No es que estuviera en el sótano, encerrada y con grilletes en los tobillos. Podía salir, corría un par de cuadras en las mañanas, iba a la tienda, a la biblioteca, hacía caminatas en el bosque, hacía cosas, ya saben; normales.
Aunque… la expresión “YO HACÍA”, no es la correcta, sería más bien “NOSOTRAS HACÍAMOS”. Mi mamá y yo corríamos un par de cuadras en las mañanas, mi mamá y yo íbamos a la tienda, mi mamá y yo íbamos a la biblioteca, mi mamá y yo hacíamos caminatas en el bosque.
Toda actividad, por mínima que fuera, si implicaba poner un pie fuera de casa, la hacía con mi madre. Salir sola, aunque fuera al jardín, era totalmente inconcebible.
Amaba a mi madre, realmente la amaba, pero era asfixiante sentir su presencia como una sombra en cada paso que daba.
El día de mi cumpleaños número diecisiete, como todos los años, desayunamos en el Café & Restaurant Stanica. Era nuestra tradición, y ya hacía un par de años que esa tradición apestaba.
Quería una fiesta de cumpleaños normal; con amigos, no con mi madre. No tenía idea de qué era lo que hacían las chicas de mi edad en la vida real, según las películas; ir a fiestas, beber alcohol, fumar hierba y besar chicos, yo también quería un poco de eso.
—Feliz cumpleaños cariño —me deseó mi madre mientras encendía la vela del pequeño muffin decorado con merengue morado y pequeñas estrellas plateadas. —Pide un deseo —susurró y yo le regalé la mejor sonrisa que pude fingir.
Cerré los ojos con un solo pensamiento en la cabeza; el mismo deseo de siempre, quizás ese año si se me cumplía. Apagué la llama de un soplo…o al menos eso creí, estaba segura de que había apagado la vela, pero al abrir los ojos descubrí que no, lo intenté otra vez, la vela se apagó y se volvió a encender, le eché una mirada de reproche a mi madre que reía a carcajadas.
Soplé una tercera vez y miré frustrada como la llama que acababa de desaparecer ante mis ojos se volvía a encender.
—Eso tardará un rato —dijo un chico junto a nuestra mesa. Cuando lo miré, sus mejillas enrojecieron —mi nombre es Ryan —dijo, y me pareció el chico más lindo del mundo
No es que conociera a muchos chicos: Ethan; el cajero de la tienda; sabía su nombre porque lo llevaba escrito en esa pequeña placa de metal en el lado derecho de su pecho. También estaba Luck, el ayudante de la biblioteca; la señorita Sutherland no dejaba de mandarlo de un pasillo a otro con pilas y pilas de libros para ordenar. Aparte de ellos….ehh, Ryan era el único chico real en mi vida.
—Sí, cumplo diecisiete —le contesté y sentí mis mejillas arder en cuanto hablé
—¡Felicitaciones! —Extendió una carta con el menú y en ese momento noté que llevaba puesto un delantal rojo encima —pueden elegir lo que deseen de la sección de postres —dijo en voz baja —la casa invita, por tu cumpleaños.
—Y dime Ryan…¿hacen esto con cada cliente que viene aquí a celebrar su cumpleaños? —preguntó mi madre. Yo le di un puntapié por debajo de la mesa. Ryan se puso rojo como un tomate.
—La verdad es que no, pero…es que…ehh
—Tranquilo cariño…solo bromeo —dijo mi madre entre risas— Muchas gracias, es un bonito gesto.
—No es nada —dijo Ryan notablemente aliviado— Y…nuevamente, feliz cumpleaños emm…
—Levana, me llamo Levana —le aclaré
—Levana —dijo mi nombre con un brillo intenso en los ojos. No pude sostenerle la mirada, examiné la lista de postres
—Yo voy a querer un Tufahije dijo mi madre
—Yo también —dije. Ryan asintió
—Dos tufahijes —dijo apuntando en su pequeña libreta que acababa de sacar del bolsillo del delantal— vuelvo enseguida —agregó.
Mi madre y yo nos miramos, ella sonreía con picardía, yo me moría de vergüenza, aunque a esas alturas, me había convencido de que si algún día llegaba a tener novio, ella estaría ahí, incluso para el momento en que tuviésemos sexo.
