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La heredera del alfa

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chica buena
heroína genial
bxg
alegre
misterio
de enemigos a amantes
first love
escuela
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Descripción

Levana Campbell es una adolescente con poderes especiales que se embarcará en una peligrosa aventura para conseguir al asesino de su madre. En el camino, se verá envuelta en una guerra entre clanes de licántropos sin imaginar que ella es el motivo de los enfrentamientos.

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La niña en el ala del avión
Ana abrió los ojos despacio. Miró por la ventanilla el cielo difuminado entre las nubes. Se frotó los ojos, y al girar hacia el asiento de al lado, el corazón le dio un brinco, haciéndole sentir un vacío inmenso en el pecho. Levana no estaba. —¡Levana! —dio un grito ahogado mientras se ponía de pie, se sostuvo del respaldo de su asiento y miró hacia atrás. El avión iba casi vacío, pocas personas viajaban a Bosnia y Herzegovina en esa época del año, en realidad, pocas personas viajaban a Bosnia y Herzegovina en cualquier época del año. Por eso había elegido Mackovac, un pequeño pueblo ubicado en la parte central de Bosnia y Herzegovina, como destino para comenzar de nuevo. Las posibilidades de que la encontraran ahí eran casi nulas. La mayoría de los pasajeros dormían, los que no, la miraron con ojos inquisitivos, achicando la mirada. »señorita, mi hija no está —le gritó a la azafata mientras caminaba por el pasillo a zancadas. Al llegar al baño se percató de que estaba ocupado y golpeó la puerta con empeño —Señora, tengo que pedirle que se calme, por favor. No tiene de qué preocuparse, le ayudaré a encontrar a su hija—la azafata se le acercó por atrás, cogiéndola con suavidad del brazo y ofreciéndole una sonrisa amable. Ana abrió la boca para decirle a la azafata que no se calmaría hasta encontrar a su hija, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la puerta se abrió y apareció una niña de piel tostada, cabello rizado y grandes ojos negros que miraba a Ana y a la azafata.  »Lo ve, su hija está bien —dijo la azafata sin quitar de su rostro la expresión cordial. —Ella no es mi hija —dijo Ana con la voz quebrada mientras la niña se alejaba por el pasillo —la azafata frunció ligeramente el ceño. —Ah, entonces…la buscaremos —la azafata mantenía su tono calmado, pero el desconcierto asomaba en su expresión Se encaminó hacia el baño ubicado en el otro extremo de la cabina, estaba vacío. —¡Oh por Dios! ¿Dónde está mi pequeña? —la voz de Ana se quebró y sus ojos estaban vidriosos de aguantar las lágrimas que se apresuraban a salir —No se preocupe señora, la encontraremos —la azafata rubia de piernas largas se acercó a su compañera pelinegra, un tanto menos agraciada, pero igual de elegante y le susurró al oído. Ana la seguía de cerca, pero no alcanzó a escuchar lo que le decía, la otra azafata abrió los ojos y caminó apresurada hasta que se desapareció al finalizar la cabina. Recorrieron la clase ejecutiva,  primera clase y volvieron a clase turista sin conseguir a la pequeña Levana. —Vuelva a su asiento —le dijo la azafata a Ana —quizás haya regresado. Ana hizo caso, pero al comprobar que Levana no había vuelto, se tiró en su asiento. No pudo contenerse, rompió en llanto, las lágrimas desbordaban copiosas por sus mejillas enrojecidas. Gimoteaba sin control. Los pasajeros empezaron a murmurar, algunos se mostraban preocupados y apenados por la situación de Ana, otros se quejaban de que no los dejaba dormir con el alboroto. —Me parece que ella ha subido sola —una voz se alzó entre los murmullos. Ana respiró profundo al escucharla —Sí, yo la he visto sola —dijo otro pasajero —los cuchicheos se intensificaron —¡Está loca! —gritó un tercer pasajero a la vez que la