragó saliva y mordiendo sus labios, fue al fin hacia el salón comedor. De manera ingenua empezó a buscarla a ella, al pequeño, como si de verdad creyera que aún estaban por ahí en alguna parte. Dio unos pasos más hasta la cocina, todo estaba en silencio, los aromas no eran a comida, eran de fresco limón. Anita había dejado todo en mucho orden antes de marcharse también. La puerta principal se cerró y los ojos de océano se dirigieron hacia ese lugar. —¿Alexander? —preguntó su amigo, que no lo ha