Después de comer su tufahije, mi madre se fue al baño, entonces, miré a mi alrededor, estaba sola, mi madre había bajado la guardia. Noté que Ryan se acercaba y mi corazón empezó a latir muy de prisa, mis manos se pusieron heladas.
—¿Quieres ir a una fiesta? —me preguntó mientras se sentaba y mi corazón dio un brinco de… ¿alegría? ¿miedo? ¿ambas? ¡Por Dios! Me estaba invitando a una fiesta, ni siquiera lo conocía, pero eso no importaba, quería ir.
¡!Siii!! grité para mis adentros, pero no podía exteriorizarlo. Permanecí ahí frente a Ryan con una gran cara de estúpida, sonriendo como idiota y sin poder pronunciar una sola palabra.
»Este es mi número —dijo cogiendo mi mano y poniendo en ella una servilleta —háblame si quieres que pase por ti.
Yo sudaba como puerco y rogaba que él no lo notara. Echó un vistazo hacia los baños y se puso de pie de un salto. Puso la cuenta sobre la mesa y se alejó. Apreté mi puño con fuerza frunciendo el trozo servilleta.
—Han traído la cuenta —dije en cuanto mi madre se sentó, tenía que dejar claro que Ryan se había acercado a la mesa solo para traer la cuenta y no para invitarme a una fiesta.
El día transcurrió como todos los años, llegamos a casa, vimos TV, ordenamos pizza para el almuerzo y lo mismo para la cena.
—Estoy cansada —le anuncié a mi madre —iré a dormir.
Esa no era una mentira fácil de tragar, apenas eran la siete y yo acostumbraba a ver televisión hasta pasada la media noche.
Subí a mi habitación y me puse un piyamas gris de dos piezas con corazones rosas estampados, bajé a lavarme los dientes. Le di un beso de buenas noches a mi madre, y volví a mi habitación.
Me metí en la cama y supe cuando mi madre había apagado la televisión; nuestra casa era tan pequeña que ambas podíamos escuchar con facilidad lo que hacía o dejaba de hacer la otra.
Entró a su cuarto y empezó a susurrar.
Caminé hacia la pared que separaba nuestras habitaciones, acerqué mi oído y para mi sorpresa pude escuchar con claridad, no solo lo que ella decía sino también lo que decía la persona con la que hablaba.
—Escúchame bien. Volveré porque hace muchos años descubrí un secreto que no me deja dormir en las noches. Volveré para hacerles frente aunque tenga que convocar a los clanes del norte.
—Sabes que yo te apoyaré en lo que necesites —respondió un hombre de voz grave
—Sí, lo sé. Sé que tú me apoyarás. Tengo que colgar. Te quiero mucho Ezequiel. Cuídate.
Mi madre acabó con la llamada antes de que el hombre con el que hablaba pudiera responderle.
Las interrogantes empezaron a anidar en mi cabeza. ¿Quién era Ezequiel? Mi madre lo quería y confiaba en él. ¿Un viejo amor? ¿Un novio? ¿Un amante? Llegué a pensar que podía tratarse de mi padre, pero eso era imposible, mi madre había sido muy clara conmigo; en cuanto tuve edad para entenderlo, me había explicado que ella no era mi madre, que me había encontrado tirada en el bosque; una pequeña e indefensa bebé echada a su suerte, no tenía idea de quienes eran mis padres biológico, ni de por qué me habían abandonado.
Pero en ese momento aquellas dudas en torno a mi origen eran lo de menos, lo que realmente me preguntaba entonces era ¿A dónde volvería mi madre? ¿Qué había descubierto? ¿Qué eran los clanes del norte?
Escuché la puerta de la habitación de mi madre abrirse y cerrarse, corrí a mi cama y me cubrí con las sábanas.
Mi madre entró a mi alcoba, me quitó la sábana de la cara muy despacio, me dio un beso en la frente y acarició mi mejilla, sentí el impulso de abrir los ojos y abrazarla, debí hacerlo. Todavía puedo sentir sus labios cálidos sobre mi piel cada vez que me voy a dormir.
Después de dar vueltas en la cama un par de horas, me puse de pie, rebusqué entre la ropa sucia y saqué del bolsillo de mis vaqueros el trozo de servilleta arrugado.