azafata se acercaba a Ana. —Señora. ¿Está segura de que su hija abordó el avión? Ana enjuagó las lágrimas de sus ojos y miró a la azafata indignada —No estoy loca, mi hija abordó el maldito avión y ha desaparecido. Si algo le ocurre demandaré a la aerolínea —Ana se había levantado de su asiento y gritaba a todo pulmón —Señora, ya cállese, nos está asustando —dijo una joven sentada  unas cuantas filas atrás —Ya callen a esa loca —dijo un chico Y pronto el bullicio se hizo insoportable, algunos se quejaban del ruido, otros pedían empatía con la señora. Ana cogió su bolso y sacó de este un papel. Era el boleto de avión con un nombre impreso: Levana Campbell. Se lo mostró a la azafata junto con el pasaporte y esta puso cara de total desconcierto. —La hemos buscado en todas partes. ¿Qué edad tiene su niña?     —Cuatro años —dijo Ana —Es pequeña —respondió la azafata y Ana achicó enseguida la mirada, se levantó de su asiento y miró a algunos pasajeros que le parecieron sospechosos. —Tan pequeña que podría caber en una maleta —dijo exteriorizando esa loca idea que se había precipitado en su mente —¿Qué? ¿qué está diciendo señora? ¿de verdad cree que alguien ha metido a su hija en una maleta? —No lo sé, pero si la han buscado en todas partes, es lo único que se me ocurre —respondió aterrada con una imagen perturbadora en su mente; el pequeño cuerpecito sin vida de su hija contorsionado de tal manera que entrara en una maleta. La azafata se ausentó por unos minutos y volvió anunciando que revisarían el equipaje en cabina de todos los pasajeros, el vuelo era largo, había tiempo para hacerlo. Al cabo de un par de horas, con la ayuda de todo el personal y del oficial a bordo (un hombre vestido de civil que llevaba un arma en la cintura y no hacía ningún esfuerzo por ocultarla) se habían revisado todas las maletas y no habían conseguido a la pequeña Levana. Ana no podía creer lo que estaba ocurriendo. Por un momento pensó que la manada las había encontrado, pero… ¿cómo era eso posible? Y si la habían capturado a Levana ¿a dónde se la habían llevado? Estaban a miles de metros del suelo. Sobrevolaban el atlántico. Era imposible, aún para quienes la perseguían. —Tiene que volver a su asiento señora —le dijo la azafata a Ana. La chica se veía angustiada. Ana se dejó caer en su asiento y escuchó una voz que anunciaba que iban a aterrizar.   ****** Ana se negó a bajarse del avión. Dijo que no se movería de su sitio hasta que encontraran a su hija. Nadie intentó persuadirla para que bajara. Después de una hora de estar sentada en el avión vacío, el oficial de policía a bordo se le acercó —Hemos encontrado a su hija —le dijo, y Ana se levantó como si la hubiese alcanzado un rayo, sus enormes ojos negros centellantes se clavaron en los del oficial. Pero entonces, reparó en el gesto del hombre, hacía un esfuerzo por  mantener una débil sonrisa que más parecía un mohín. Un par de arrugas surcaban su frente.   Al llegar a la oficina de la aerolínea, vio a Levana sentada, a su lado, una chica  vestida de azafata conversaba con ella. Ana corrió hacia su hija, se arrodilló frente a ella y la abrazó —¿Dónde estaba? —le preguntó a la chica al lado de ella. —Señora, no estoy autorizada para darle esa información —respondió con la voz nerviosa —¿Y quién demonios me dará la información? —Ana estaba alterada —El gerente hablará directamente con usted. Pase adelante   ******** Ana salió de la oficina del gerente, al cabo de un par de horas, con un cheque en las manos por unos cuantos miles de dólares. A cambio de esta gran cantidad de dinero, la aerolínea le hizo firmar un documento en el que se prometía a no demandarlos por permitir que una pequeña niña de cuatro años se colara en la bodega de equipaje. Estaban consternados, no sabían cómo aquello había sido posible. Le pidieron disculpas una y otra vez. Ana cogió el cheque, firmó los documentos, pero con una condición; que no despidieran a ninguno de los sobrecargos que estaban ese día en el avión. Al gerente le pareció una petición muy peculiar. Pero aceptó. Ana había aceptado el cheque porque necesitaba comenzar de cero con su pequeña y ese dinero le había caído como anillo al dedo, pero sabía muy bien que la aerolínea, los empleados o las medidas de seguridad en el vuelo no eran el problema.  