Le envié un mensaje a Ryan con mi ubicación y me vestí. No tenía ropa para ir a una fiesta por lo que cogí del closet lo más decente que encontré.
Me vi al espejo, mi piel estaba más pálida que de costumbre y mis ojeras eran horribles. Deseé tener maquillaje.
Bajé a hurtadillas las escaleras, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no hacer rechinar los tablones. Al llegar a la puerta cerré los ojos deseando atravesarla sin tener que abrirla, no ocurrió, no era así de fácil.
Abrí despacio y me asomé, la brisa helada colisionó contra mi cara y mi corazón brincó descontrolado, sentí la sangre fluir en mis venas a una velocidad desmedida. Lo estaba haciendo; estaba escapando de casa a mitad de la noche.
Algo dentro de mí me obligó a elevar la mirada y una fuerte sensación se apoderó de mi cuerpo cuando contemplé la luna; redonda, reluciente, mítica.
El zumbido de un motor acercándose interrumpió aquel trance inexplicable. Y no sabía qué demonios me pasaba, pero corrí hacia el ruido, seguí el olor a combustible, a goma de mascar de frambuesa y a perfume de catálogo.
Corrí tres cuadras y me paré a la mitad de la carretera cuando divisé una motocicleta, esta se acercó y me esquivó, me di la vuelta para ver qué rumbo tomaba. El motociclista se orilló y bajó de la moto. Caminó hacia mí
—¿Levana? ¿eres tú? —gritó el chico vestido de n***o, redoblando el paso mientras se quitaba el casco.
—¿Ryan? —dije su nombre con un tono tan cargado de duda que podía imaginar un gran signo de interrogación flotando sobre mi cabeza.
No parecía el mismo chico que me había atendido en el Stanica esa mañana, llevaba el cabello peinado hacia atrás, camiseta y jeans ajustados, botas militares. Era imposible imaginarlo con su delantal rojo sirviendo tufahijes, pero olía a Ryan: combustible, goma de mascar de frambuesa, y perfume de catálogo.
Iba enganchada en su cintura planteándome la posibilidad de regresar a casa, ponerme el piyamas de estampado de corazones y tratar de dormir pensando en lo que pudo pasar. Pero me resistí a esa idea, tenía que liberarme, al diablo mi madre y sus preocupaciones, ella tenía que entenderlo tarde o temprano, no podía encerrarme en casa por siempre.
Todos conocían a Ryan , daba dos pasos y se detenía a saludar a alguien, me había cogido de la mano y me había dado un vaso plástico rojo. Le di un trago al contenido y mi cabeza se expandió y se contrajo, después de unos cuantos vasos rojos me costaba percibir lo que ocurría a mi alrededor.
—¿te sientes bien? —preguntó Ryan susurrándome al oído.
—No —le contesté— estoy algo... mareada
—¿Quieres ir a un sitio más solo? —me puso la mano sobre el hombro acariciando mi piel con la yema de sus dedos, sentí como se erizaba cada vello de mi cuerpo.
La música me retumbaba en la cabeza, no podía oír mis propios pensamientos.
—Sí —contesté— vayamos a otro sitio
—¿ A mi habitación? —preguntó él y yo asentí. En aquel momento no había comprendido la implicación de aquella pregunta, vaya que era ingenua.
Subimos las escaleras hasta llegar a un pasillo largo y estrecho, con muchas puertas.
—¡Por Dios! ¿¡cuántas personas viven aquí!? —las palabras salían de mis labios con dificultad
—Todos los chicos de la fraternidad —respondió Ryan y se detuvo—este esta es la mía —señaló extendiendo su brazo hacia la última puerta del pasillo.
Se paró frente a mí y me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, seguramente estaba despeinada después del viaje en moto, imaginé mi melena cobriza alborotada sobre mi cabeza.
Ryan sonreía con la malicia de quien esconde un secreto, su perfecto rostro se hizo borroso mientras se me acercaba, cerré los ojos y sentí sus labios rozar los míos ¡me besó! ¡me está besando! No quiero besarlo ¿o sí? Aquel dilema fue el último pensamiento que surcó mi mente antes de quedar inconsciente.