Levana tenía “habilidades especiales” que le hubiesen permitido aparecer de pronto en una de las alas del avión si lo hubiese deseado. Pero ese era su pequeño secreto.               CINCO AÑOS DESPUÉS   ¿Por qué no puedo ir al colegio como los demás niños? —solía hacerle esa pregunta a mi madre cada vez que me preparaba para las clases que ella misma me dictaba en casa. —Porque no eres como los otros niños—era siempre la respuesta que daba, siete palabras que no explicaban nada y a las que les seguía una frase prefabricada; —Eres especial   Yo no quería ser especial. Mientras trenzaba mi cabello rubio rojizo, cantaba esa canción de letra tenebrosa, la cantaba todos los días, por lo menos unas diez veces. Y todos los vellos de mi cuerpo se erizaban con la melodía.  Había empezado el día como siempre; con un par de copas de vino que la ponían alegre y parlanchina, yo lo sabía porque podía oler su aliento  a metros de distancia.  Aunque a veces se le trababa la lengua, era la mejor explicando aritmética, astronomía, biología, física y química. No eran las clases típicas que una niña de diez años recibiría en cualquier escuela primaria. Pero mis capacidades no eran las de una niña promedio de diez años, la programación que se me exigía para cada grado era nada para mí y mi madre estaba feliz de agregar cada vez más contenidos. —¿Y cuando comience la secundaria? ¿Si podré ir?—le pregunté. —Depende…—para mi sorpresa, esa vez me dio una respuesta diferente a la de otros días. —¿De qué depende? —pregunté con ojos chispeantes de ilusión. Estaba dispuesta a todo, era capaz de darle un riñón si me lo pedía. —¿Crees que puedas controlarlo? —la felicidad abandonó mi rostro al escuchar su pregunta. Eso era lo único que no podía hacer. Ella sabía perfectamente que era incapaz de  controlarlo; eso que me hacía especial, no era algo que yo pudiera manejar, no podía saber cuándo aparecería. —No —respondí con sinceridad. Enjuagué las lágrimas de mis ojos con el dorso de mi mano Me miró con el ceño fruncido, con una mirada tierna y compasiva. Pero al mismo tiempo, las comisuras de sus labios parecían estar a punto de esbozar una sonrisa. Comprendí que no tenía intención de dejarme llevar una vida normal. Lo comprendí, pero no lo acepté. —Iremos al parque. Jugaremos a cazar hadas —trató de animarme. —No quiero —Ya no me gustaba jugar a cazar hadas, quería conocer a los chicos de mi edad, ir a sus casas y pasar la noche como lo hacían los personajes de las pelis que veía —prefiero ver una película. Vi la impotencia en su rostro y en ese momento no lo comprendía. Sentía que la odiaba, desee tener el poder de hacerla desaparecer con un chasquido. Así sería libre. Ahora quisiera que estuviera aquí conmigo, diciéndome qué hacer, protegiéndome como lo hacía. Por Dios, ¡cuánto la necesito!   Mi nombre es Levana, Levana Campbell y hace un tiempo que dejé de ser esa niña que no comprendía la mitad de lo que le pasaba. El último año ha sido un gran pedazo de mierda. Ser la chica nueva ya era lo suficientemente aterrador, pero ser la chica nueva que jamás había pisado una escuela, con poderes que apenas estaba descubriendo y envuelta en una guerra que desconocía, no era algo a lo que se enfrentaban los adolescentes comunes. Soy Levana Campbell y todo empezó la maldita noche en la que decidí escapar de casa. Esa noche todo se vino abajo.   

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